Connect with us

Vida, Salud Y Gastronomía

Así es como terminan las pandemias

Un fresco siciliano de 1445. En el siglo anterior, la peste negra mató por lo menos un tercio de la población de Europa.Credit...Werner Forman/Universal Images Group/Getty Images

Por Gina Kolata

¿Cuándo y cómo terminará la pandemia de la COVID-19?

Según los historiadores, las pandemias tienen dos tipos de final: el médico, que ocurre cuando las tasas de incidencia y muerte caen en picada, y el social, cuando disminuye la epidemia de miedo a la enfermedad.

“Cuando las personas preguntan: ‘¿Cuándo se acabará esto?’, preguntan sobre el final social”, dice Jeremy Greene, historiador de medicina en Johns Hopkins.

En otras palabras, un final puede ocurrir no porque la enfermedad ha sido vencida sino porque las personas se cansan de estar en modo pánico y aprender a vivir con ella. Allan Brandt, historiador de Harvard, dijo que algo similar está ocurriendo con la COVID-19: “Como hemos visto en el debate sobre la apertura de la economía, muchas preguntas sobre lo que se llama el final están determinadas no por los datos médicos y de salud pública, sino por procesos sociopolíticos”.

Los finales “son muy, muy desordenados”, dice Dora Vargha, historiadora de la Universidad de Exeter. “Mirando hacia atrás, tenemos una narrativa débil. ¿Para quién termina la epidemia y quién lo puede decidir?”

En el camino del miedo
Una epidemia de miedo puede ocurrir aún sin una epidemia de enfermedad. La doctora Susan Murray, del Royal College of Surgeons en Dublín, lo vio de primera mano en 2014, cuando era miembro de un hospital rural en Irlanda.

En los meses anteriores, más de 11.000 personas en África occidental habían muerto de ébola, una enfermedad viral aterradora que es altamente infecciosa y a menudo mortal. La epidemia parecía estar disminuyendo, y ningún caso había ocurrido en Irlanda, pero el miedo público era palpable.

“En las calles y en las salas, la gente está ansiosa”, recordó recientemente Murray en un artículo en el The New England Journal of Medicine. “Tener el color de piel errado es suficiente para ganarte una mirada reprobatoria de tus compañeros de viaje en el bus o en el tren. Tose una vez, y los verás alejándose de ti”.

Se advirtió a los trabajadores de los hospitales de Dublín que se preparasen para lo peor. Estaban aterrorizados y preocupados por la falta de equipos de protección. Cuando un hombre joven llegó a la sala de emergencias desde un país con pacientes de ébola, nadie se le quería acercar; los enfermeros se escondieron, y los médicos amenazaron con dejar el hospital.

Solo Murray se atrevió a tratarlo, escribió, pero su cáncer estaba tan avanzado que todo lo que pudo hacer fue ofrecerle cuidados paliativos. Unos días después, las pruebas confirmaron que el hombre no tenía ébola; murió una hora después. Tres días después, la Organización Mundial de la Salud declaró que la epidemia de ébola había terminado.

Murray escribió: “Si no estamos preparados para luchar contra el miedo y la ignorancia de manera tan activa y reflexiva del modo en que luchamos contra cualquier otro virus, es posible que el miedo pueda causar un daño terrible a la gente vulnerable, incluso en lugares que nunca ven un solo caso de infección durante un brote. Y una epidemia de miedo puede tener consecuencias mucho peores cuando se complica por cuestiones de raza, privilegio e idioma”.

La peste negra y recuerdos oscuros
La peste bubónica ha golpeado varias veces en los últimos 2000 años, matando a millones de personas y alterando el curso de la historia. Cada epidemia amplificó el miedo que vino con el siguiente brote.

La enfermedad es causada por una cepa de bacteria, Yersinia pestis, que vive en las pulgas de las ratas. Pero la peste bubónica, que se conoció como la peste negra, también puede transmitirse de una persona infectada a otra persona infectada a través de gotitas respiratorias, por lo que no puede ser erradicada simplemente matando a las ratas.

Los historiadores describen tres grandes olas de plaga, dice Mary Fissell, historiadora en Johns Hopkins: la Plaga de Justiniano, en el siglo VI; la epidemia medieval, en el siglo XIV; y una pandemia que golpeó a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX.

La pandemia medieval comenzó en 1331 en China. La enfermedad, junto con una guerra civil que estaba en su apogeo en ese momento, mató a la mitad de la población de China. A partir de ahí, la plaga se trasladó a lo largo de las rutas comerciales a Europa, África del Norte y el Oriente Medio. Entre 1347 y 1351, mató al menos a un tercio de la población europea. Murió la mitad de la población de Siena, Italia.

