30 años de la invasión a Panamá: la extraordinaria historia de dos enemigos a muerte que luego forjaron una larga amistad

Por: Univision Noticias

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Jiménez (izquierda) y Cisneros todavía son amigos y se reúnen cada cierto tiempo.

CORPUS CHRISTI, Texas.– Eran oficiales, uno, general del ejército estadounidense, y el otro, capitán de infantería de marina de Panamá, en bandos opuestos de una guerra desigual.

Es la historia, desconocida en gran medida, de la invasión a Panamá que se desarrolló hace casi 30 años, en las últimas horas del 19 de diciembre de 1989.

Según la versión oficial de la ‘Operación Causa Justa’, tal como la bautizó el Pentágono, más de 26,000 soldados estadounidenses, con el apoyo de helicópteros, aviones de combate, tanques e incluso cazas furtivos, atacaron con un poderío abrumador poco antes de la medianoche.

En cuestión de horas, la dictadura militar del general Manuel Noriega fue derrocada y se estableció un gobierno democrático.

Aproximadamente 400 panameños y 23 soldados estadounidenses murieron en la invasión. Pero muchas más familias panameñas estarían de luto actualmente si no fuera por la valentía y el ingenio del teniente general Marc Cisneros y del capitán Amadis Jiménez.

Cisneros, quien ahora tiene 80 años, tuvo una distinguida carrera militar de 35 años y era el oficial militar hispano de más alto rango cuando se retiró en 1996.

Luchó en la ‘Ofensiva del Tet’ en Vietnam a finales de la década de 1960. Pero es su papel en la invasión a Panamá en 1989 — y lo que hizo con Jiménez — por lo que quizás será más recordado.

Jiménez, veinte años menor que él, acaba de cumplir 61 y todavía vive en Panamá. Casi 30 años después los dos siguen siendo grandes amigos. Le contaron su historia a Univision cuando se reunieron recientemente en Texas, donde Cisneros vive ahora.

La Captura
Amadis Jiménez apenas tuvo tiempo de celebrar su ascenso a capitán cuando se desató el infierno. “Comenzaron a bombardearme”, recordó. Eran las 11:20 pm y él no se lo imaginaba, pero había comenzado la invasión a Panamá.

Su unidad de infantería naval fue una de las pocas que opuso una seria resistencia, según informes oficiales del Pentágono.

A diferencia de la mayoría de sus compañeros soldados de las Fuerzas de Defensa de Panamá, Jiménez estaba casado con la hija de un influyente empresario, Jackie Vallarino. Su boda, cuatro años antes, incluso atrajo la atención de su jefe, el general Manuel Noriega, el temperamental caudillo panameño, un exinformante de la CIA que se había vuelto contra Estados Unidos y fue acusado de narcotráfico.

“La familia Vallarino representaba cómo escalar una posición social, y por medio de un oficial, [Noriega] me mandaba a decir que él pagaba la fiesta”, dijo Jiménez. Noriega sugirió que la pareja celebrara el evento en el elegante Club Unión de Panamá. “Dijo que hiciéramos una fiesta en el Club Unión de Panamá y que invitara a todos los oficiales que yo quisiera de las Fuerzas de Defensa”, añadió Jiménez.

La pareja rechazó la idea y optó por una pequeña celebración familiar. De todas maneras, como Noriega tenía el control en el país envió a la fiesta, sin que se hubiesen invitado, a varios oficiales para que participaran en la celebración.

Jiménez temía que nunca lo ascenderían a capitán porque la familia de su esposa era considerada parte de la élite económica que se oponía a la dictadura de Noriega. Pero gracias a las recomendaciones de otros oficiales de alto rango, el ascenso se lo confirieron finalmente el 13 de diciembre y seis días después obtuvo el grado en la base naval de Coco Solo, ubicada estratégicamente a la entrada del Canal de Panamá en la costa atlántica del país.

