Por Juan Carlos Diez, para La Voz Internacional de New York
28 de noviembre de 2025
Fuente: Facebook – La Casa del Saber – 27 noviembre 2025
La mente de Nikola Tesla corría demasiado rápido para el mundo que lo rodeaba. Nacido en 1856, en lo que hoy es Croacia, demostró desde muy joven una inteligencia desbordante: memorizaba libros enteros, dominaba varios idiomas y visualizaba sus inventos completos, funcionando, dentro de su mente. Fue un inventor. Visionario. Solitario.
Le debemos el sistema de corriente alterna, el motor de inducción, avances fundamentales en radio, radar y control remoto. Fue uno de los primeros en imaginar una humanidad conectada y soñó con transmitir energía sin cables para que fuese accesible para todos.
Pero ese futuro que imaginó nunca llegó a realizarse.
Mientras sus ideas podían transformar el mundo, se enfrentó a quienes querían que nada cambiara. Thomas Edison, su rival más poderoso, lo desacreditó públicamente durante la llamada “guerra de las corrientes”. Los financiadores dejaron de apoyar proyectos que no prometían ganancias inmediatas. La visión de Tesla —energía transmitida sin cables, potencialmente accesible para cualquiera— despertaba más temores que entusiasmo entre los grandes inversionistas.
Tesla no pensaba en el dinero. No patentaba todo. No buscaba riqueza, sino progreso. Y mientras otros se enriquecían con sus ideas, él fue quedando en la sombra, ridiculizado y olvidado.
En sus últimos años, vivió solo en una habitación del Hotel New Yorker. Caminaba de noche por las calles con su impecable traje —la única elegancia que nunca quiso perder— y pasaba horas alimentando palomas, a las que llegó a considerar sus compañeras. Seguía escribiendo, imaginando y creando. Pero ya nadie lo escuchaba.
Murió el 7 de enero de 1943, a los 86 años, solo y sin dinero, y fue encontrado por una camarera al día siguiente. No tuvo en vida los homenajes que su genio merecía.
Hoy, sin embargo, su nombre brilla por todas partes: estatuas, museos, biografías… incluso una empresa de automóviles eléctricos lleva su nombre. El mundo que lo ignoró cuando vivía lo celebra ahora como uno de los mayores genios de la historia.
Pero la verdad sigue siendo amarga: Tesla no buscaba gloria. Buscaba iluminar a la humanidad.
Y lo hizo, aunque nadie se lo dijo entonces.
Que su historia nos recuerde algo esencial: los sueños, cuando nacen, son frágiles. Y muchas veces el mundo los comprende cuando ya es demasiado tarde.

