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El padre Ramón Lecaros y Coltauco

Mié 27 de Nov de 2024
in Cultura
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monseñor ramón lecaros

Arturo Alejandro Muñoz

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Al finalizar la segunda década del siglo pasado nuestro país comenzó a experimentar los primeros síntomas de una devastadora crisis económica, la que sería, para colmo de males, profunda y universal.  Terminaba la era dorada del salitre y los ingresos fiscales se redujeron de manera drástica. El hambre, el desempleo y la desesperanza arrearon sus negros presagios cual tropilla de desventuras en todos y cada uno de los pueblos de Chile.

Coltauco no fue la excepción. Sin embargo, casi cual designio divino para intentar equilibrar en algún grado la balanza de la realidad, un joven cura católico arribó al lugar, dispuesto a combatir la pobreza y el hambre desde el inicio de su sacerdocio, tanto como procuró también derrotar la desesperanza, y abrir nubes a objeto de despejarles el camino a los rayos de fe que alumbrarían las certezas de un futuro mejor para quienes tenían un presente oscuro.

No era un cura cualquiera…no era un sacerdote de cansino andar y cómoda acción. Claro que no. Era el padre Ramón Lecaros… “don Ramón”… así llamado por los habitantes de la comuna; y ese apelativo -‘don’- involucraba también el profundo respeto y admiración que por él sentía toda la grey coltauquina, especialmente los niños y jóvenes que veían en su continente físico una figura casi paternal que les hacía sentirse seguros, protegidos y, por cierto, guiados por firme mano hacia un futuro algo más halagüeño que el doloroso presente.

De hecho, sus jóvenes alumnos en la Escuela Parroquial que él fundara, le veían como una persona estricta, dura, exigente, seria…sin embargo, cuando esos jóvenes alcanzaron la edad adulta comprendieron cabalmente que en el corazón de su querido pastor sólo habitaban el amor y el cariño por ellos.

Ha transcurrido más de medio siglo desde aquellos años, y la obra del padre Ramón Lecaros, así como sus enseñanzas y luchas, permanecen vívidamente enhiestas, señalando una cuestión que quizás hoy, siglo veintiuno, carece de importancia, pero que, en esa época, tenía un enorme significado.

Don Ramón, cierto es, era un “cura de pueblo”…pero un cura con perfiles de guía espiritual y social, un líder en el amplio sentido del término, y no solamente un pastor que evangeliza a sus ovejas cada domingo y festivo en la misa correspondiente, sino una especie de “comandante de la fe y de la acción”…un hacedor político atizado por la fe en Dios y por el amor en Jesús y su iglesia…un hacedor político y social tal vez sin haberlo sabido nunca, o sin haber sido realmente consciente de ello, lo cual hace aún más hermosa e histórica la obra realizada.

Las próximas páginas servirán para demostrar y confirmar lo expresado en estas líneas de apertura.

No faltará el escéptico que dude de lo dicho aquí. Tiene derecho a hacerlo, pero, el viejo René Descartes también dudó de la obra de Dios, y un joven Santo Tomás no mostró mucha credulidad ante la resurrección de su Maestro…sin embargo, ambos, René y Tomás, en sus respectivas épocas, saciaron sus dudas merced a la convicción que la fe les otorgó a través de la constatación de los hechos concretos y palpables que lograron observar.

Avancemos entonces…don Ramón nos espera.

 

 

 

 

Ramón Lecaros y Coltauco se encuentran y conocen

 

Un día 24 de mayo de 1932, a sus 28 años de edad, arribaba a Coltauco el sacerdote Ramón Lecaros Maldonado para asumir como párroco de la iglesia de esa comuna.

En ese entonces, Coltauco era aún un pueblo estrictamente rural, campesino, mostrando atrasos evidentes y notorios si se le comparaba con algunas ciudades cercanas, como Rancagua y San Fernando.

La mayoría de sus calles eran de tierra y cascajos al igual que su multiplicidad de callejones habidos en todas sus localidades, verdaderas huellas o estrechos senderos para carretas y caballos que se cubrían de lodo y barro en el otoño tempano.

Aún no había alumbrado ni teléfono público, tampoco existían servicios como, por ejemplo, una sucursal bancaria, una radio comunitaria, o pequeñas empresas de transporte diario a cargo de microbuses y taxis colectivos, excepto, claro está, el tren del ramal Coltauco-Rancagua.

La comuna, en esa época, señalaba ser portadora de altos índices de pobreza, desnutrición infantil y alcoholismo, así como también se destacaba una lucha constante y no siempre exitosa de muchas familias tratando de alimentar y educar a sus hijos, con sus escasos medios y escuálidos ingresos económicos.