En ese momento, Estados Unidos todavía tenía una importante presencia militar en las bases a lo largo de las orillas del canal, diseñadas para proteger una de las vías fluviales comerciales más importantes del mundo, que se extiende 40 millas y conectan los océanos Atlántico y Pacífico. (Las bases se le devolvieron a Panamá en 1999 como parte de un tratado).

Cuando Jiménez y su unidad de 40 hombres fueron atacados, el poder de fuego era abrumador. “El poder de fuego era exorbitante, lo único que teníamos nosotros eran fusiles, nada más fusiles, ni siquiera teníamos granadas de mano, ni siquiera teníamos lanzacohetes, nada”, dijo.

Su cuartel fue atacado por aire y tierra con helicópteros de combate, ametralladoras pesadas y un tanque. Una foto de la base muestra sus paredes marcadas con agujeros de balas y explosiones de proyectiles.

“Entonces no nos tocó otra opción que quedarnos ahí y defendernos como pudiéramos”, dijo.

Algunos de los hombres de Jiménez, la mayoría de los cuales apenas conocía, intentaron escapar. Otros cayeron heridos. Su voz se quiebra al describir cómo una granada golpeó a uno de sus hombres en la cabeza. “El sargento se me murió en mis brazos”, dijo, con lágrimas en los ojos. “Ni siquiera sabía su nombre, pues yo acababa de tomar el mando”, añadió.

Jiménez recordó que el techo se incendió y las tropas estadounidenses entraron al edificio. En una situación tan grave, tuvo que tomar una decisión rápida.

Uno de los soldados estadounidenses gritó en español: “Alto al fuego, alto al fuego”. Jiménez le gritó: “Vamos a rendirnos, vamos a tranquilizar todo”. Cuando le pidió identificarse, Jiménez explicó que era el capitán jefe de la unidad.

Uno de sus hombres le rogó que no se rindiera. “Nos van a matar a todos”, le dijo el soldado.

Pero Jiménez dijo que no tenían otra opción que confiar en los soldados estadounidenses. Él fue el primero en rendirse y les dijo a sus hombres que dejaran las armas.

Lo separaron de sus tropas y lo llevaron a una base militar estadounidense como prisionero de guerra.

Para su sorpresa, al día siguiente recibió la visita del comandante del ejército estadounidense en Panamá, general Marc Cisneros. Un encuentro que, sin saberlo, sellaría su suerte y la de miles de panameños.

Cisneros no estaba del todo convencido de que la estrategia militar estadounidense fuera la correcta. En las semanas previas a la invasión, el plan había sido reforzado con la adición de más poder de fuego. Cisneros sintió que la estrategia involucraba el uso excesivo de la fuerza y conduciría a un derramamiento de sangre innecesario.

“Creo que podríamos haberlo hecho con menos tropas y menos destrucción. Hicimos que pareciera que estábamos luchando contra Goliat “, dijo. “Nos hipnotizaba el poder de fuego. Teníamos todos esos nuevos artefactos, misiles guiados por láser y cazas furtivos, y estábamos locos por usar esas cosas”, dijo.

Además, a pesar de ser el jefe del Ejército Sur de Estados Unidos (USARSO) en Panamá, fue soslayado por los generales que comandaban las fuerzas de ataque que llegaron desde Estados Unidos. La fuerza invasora se puso bajo el mando del general Maxwell Thurman, un militar adusto e inflexible con poca o ninguna experiencia en combate, conocido universalmente como ‘Mad Max’.

A las unidades estacionadas en Panamá al mando de Cisneros se les dejó la tarea de brindar un papel de apoyo.

Pero Cisneros no iba a aceptar nada de eso. Como lo abandonaron a su suerte, se propuso limitar los daños. “A Cisneros lo soslayaron, pero eso le permitió salir del Centro de Operaciones. No tenía ningún papel que desempeñar allí, así que se fue al campo de batalla”, dijo Lawrence Yates, un historiador militar y autor del relato más fidedigno de la invasión encargado por el Centro de Historia Militar del Ejército de Estados Unidos.

