Murió pobre, joven y olvidado, mientras que otros se enriquecieron gracias a su invento
Por Juan Carlos Diez para La Voz Internacional de New York
15 de noviembre de 2025
En 1880, un par de zapatos costaba más de lo que una familia ganaba en una semana. No porque el cuero fuera raro y no porque los zapateros fueran codiciosos. Sino porque había un paso en su construcción que lo hacía casi imposible, y era unir la parte superior del zapato con la suela.
Ese proceso se llamaba “lasting” y solo los maestros artesanos podían hacerlo. Trabajaban realizando 50 pares al día, de sol a sol, y sabían que eran irremplazables en su oficio.
Docenas de inventores lo intentaron y todos fracasaban. El trabajo de hacer zapatos era demasiado delicado, demasiado humano. Pero todo cambiaría el día que un joven inmigrante afroamericano, que apenas hablaba inglés, decidió resolverlo.
Su nombre era Jan Ernst Matzeliger.
Nació en Surinam en 1852. A los 21 años llegó a Lynn, Massachusetts, la capital del calzado en América. Trabajaba 10 horas en la fábrica, y por las noches, en una habitación estrecha, aprendía inglés, dibujo mecánico e ingeniería a la luz de las velas.
Durante seis años construyó y falló, modelo tras modelo, mientras que varios inversores se reían en su cara y muchos compañeros dudaban. Pero el 20 de marzo de 1883, la Oficina de Patentes de EE. UU. le otorgó la patente número 274,207. La buena noticia es que su invento para cerrar la parte de arriba de un zapato con la suela de manera eficaz y rápida funcionaba.
Donde un artesano hacía 50 pares al día, la máquina producía entre 150 y 700 pares, más rápido, más consistentes y sin cansarse.
En pocos años, los precios de los zapatos bajaron a la mitad. Por primera vez, las familias trabajadoras podían permitirse calzado duradero. Los pies de los niños estaban protegidos y los obreros tenían zapatos que realmente resistían.
Pero Matzeliger nunca vio el impacto completo. Para poner su máquina en producción, tuvo que vender el control a inversores que se hicieron millonarios. Su invento se convirtió en la base de la United Shoe Machinery Corporation, que dominó la industria mundial durante décadas.
Él recibió apenas un pago modesto y unas pocas acciones, y esto no fue suficiente. Nunca lo es para quienes crean, pero no tienen poder. Siguió trabajando, refinando y mejorando, pero los años de jornadas de 16 horas lo atraparon. El estrés, la pobreza y la falta de atención médica hicieron lo suyo.
En 1889, debilitado por la tuberculosis, murió con solo 37 años. Los hombres blancos que se beneficiaron de su genio vivieron en mansiones y celebrados como visionarios. El inmigrante afroamericano que realmente resolvió el problema imposible fue olvidado.
Durante más de un siglo, su nombre apenas se mencionó y no fue hasta 1991 que se le reconoció en el National Inventors Hall of Fame, más de 100 años después de su muerte.
Y, sin embargo, su legado nunca desapareció. Cada zapato fabricado en masa en los últimos 140 años utiliza los principios de Jan Ernst Matzeliger.
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Basado en National Inventors Hall of Fame, Smithsonian Institution, Encyclopaedia Britannica. Este contenido es informativo y educativo.
Tomado de Facebook, La Biblioteca de Alejandría, Mercedes Mechitas, 15 nov 2025