Todo impetraba muchísimo esfuerzo a los habitantes de la comuna, la mayoría de ellos dedicados a las faenas agrícolas con la esperanza de poder vender a buen precio (que nunca fue ‘bueno’) sus hortalizas, frutas, leña y carbón en las ferias y mercados de Rancagua, para lo cual debían trasladar sus mercaderías en carretones tirados por bueyes en un largo trayecto que exigía un día o más de viaje, y encomendarse a todos los santos, al regreso,  para no ser asaltados por bandoleros que les aguardaban a caballo en los bosques de una larga vía conocida como “camino de la Visana”, pues, los forajidos sabían que en esos carretones -ya vacíos dado que las mercaderías habían sido vendidas en la ciudad- portaban pequeñas sumas de dinero, que era el exiguo capital que los pequeños y mediamos agricultores tenían para  el resto del semestre, y en algunos casos, del año.

A ese Coltauco llegó en el mes de mayo de 1932 el joven cura Ramón Lecaros… el padre Ramón Lecaros, don Ramón, como respetuosamente le llamaban todos, adultos y niños.

El padre Ramón Lecaros, no bien se instaló en la casa parroquial definió cuáles serían sus principales tareas, además de evangelizar, obviamente. Su firme propósito siempre fue luchar contra la indigencia, la desnutrición infantil, y lograr que ninguna niña, ningún niño, quedase sin educación. Ese sería el comienzo.

Y vaya si no sabría de pobreza, pues había nacido también en un sector campesino, cercano a Litueche, donde la vida era tan dura como aquella que encontraría 28 años más tarde en Coltauco. Por esa misma razón tenía muy claro cómo debía darse la lucha contra tales males, aunque esa lucha exigiera medios mayores, pero su fe era mucho más grande que un pequeño granito de mostaza, y apoyado en la palabra de su amado Jesús extremaría sus esfuerzos para conseguir, al menos, cortar un eslabón, aunque fuese sólo uno,  de aquella ignominiosa cadena de la pobreza, pues don Ramón sabía que  un grano de arena no hacía una playa…pero también sabía que sin aquel grano de arena, esa playa no sería la misma.

 

 

 

 

Ramón Lecaros, su impronta

 

En el primer tercio del pasado siglo veinte Chile era un país bastante provinciano, depositario de estructuras políticas y sociales entronizadas en épocas coloniales que aún permanecían ancladas y vigentes en un territorio caracterizado por ciudades que carecían de la estructura urbanística apropiada para recibir grandes contingentes de obreros que buscaban mejor calidad de vida. Nuevos movimientos migratorios desde el campo a las ciudades, provocaron segregación urbana, hacinamiento e insalubridad, cuyas consecuencias fueron altas tasas de mortalidad infantil y prostitución.

Eso, en las ciudades. En los campos el asunto no era muy diferente, aunque sí más profundo. Analfabetismo, desnutrición infantil, ausencia de ofertas laborales, pobreza severa en la mayoría de los grupos familiares, carencia o inexistencia de sistema educacional y de salud pública debido al aislamiento y lejanía respecto de las metrópolis más cercanas. A ello, se debe agregar que el mayor porcentaje de la fuerza de trabajo se encontraba adscrita a las labores agrícolas, por lo que, tempranamente, algunos jóvenes (mujeres especialmente) emigraban hacia las ciudades en procura de trabajos mejor remunerados.

A un lugar así, Coltauco, arribó el padre Ramón Lecaros. No bien puso pie en esa comuna, entendió de inmediato cuál debería ser -de ahí en más- su función evangelizadora y social. Tenía solo 28 años de edad, pero una valiosa experiencia en lo relativo a campo, agro, pobreza y necesidades.

Ustedes, amables lectores, recorrerán la vida que don Ramón desarrolló en la tierra de renacuajos, sabrán de sus ínclitas labores para otorgar a niñas y niños un camino que pudiese conducirles a la posibilidad de construir juntos una vida mejor, un futuro algo más halagüeño que el ofrecido en el Chile profundo y rural por la sociedad de esa época, y por sus propios padres.

Aquilató con precisión el rol social y espiritual habido en las tradiciones campesinas, algo que, por lo demás, traía adherido al corazón desde su querida tierra natal, Litueche.

Con ello, estructuró las tareas que debería realizar para el cumplimiento de sus objetivos. Buscó con ahínco conjugar en un todo la necesaria evangelización -que era el indispensable alimento espiritual asentado en la fe en Cristo- y el duro trabajo destinado a cubrir en parte las más ingentes necesidades de pequeños y pequeñas, así como abrirles el escenario del mundo a quienes vivían toda su existencia constreñidos entre unos bellos cerros y un loco río.

El Comedor Popular, las Colonias de Verano en Matanzas, el Hospital de Loreto, la Educación para niños y adolescentes, la dignificación de la mujer, la enseñanza del trabajo comunitario, fueron parte de la gran obra del padre Ramón Lecaros en la comuna donde ejerció durante toda su trayectoria sacerdotal, demostrando con ello cuánto amaba a Coltauco, a sus niños y su gente, sus tradiciones y sus bellezas escénicas.