Yates se encontraba en el Centro de Operaciones del Ejército de Estados Unidos en Panamá durante la invasión y recuerda que los disparos de morteros caían cerca del cuartel general en las primeras horas del ataque.

“Durante la invasión él no tenía trabajo, pero se puso a viajar por todo el país. Es increíble lo que hizo”, dijo Yates. “Tenemos una deuda muy grande con el general Cisneros. Fue el héroe de Panamá, pero Thurman nunca lo iba a permitir. El problema era que a Thurman le molestaba y tenía un rango superior”, añadió.

Según Yates y otros, Thurman conocía muy poco sobre Panamá y sólo había estado en el país unas pocas semanas. Tampoco confiaba en el texano de habla hispana. “Eran dos mentalidades diferentes. Thurman pensó que era una guerra convencional. No lo entendió. Realmente no le gustaba que Cisneros fuera el tipo que sí sabía lo que estaba pasando”, dijo Yates. “Cisneros hablaba sobre la toma de conciencia cultural con sus oficiales mientras Thurman se paseaba en su uniforme militar tratando de impresionar a todos”, añadió.

El compañero perfecto
Cisneros encontró el compañero perfecto en Jiménez. Cuando se enteró de que las fuerzas estadounidenses habían capturado a un oficial panameño, su curiosidad se despertó al saber que el prisionero estaba casado con una de las hijas de una familia influyente vinculada a la oposición política.

Entonces, se subió a un helicóptero y voló desde su cuartel general en Fort Clayton, en el lado Pacífico del canal.

“Hablé con él personalmente, le pregunté que quería que me ayudara a finalizar el combate, porque, a fin de cuentas, no iba a perder Estados Unidos”, dijo Cisneros. “Es imposible que un país tan grande y enorme como Estados Unidos, perdiera un combate con un pueblo tan pequeño como Panamá”, añadió.

Jiménez recuerda vívidamente su conversación. “El general me dice: ‘Amadis, yo necesito que me ayudes, yo necesito parar el bombardeo, yo creo que esto ya está definido y hay que evitar el derramamiento de sangre”, dijo.

La base de Jiménez en Coco Solo estaba muy cerca de la segunda ciudad más grande de Panamá, Colón, un importante puerto y zona franca, pero con una población mayormente negra y pobre que Cisneros sabía que estaría feliz de deshacerse de Noriega. Cisneros le dijo a Jiménez; “Si en Colón los oficiales [panameños] se rinden, y comienzan a entregar las armas, yo puedo convencer a los comandantes militares estadounidenses de que no bombardeen Colón'”.

Cisneros dice que Jiménez comprendió rápidamente su razonamiento y la oportunidad que se le presentaba.

“Como era soldado, fue uno de los muy pocos oficiales que combatió y que no huyó de la tropa, y yo admiré mucho, yo admiro mucho los oficiales que se quedan con sus tropas”, dijo Cisneros.

Jiménez pidió su guía telefónica donde tenía los números de los comandantes de Noriega en las bases panameñas de todo el país para poder convencerlos de que se rindieran. “El general mandó a un grupo comando a buscarla en mi unidad”, dijo Jiménez.

Cisneros llevó a Jiménez de regreso al cuartel general del ejército estadounidense con él y comenzaron su propia pequeña guerra.

“Amadis me acompañaba a todas partes. Era indispensable”, dijo Cisneros.

Cisneros dijo que apenas discutía asuntos con Thurman, y que ciertamente nunca le pidió permiso. “Yo iba a donde quería. Me preocupaba la siguiente fase. Yo estaba solo. No le preguntaba a nadie. No sentía la necesidad. Seguía siendo el comandante del Ejército Sur de Estados Unidos y de las tropas en el país”, dijo.

Los pocos que lo sabían en ese momento se refirieron a esto como la ofensiva ‘Ma Bell’, una referencia a la antigua Bell Telephone Company que tenía el monopolio de los servicios telefónicos en Estados Unidos antes de su disolución en la década de 1980.