“Es imposible para la lengua humana contar la horrible verdad”, escribió el cronista del siglo XIV Agnolo di Tura. “De hecho, alguien que no vio tal horror puede ser llamado bendito”. Los infectados, escribió, “se hinchan debajo de las axilas y en las ingles, y se caen mientras hablan”. Los muertos fueron enterrados en fosas, en pilas.

En Florencia, escribió Giovanni Boccaccio, “No se le dio más respeto a la gente muerta que el que hoy en día se les daría a las cabras muertas”. Algunos se escondieron en sus casas. Otros se rehusaron a aceptar la amenaza. Boccaccio escribió que su forma de afrontarlo era “beber mucho, disfrutar la vida al máximo, cantar y divertirse, y satisfacer todos los antojos cuando surgiera la oportunidad, y descartar todo como si fuera una gran broma”.

Esa pandemia terminó, pero la plaga volvió. Uno de los peores brotes comenzó en China en 1855 y se extendió por todo el mundo, matando a más de 12 millones de personas solo en India. Las autoridades de salud de Bombay incendiaron barrios enteros intentando librarlos de la peste. “Nadie sabía si servía de algo”, dijo Frank Snowden, historiador de Yale.

No está claro qué hizo que la peste bubónica desapareciera. Algunos estudiosos han argumentado que el clima frío mató a las pulgas portadoras de enfermedades, pero eso no habría interrumpido la transmisión por las vías respiratorias, señaló Snowden.

O tal vez fue un cambio en las ratas. En el siglo XIX, la plaga no era llevada por ratas negras sino por ratas marrones, que son más fuertes y agresivas y tienen más probabilidades de vivir alejadas de los humanos.

“Ciertamente no querrías una de mascota”, dijo Snowden.

Otra hipótesis es que la bacteria evolucionó para ser menos mortal. O tal vez las acciones de los humanos, como incendiar las aldeas, ayudaron a calmar la epidemia.

La peste nunca se fue realmente. En Estados Unidos, las infecciones son endémicas entre los perros de las praderas en el suroeste y pueden transmitirse a las personas. Snowden dijo que uno de sus amigos se infectó después de una estadía en un hotel en Nuevo México. El anterior ocupante de la habitación tenía un perro, que tenía pulgas que transportaban el microbio.

Tales casos son raros, y ahora se pueden tratar con éxito con antibióticos, pero cualquier informe sobre un caso de peste despierta el miedo.

Una enfermedad que realmente terminó
Entre las enfermedades que han llegado a un fin médico está la viruela. Pero es excepcional por varias razones: hay una vacuna efectiva, que protege de por vida; el virus, Variola major, no tiene huésped animal, por lo que eliminar la enfermedad en humanos significó la eliminación total; y sus síntomas son tan inusuales que la infección es obvia, permitiendo cuarentenas eficaces y rastreo de contactos.

Pero mientras todavía arrasaba, la viruela era horrible. Epidemia tras epidemia barrió el mundo, por al menos 3000 años. Las personas infectadas por el virus tenían fiebre, después una erupción que se convertía en manchas llenas de pus, que se incrustaban y se caían, dejando cicatrices. La enfermedad mató a tres de cada 10 víctimas, a menudo después de un inmenso sufrimiento.

En 1633, una epidemia entre los nativos americanos “irrumpió en todas las comunidades nativas en el noreste y, ciertamente, facilitó el asentamiento de los ingleses en Massachusetts”, dijo David S. Jones, historiador de Harvard. William Bradford, líder de la colonia Plymouth, escribió un relato sobre la enfermedad en nativos americanos, diciendo que las pústulas rotas pegaban la piel de un paciente a la estera en la que yacía, solo para ser arrancada. Bradford escribió: “Cuando los giran, todo un lado se desollará, por así decir, y quedarán ensangrentados, muy temibles para ser contemplados”.

La última persona en contraer la viruela de forma natural fue Ali Maow Maalin, un cocinero de hospital en Somalia, en 1997. Se recuperó, solo para morir de malaria en 2013.

Influenzas olvidadas
La gripe de 1918 se presenta hoy como el ejemplo de los estragos de una pandemia y el valor de las cuarentenas y la distancia social. Antes de que acabase, la gripe mató entre 50 y 100 millones de personas alrededor del mundo. Fueron presa de ella jóvenes y adultos de mediana edad, dejó niños huérfanos, privó a las familias de quienes ganaban el sustento, y mató tropas en medio de la Primera Guerra Mundial.