Arropado por su fe en Dios, cobijado por las enseñanzas de Jesús, y abrazado a su Iglesia, el padre Ramón Lecaros Maldonado dejó en esta comuna un sello, una impronta, que se mixtura con la historia del Chile campesino y del territorio que Coltauco llegó a ser gracias -en buena medida- a las enseñanzas, el trabajo y el ejemplo de un sacerdote inigualable, de una persona que capturó chispazos de luz divina para depositarlos en un lugar cuya gente estaba dispuesta a recibirlos.

 

 

 

 

“Un milagro” del padre Ramón Lecaros

Como ya es sabido, don Ramón llegó a conocer muy bien a la mayoría de las familias de Coltauco, y muy especialmente a los niños de esas familias, a quienes amaba y cuidaba como si fuesen sus propios hijos.

Se había empecinado en que los niños de conociesen el mar. Era uno de sus grandes anhelos. Por ello, con gran dedicación y esfuerzo, fundó las Colonias de Verano en el balneario de Matanzas. A ese hermoso lugar llevaba él a muchos niños para que disfrutaran de días de playa y recogimiento. “Para que conozcan el mar”, decía.

En uno de esos viajes ocurrió lo que relataremos ahora. En un viejo camión, conducido por don Enrique Oyarzún, experto chofer, viajaban quince muchachos con la algarabía propia que arman aquellos que gozan de verdad una aventura como esa en aquellos difíciles tiempos. Don Ramón acompañaba al conductor en la cabina del viejo vehículo.

El camión se desplazaba plácidamente por la ruta que une Peumo con las Rocas de Santo Domingo, a poco más de la mitad del trayecto se encontraba el sendero que conducía a las Colonias de Verano…pero, primero debí subir el difícil tramo que se conocía como “la cuesta de Matanzas”, donde la vía de tierra y piedrecillas obstaculizaban el avance de los vehículos, más aún si ellos eran antiguos y demasiado trabajados, como resultaba ser el camión de marras.

A mitad de la empinada cuesta el camioncito se negó a seguir funcionando. Su motor se detuvo y los débiles frenos no respondieron. Lenta y progresivamente el vehículo comenzó a deslizarse cuesta abajo. El pánico cundió en la chiquillada. Don Enrique, el conductor, maniobraba desesperadamente frenos y encendido, sin resultado alguno. La tragedia se veía venir.

Fue entonces que Ramón Lecaros saltó a tierra desde la cabina, corrió raudamente cuesta abajo, y a unos diez o quince metros del camión que seguía descendiendo cada vez con mayor velocidad, se hincó sobre el polvo y las piedras, abrió sus brazos en cruz y clamó al cielo por ayuda divina para que nada le ocurriera sus niños.

Sorprendentemente, los frenos funcionaron por fin y el motor volvió ronronear…el camión se detuvo y don Enrique presionó el acelerador consiguiendo que el viejo trasto reiniciara, pesada y lentamente, la subida de aquella cuesta acompañado por los aplausos y gritos de alegría de quince muchachos.

Para todos los que estuvieron a bordo de aquel viejo vehículo, incluyendo a personas que se encontraban también en aquella cuesta, se trató de un milagro…‘el milagro del padre Ramón Lecaros’.

 

Los Lecarinos

 

El grupo se estructuró hace ya quince o más años, conformado por mujeres y hombres que conocieron al padre Lecaros; algunos fueron alumnos suyos en la Escuela Parroquial, y los demás sabían del accionar y trabajo de “don Ramón”, pues habían sido pasajeros en las Colonias de Verano que, en la playa de Matanzas, comuna de Navidad, región de O’Higgins. el sacerdote alzó en terrenos pertenecientes al Obispado de Rancagua.

A ese lugar eran llevados niñas y niños de Coltauco para “conocer el mar”, como bien decía el prelado…además, ello se constituía en verdaderas vacaciones de verano para esos jóvenes. Muchos de ellos forman parte hoy día de “Los Lecarinos”, quienes han realizado una labor insigne, estupenda, al recuperar y reconstruir la vieja Colonia transformándola en un hermoso sitio que recibe semanalmente (en verano) a nuevos grupos de niñas y niños coltauquinos para ‘conocer el mar’, gozar de un corto período de vacaciones bajo el cuidado y administración de los lecarinos, así como para reencontrarse con ese indesmayable espíritu de hermandad y solidaridad que se asienta y nutre en la fe.

Si bien esta exhaustiva nota nació para recordar y honrar la obra del querido padre Ramón Lecaros Maldonado, también viene a saludar y rendir humilde homenaje a quienes han sabido mantenerla viva en la memoria y corazones de los nobles habitantes de la comuna de Coltauco, los Lecarinos.

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