“Soy el general Cisneros”
El presentimiento de Cisneros había sido correcto. A los comandantes de Noriega no les interesaba pelear y la llamada los tomó por sorpresa. “Quedaban asombrados de que estuviera hablando por teléfono, porque Amadis comenzaba la conversación con ellos. Entonces les decía: ‘Soy el general Cisneros'”, recordó el general.

Todos sabían quién era Cisneros. Era prácticamente un nombre familiar en Panamá en ese momento debido a su capacidad para hacer entrevistas de radio en español en las que frecuentemente criticaba a Noriega. Hijo de un mecánico criado en la frontera de Texas con México, podría ser el típico texano. Alto, musculoso y toscamente apuesto, tenía un aspecto que no dejaba entrever sus 50 años de edad.

Los oficiales militares panameños tenían dos grandes preocupaciones si se rendían, una física y la otra legal.

“Lo primero que les preocupaba era que los golpearan”, dijo Cisneros. Durante los dos intentos fallidos de golpe de estado contra Noriega, los oficiales sospechosos de deslealtad habían sido torturados y golpeados o ejecutados.

“Les dije que no golpeamos a la gente en el ejército estadounidense, que no éramos como ellos”, les aseguró Cisneros.

La segunda preocupación era que serían extraditados. Cisneros explicó que las únicas personas que enfrentarían cargos legales en Estados Unidos eran el general Noriega y uno de sus principales oficiales, el coronel Luis del Cid.

Poco a poco, Jiménez y Cisneros convencieron a los comandantes panameños de que se rindieran.

“Amadis consiguió que el 75% de las fuerzas panameñas se rindieran ante mí personalmente, principalmente gracias a él”, dijo Cisneros.

“La gente dice que Marc ganó la guerra con un teléfono”, dijo su exjefe en Panamá, el general Fred Woerner. “Él vio una forma de cumplir la misión y, al mismo tiempo, minimizar la pérdida de vidas y la destrucción. Él fue la cohesión en ‘Causa Justa'”.

Pero los superiores de Cisneros se mantenían escépticos. “No podían creerlo. Sentían que era una especie de truco diabólico”, dijo Cisneros.

Lo más difícil fue convencer al hombre de confianza de Noriega, el coronel Luis del Cid, quien comandaba las fuerzas de defensa en la provincia de Chiriquí, una región montañosa cerca de Costa Rica. Al enfrentar cargos por narcotráfico junto con Noriega en Miami, del Cid tenía más que perder que los demás.

Cisneros pensó que, si Del Cid se rendía, le enviaría un poderoso mensaje a Noriega, quien aún se encontraba fugitivo, de que ya todo había acabado. “Le dije que si no cumplía no había escapatoria. Creo que fue en ese momento que decidió rendirse”, dijo.

Pero Thurman no confiaba en del Cid. Cuando Cisneros se enteró de que Thurman planeaba bombardearlo hasta que se rindiera, temió que se perdieran vidas inútilmente. Entonces, envió a Jiménez en un helicóptero para hablar con del Cid.

Una vez más, Cisneros interpretó bien la situación. Del Cid cedió. Noriega huyó a la embajada del Vaticano al día siguiente.

Negociación
Una vez que terminaron los principales combates, el foco de la operación estadounidense se centró en capturar a Noriega. Durante varios días evadió a un equipo de las Fuerzas Especiales estadounidenses cuya tarea era capturarlo y ponerlo en manos de la DEA.

Unos días después de la invasión, uno de los guardaespaldas de Noriega se entregó, tras lo cual brindó información valiosa de inteligencia sobre su paradero.

Cisneros le preguntó a Jiménez si acompañaría a una unidad de inteligencia militar a un lugar que el guardaespaldas había señalado. Jiménez aceptó, aunque señaló que en su condición de prisionero de guerra no tenía un arma para protegerse. “Sí, pero yo no quiero ir sin arma. Yo voy con un arma”, le dijo a Cisneros.