En el otoño de 1918, William Vaughan, un prominente médico, fue enviado a Camp Devens cerca de Boston para informar sobre una gripe que estaba arrasando allá. Él vio “cientos de jóvenes robustos con el uniforme de su país, que ingresaban a las salas del hospital en grupos de diez o más”, escribió. “Los colocan en los catres hasta que cada cama está llena, pero otros se apiñan. Sus rostros pronto cambian a un tono azulado, una tos angustiosa produce expectoración manchada de sangre. En la mañana los cadáveres se apilan en la morgue como tablones de madera”.

El virus, escribió, “demostró la inferioridad de los inventos humanos para la destrucción de la vida humana”.

Después de arrasar en el mundo, esa gripe se desvaneció, evolucionando hacia una variante de la gripe más benigna que llega cada año.

“Quizás fue como un fuego que, tras quemar la leña disponible y de fácil acceso, se consume”, dijo Snowden.

También terminó socialmente. La Primera Guerra Mundial había acabado; la gente estaba lista para un nuevo comienzo, una nueva era, y deseosa de dejar atrás la pesadilla de la enfermedad y la guerra. Hasta hace poco, la gripe de 1918 había sido en gran medida olvidada.

Otras pandemias de gripe siguieron, ninguna tan grave pero todas, sin embargo, fueron aleccionadoras. En la gripe de Hong Kong de 1968, murió un millón de personas en todo el mundo, incluyendo 100.000 en Estados Unidos, en su mayoría personas mayores de 65 años. Ese virus aún circula como gripe estacional, y su camino inicial de destrucción, y el miedo que la acompañaba, rara vez se recuerda.

¿Cómo terminará la COVID-19?
¿Eso pasará con la COVID-19?

Una posibilidad, dicen los historiadores, es que la pandemia del coronavirus pueda terminar socialmente antes de que termine médicamente. Las personas pueden cansarse tanto de las restricciones y declarar que la pandemia terminó, aunque el virus continúe ardiendo entre la población y no se haya encontrado una vacuna o tratamiento efectivo.

“Creo que existe este tipo de problema psicológico social de agotamiento y frustración”, dijo Naomi Rogers, historiadora de Yale. “Podemos estar en un momento en que la gente solo dice: ‘Suficiente. Merezco poder volver a mi vida normal’”.

Ya está sucediendo; en algunos estados, los gobernadores han levantado las restricciones, al permitir la reapertura de salones de belleza, salones de uñas y gimnasios, desafiando las advertencias de los funcionarios de salud pública de que tales pasos son prematuros. A medida que crece la catástrofe económica causada por los confinamientos, más y más personas pueden estar listas para decir “basta”.

“Hay este tipo de conflicto ahora”, dijo Rogers. Los funcionarios de salud pública tienen un final médico a la vista, pero algunos miembros del público ven un final social.

“¿Quién puede reclamar el final?”, dijo Rogers. “Si te resistes a la noción de su final, ¿contra qué lo haces? ¿Qué alegas cuando dices ‘No, no está terminando’?”.

El desafío, dijo Brandt, es que no habrá una victoria repentina. Tratar de definir el final de la epidemia “será un proceso largo y difícil”.

Continue Reading
Advertisement
Click to comment

Deja un comentario

Vida, Salud Y Gastronomía

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

El covid-19 afecta a las personas de manera muy diferente.

Para muchos los síntomas más frecuentes son fiebre, tos y dificultad para respirar. Pero otros pueden ser hospitalizados durante semanas.

El covid-19 puede afectar los pulmones y el sistema inmunológico e incluso puede provocar accidentes cerebrovasculares y psicosis.

Los problemas respiratorios y la fatiga post-viral duran meses en algunos casos.

Los efectos pueden ser devastadores y se deben seguir todas las pautas recomendadas por los profesionales de salud.

Por: BBC Mundo

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Mary Turner para The New York Times

MADRID — Si tus propósitos para el año que acaba incluyeron viajar más, pasar más tiempo con los amigos o menos frente a una pantalla, bienvenido al club de los que fracasamos.

La pandemia convirtió a 2020 en el año que pudo ser y no fue. Quienes esquivamos el virus, y además tuvimos la fortuna de que no golpeara a seres queridos, navegamos lo mejor posible entre confinamientos, proyectos truncados, ausencias prolongadas y promesas incumplidas, incluidas las que nos hicimos a nosotros mismos. Esta vez, al menos, nadie podrá decir que no tuvimos una buena excusa.

