Por Gabriela Moreno, Coach en Nutrición Integral y Mindfulness desde Hanói, Vietnam, para La Voz Internacional de New York
18 de Abril 2025
Siempre escuché que emigrar no es para todo el mundo. Y es cierto. Porque emigrar no es solo cambiar de país. No es solo mover tu cuerpo de un punto geográfico a otro. Es una revolución interna. Un viaje profundo, íntimo, que desafía lo que otros entienden por estabilidad, éxito o normalidad.
Muchos migran por necesidad. Pero hay quienes lo hacen por algo aún más poderoso: el llamado de su alma. Ese susurro persistente que te dice que ya no encajas, que la vida que llevas ya no refleja lo que eres ni lo que deseas. Que el lugar donde estás se ha vuelto demasiado pequeño para el alma que quiere expandirse. Que lo que haces ya no te inspira, y que hay un rincón del mundo —todavía incierto— donde podrías florecer, transformarte y, por fin, empezar a vivir… en lugar de simplemente sobrevivir.
Migrar así no es huir. No es escapar ni buscar desesperadamente un mejor trabajo o un lugar “bonito”. Es un acto profundamente valiente de fe. Es confiar en que hay algo más allá de lo conocido, algo que solo descubrirás si te atreves a soltar lo que te es familiar. Es mirar al abismo de lo incierto con el corazón en la mano y decir: “Sí, voy”.
Y si te animas a emprender ese viaje, hay cosas que nadie te cuenta. Nadie te advierte sobre las noches en que la nostalgia cae como una losa sobre el pecho. Ni sobre el silencio incómodo del idioma que no dominas, ese que te deja fuera de las risas compartidas. Nadie te prepara para el dolor de extrañar abrazos conocidos, ni para el vacío que dejan los seres que partieron mientras tú estabas lejos, sabiendo que ya no habrá un reencuentro en esta vida.
Pero tampoco te cuentan sobre la alegría inmensa de abrir tu primera cuenta bancaria, de entender por fin un chiste local y reírte con otros. De tener tu primer intercambio en otro idioma sin tropiezos, de conocer a alguien que te ve tal como eres ahora, sin el peso de tu historia. Esas pequeñas grandes victorias, tan íntimas y reales, valen mucho más que cualquier título o cifra. Son los hilos con los que vas tejiendo tu nueva vida.
Este viaje no es solo geográfico, es una reinvención completa. Es dejar atrás las etiquetas que la sociedad te impuso: tener casa propia a cierta edad, un trabajo “estable”, una carrera lineal. Todo eso que parecía ser el molde de una vida exitosa.
¿Y si decides no seguir ese guion? ¿Y si escuchas el llamado de tu ser y te lanzas al vacío, a construir una vida más alineada con quien realmente eres? Entonces migrar se convierte en un acto de autenticidad. Una rebelión hermosa contra la conformidad. Una oportunidad para vivir más presente, más real, más tú.
Tu viaje no se mide por lo que otros ven como logros. Se mide por la valentía de actuar, de dar ese primer paso hacia una vida más consciente. Incluso si aún no sabes cuál será el siguiente. Porque dar ese primer paso, desde el alma, ya es un acto de transformación profunda.
Y sí, el proceso no siempre será fácil. Habrá momentos de soledad, de duda, de querer regresar. Pero cada uno de ellos será también una oportunidad para crecer, para encontrarte, para renacer. Estás siendo testigo de tu propia metamorfosis. Estás creando un camino que no existía antes, donde el éxito ya no se mide en estándares ajenos, sino en coherencia. En plenitud.
Esto no significa que debas ignorar la necesidad de construir una base o de generar sustento. Pero sí implica que puedes hacerlo desde la pasión, desde el corazón, desde aquello que realmente te mueve. Porque cuando trabajas desde tu propósito, lo que haces se vuelve fuente de energía, no de desgaste.
Migrar es, entonces, una reconstrucción. Pero no una que borra lo que fuiste. Es una integración amorosa entre quien eras y quien estás llamado a ser. Es una danza entre culturas, entre idiomas, entre nuevas formas de mirar la vida. Un renacimiento que expande tu identidad sin perder tu esencia.
Así que, si sientes que este viaje es también el tuyo, quiero decirte algo: te honro. Por escuchar tu alma. Por cruzar fronteras externas e internas. Por permitirte ser más de lo que otros esperaban. Porque lo que estás viviendo es sagrado. Es el tipo de transformación que deja huella.
Un día mirarás atrás y verás cuánto creciste. Comprenderás que lo incierto, lo arriesgado, se convirtió en el terreno fértil donde floreciste. Y te darás cuenta de que no solo descubriste nuevos lugares, sino que también encontraste personas —que muchas veces fueron ángeles en tu camino—, experiencias y aventuras que te acompañarán por siempre.
Este viaje de migrar, como todos los grandes viajes, no es fácil. Pero es uno de los más poderosos que puedes tomar. Es el viaje hacia tu verdadera vida. Hacia tu libertad. Hacia tu luz.
Te honro, caminante entre mundos.
Porque tu viaje no solo transforma tu vida, sino también enriquece el alma de todos los que tienen la fortuna de cruzarse en tu camino.