Cisneros no lo dudó. “Entonces saqué la pistola mía, de general y se la di. Y todo el staff mío de los gringos que estaban ahí… se les cayó la baba por la confianza que le tuve”, recordó Cisneros.

Las Fuerzas Especiales llegaron al lugar unos minutos tarde y localizaron a Noriega apenas unas horas después. Pero ese momento consolidó la relación especial entre el general y su prisionero.

Unas horas más tarde, Noriega buscó refugio en la embajada del Vaticano en Panamá en vísperas de Navidad, lo cual generó un dramático enfrentamiento de 10 días durante las vacaciones.

Al principio, Thurman rodeó la embajada con tanques e intentó derrotar psicológicamente a Noriega poniendo música rock a todo volumen desde unos altavoces montados en vehículos blindados mientras la multitud impaciente observaba. A Noriega le pusieron canciones como “You’re no good” (No eres bueno) de Linda Ronstadt y “I Fought the Law and the Law Won” (Me enfrenté a la justicia y la justicia ganó) de The Clash.

Después de que el Vaticano se quejó, el Pentágono le ordenó a Thurman que apagara la música.

Una vez más, resultarían útiles la comprensión de Cisneros de Panamá y su conocimiento del idioma español.

El embajador del Vaticano, o nuncio papal, monseñor José Sebastián Laboa, era un vasco español que Cisneros había conocido bien durante su estancia en Panamá. Thurman desconfiaba del Vaticano que les había dado asilo a algunos terroristas vascos. Pero Cisneros y Laboa compartían un respeto mutuo.

El presidente Bush emitió una orden nombrando a Cisneros negociador estadounidense. Entonces, Cisneros se mudó a una escuela frente a la nunciatura donde dormía en un catre.

Laboa llamó a Cisneros para reunirse con él cerca de la embajada y pedirle un favor. “¿Si tú entraras con tu tropa y lo sacaras?”, le pidió a Cisneros. El general respondió que sólo podía hacerlo si recibía la orden de sus superiores, pues las embajadas gozan de protección diplomática.

Al día siguiente, Laboa le dio a Cisneros un mensaje verbal diciendo que las tropas estadounidenses podrían asaltar el complejo si se producía una situación de toma de rehenes. “Me dijo: ‘Si yo soy rehén, entonces tienes permiso para entrar a salvarme'”, recordó Cisneros. “Pero no podía haber ninguna duda que él era rehén”, añadió. El Pentágono le solicitó a Laboa que lo pusiera por escrito. Aceptó.

Mientras tanto, la multitud fuera de la embajada cantaba consignas contra Noriega y crecía y se impacientaba cada vez más. Cisneros, camino a una de las bases militares, se había encontrado un grupo de enardecidos panameños que le pedían que retirara sus tropas de la nunciatura porque querían sacar a Noriega ellos mismos.

Eso le dio una idea a Cisneros. Le entregó a Laboa un mensaje para Noriega. Si los panameños fuera de la embajada se amotinaran e intentaran entrar a la embajada, los soldados estadounidenses no abrirían fuego contra ellos para defender a Noriega.

“¿Sabes lo que te va a pasar a ti? Lo mismo que le pasó a [Benito] Mussolini”, fue el mensaje que se le dio a Noriega, dijo Cisneros, refiriéndose al dictador fascista italiano cuya vida acabó de forma brutal en 1945. “¿Te acuerdas que a Mussolini lo colgaron, la gente de él, en Italia? Lo pescaron a él, lo colgaron a él con su amante. Te va a pasar a ti lo mismo. Eso fue lo que [Laboa] le dijo a Noriega”, añadió.

Después de que se le permitió una llamada telefónica a su propia amante, Noriega capituló y aceptó rendirse.

Pero antes de hacerlo, algo le preocupaba. Al dictador le preocupaba que le dieran la pena de muerte en Estados Unidos si lo declaraban culpable. El Departamento de Estado le informó a Cisneros que el crimen del que se acusaba a Noriega no conllevaba la pena de muerte.

