A partir de marzo de 2025, una nueva temporada de crisis alimentaria pondrá a prueba la resiliencia de las familias rurales más vulnerables en Honduras, El Salvador y Nicaragua.
Aunque la reciente cosecha de primera y postrera brindó un alivio temporal, las proyecciones son sombrías.
Según la Red de Sistemas de Alerta Temprana de Hambruna (Fews Net), cientos de miles de personas enfrentarán inseguridad alimentaria, especialmente en el Corredor Seco Centroamericano.
El acceso a alimentos mejoró ligeramente gracias a una baja estacional en los precios de granos básicos y a la demanda de empleo agrícola.
Sin embargo, la estabilidad es pasajera.
Para febrero de 2025, las reservas se agotarán y los ingresos se desplomarán, dejando a muchas familias dependiendo de estrategias que apenas rozan la supervivencia.
El Corredor Seco
Las comunidades rurales del Corredor Seco llevan años enfrentando desafíos extremos.
Desde 2018, los eventos climáticos diezmaron las cosechas y debilitaron los medios de vida.
Aunque este ciclo agrícola no sufrió grandes pérdidas gracias a un fenómeno débil de La Niña, las proyecciones apuntan a cosechas de granos básicos similares o inferiores a las del ciclo 2023-2024.
En Honduras, la producción de maíz alcanzó un récord de 15.9 millones de quintales en 2023.
Sin embargo, la superficie cultivada se redujo drásticamente.
En el caso del frijol, una de las principales fuentes de proteínas para los hogares rurales, el rendimiento apenas sostiene las necesidades nacionales.
Los agricultores enfrentan condiciones cada vez más adversas, desde sequías prolongadas hasta lluvias torrenciales que afectan el desarrollo del grano.

La amenaza de los precios y la falta de empleo
Aunque los precios del maíz blanco disminuyeron un 15% en septiembre, otros alimentos mantienen costos elevados.
Los frijoles rojos mostraron una leve caída en agosto, pero la llegada tardía de la cosecha principal disparó los precios en meses anteriores.
Para muchas familias, los altos costos alimentarios, combinados con una tasa de desempleo preocupante, las empujan a condiciones críticas.
El impacto de la inseguridad alimentaria no se limita a las zonas rurales.
La FAO estima que el 19% de la población hondureña, 1.93 millones de personas, se enfrentan a una situación de inseguridad alimentaria aguda.
Las ciudades, aunque menos dependientes de la agricultura, no escapan a los efectos del desempleo y de los altos precios de los alimentos.
¿Soluciones en el horizonte?
El panorama no es del todo desolador. El fortalecimiento de las cadenas de producción, la diversificación de los cultivos y la implementación de programas de asistencia alimentaria pueden mitigar el impacto de la crisis.
Además, la demanda de maíz amarillo para la industria de piensos podría abrir nuevas oportunidades económicas para los agricultores.
Sin embargo, las medidas deben ser inmediatas.
Las importaciones de cereales, que alcanzarán 1.35 millones de toneladas en la campaña 2024/25, no son una solución sostenible para un país con tanto potencial agrícola.
La inversión en infraestructura, la promoción de prácticas agrícolas resilientes y el acceso a créditos son fundamentales para enfrentar la crisis.
El reloj avanza. Marzo está a la vuelta de la esquina, y con él, una temporada que pondrá a prueba no solo la resistencia de las familias rurales, sino también la capacidad de los gobiernos y organismos internacionales para responder.
¿Será suficiente esta vez? Para las 500,000 personas que podrían quedarse sin nada, la respuesta no puede esperar.