Noriega también pidió que se le permitiera rendirse con su uniforme militar, que tuvieron que enviarle.

“Le dije al nuncio; ‘Mira, aquí está el uniforme, no me importa si sale en calzoncillos rojos, aquí está el uniforme para que salga'”, dijo Cisneros.

El 3 de enero de 1990, el último día de Noriega en la embajada, hizo una última solicitud.

“Salió a la puerta y pidió que yo estuviera allí para rendirse él ante mí formalmente”, dijo Cisneros. Pero eso era demasiado para el texano. “Yo no quería que la prensa me recordara como un general recibiendo a otro general, porque yo no lo consideraba soldado, menos general”, agregó.

Cisneros le dio instrucciones a un sargento para que lo registrara sin esposarlo. Lo trasladaron de inmediato a un helicóptero y lo llevaron a una base estadounidense donde lo subieron a un avión rumbo a Miami bajo la custodia de la DEA.

Reconstrucción de la nación
Con Noriega en prisión en Estados Unidos y un nuevo presidente elegido por la vía democrática, Guillermo Endara, ya instalado en Panamá, las tropas estadounidenses se enfocaron en la reconstrucción y el proceso de “construcción de la nación”.

En otra demostración de la confianza depositada en Jiménez, se le dio una nueva misión como enlace militar oficial entre Endara y Cisneros.

Acompañó a Cisneros en viajes por todo el país revisando lo que había que hacer para ayudar al nuevo gobierno.

Jiménez recuerda el día cuando un gobernador panameño invitó al general Cisneros a caminar hasta la iglesia del pueblo.

“Cuando abre la puerta el cura, el general se arrodilla”, dijo Jiménez, riendo. “Y cuando el general se arrodilla, todo el mundo hace un silencio, y el general se quita el sombrero… Y el cura ha puesto una cara, muerto de miedo, y todo el mundo asombrado, y el general lo mira así y le dice, ‘Por favor, deme su bendición’. Y cuando el padre le estaba dando la bendición, la esposa del gobernador le dice, ‘Aprende, aprende'”, dijo.

Cisneros solo permaneció en Panamá seis meses después de la invasión. Debido a su difícil relación con Thurman, solicitó que lo transfirieran. Pero su amistad con Jiménez dura hasta el día de hoy.

“Sí, seguimos en contacto durante mucho tiempo, porque cada cierto tiempo nos llamábamos”, dijo Jiménez.

Jiménez ha sido invitado en la casa de Cisneros en Texas en varias ocasiones. En un viaje reciente practicaron su puntería en un campo de tiro y Jiménez pudo usar la pistola del general una vez más. También cazaron juntos y se fueron de vacaciones juntos a España.

“Nos hemos hecho muy buenos compañeros, yo lo considero casi como un hijo”, dice Cisneros, quien recientemente celebró su 56º aniversario de bodas y tiene hijos propios.

Cuando se le pregunta qué siente hacia Cisneros, el capitán panameño se emociona.

“Porque es muy difícil ver, es muy difícil ver en el ser humano, a pesar que tienes el poder, de acabar, tienes el poder de bombardear [al enemigo], tienes el poder de controlar, el sentido humano que mostró el general Cisneros, para evitar más derramamiento de sangre en Panamá. Ese es el sentimiento de agradecimiento que tengo hacia él”, dijo.

Cuando se le preguntó si sentía que la invasión había valido la pena, Cisneros dijo que la vejez le ha enseñado a ser menos belicoso.

Aunque está orgulloso de las tropas que dirigió en Panamá, “no hay justificación en mi opinión para ninguna operación militar donde nosotros estemos entrando a otro país. No debemos hacerlo”, dijo.

“Pero si me hubieras preguntado cuando era joven, era más aguerrido, sí hubiera dicho sí, vamos a quitarlo (a Noriega). Sí, entre más viejo… más uno se da cuenta que la guerra es la estupidez más grande del mundo”, añadió.

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