Ahora que toca renovar las resoluciones de Año Nuevo, la tentación es situar en lo alto de la lista la recuperación del tiempo que nos robó el virus. La mala noticia es que no hay nadie al otro lado de ese mostrador de reclamaciones. No podemos exigirle cuentas al pasado, pero sí renovar nuestro pacto con el futuro. Mi resolución para 2021 —y años sucesivos— será no malgastar el tiempo.

La pandemia nos ha devuelto el valor de cosas que dábamos por hecho y que, por algún gen defectuoso de nuestra especie, solo apreciamos cuando perdemos. Un abrazo, una conversación con amigos, un viaje o un rato con padres o abuelos nunca significaron tanto. Es el momento de replantearnos a qué dedicamos nuestro tiempo. Y con quién. Un primer paso debería llevarnos a cuestionar, como sociedad, nuestra relación con el trabajo.

Los españoles estamos entre los europeos que más horas pasan en la oficina y menos producen, la combinación perfecta para la insatisfacción. Las contradicciones de nuestro modo de vida se muestran en toda su irracionalidad en España, donde llevamos décadas repitiéndonos que como en nuestro país “no se vive en ningún sitio”, a la vez que dejábamos que nuestra calidad de vida se deteriorara sin freno.

La pandemia, con el despegue del teletrabajo, presenta una oportunidad para transformar el modelo y darle la vuelta a la vieja dicotomía: vivir para el trabajo o trabajar para vivir mejor.

Cuando la crisis golpeó, ocho de cada diez españoles estaban descontentos con lo que hacían. Una cultura desfasada seguía premiando el presencialismo —cuántas horas pasa uno calentando la silla— por encima de los resultados, con un efecto demoledor en la conciliación familiar, las relaciones personales y el aprecio por la empresa. Diferentes gobiernos han planteado desde jornadas que terminan a las seis de la tarde a semanas laborales de cuatro días, pero todo se ha estrellado una y otra vez con las inercias inquebrantables.

La pandemia, dentro de la tragedia, podría ser la oportunidad que estábamos buscando. Desde su irrupción, cada vez son más quienes concluyen que pasarse diez horas al día en la oficina para pagar un alquiler desorbitado, en una gran ciudad que no tienes tiempo de disfrutar, es un sinsentido. Los migrantes urbanos que se están marchando al campo aseguran que su nueva vida es menos estresante y más saludable, aunque la adaptación no siempre es fácil. La duda es si la tendencia ha llegado para quedarse.

El empresario de una multinacional española contó en una reunión, a la que asistí en julio, que uno de los cambios generacionales que detectaba entre sus empleados consistía en que los jóvenes estaban dispuestos a renunciar oportunidades profesionales a cambio de más tiempo para ellos. Lo escuché con espíritu crítico—¿qué fue de la ambición como motor de la realización personal?—, pero mientras regresaba a casa me pregunté si la equivocada no era mi generación, a menudo dispuesta a sacrificar su vida personal por un concepto de éxito homogéneo e impuesto con calzador. Estos diez meses de confinamientos han confirmado lo equivocados que estábamos en nuestras prioridades.

Ir contracorriente de lo que se espera de nosotros es tan inusual que Rubin Ritter, consejero delegado de la plataforma alemana de comercio electrónico Zalando, ocupó los titulares cuando días atrás anunció su renuncia para dedicar “más tiempo con la familia”. Por supuesto no todos pueden permitirse el lujo de dejar su trabajo. Pero entre el órdago vital del emprendedor alemán y entregarnos sin límite al trabajo debería haber un término medio.

Adueñarnos de nuestro tiempo obligará también a replantearnos qué hacemos en nuestra vida personal. Un buen amigo que ha superado los 80 años solía quejarse, antes de la llegada de la COVID-19, de que sus hijos solo atendían a sus celulares cuando lo visitaban. ¿Aprenderemos la lección o, cuando pase todo, volveremos a dejar que naderías y distracciones nos alejen de lo realmente importante?

La dificultad principal para recuperar el control de nuestro tiempo estriba en que antes debemos aprender a decir no, algo que va en contra de nuestro deseo de agradar a los demás. No a esa reunión social que aceptas para quedar bien, aunque te apetezca menos que la consulta del dentista; no a rodearte de personas tóxicas que no te aportan nada y consumen tu energía; no a ese jefe que te manda un correo electrónico fuera de horario y que, además, pretende que te tomes algo con él al salir de la oficina.

Mi experiencia es que el no mejora con la práctica. Una vez suficientemente entrenado, termina convirtiéndose en un saludable proceso de selección: relaciones irrelevantes se desvanecen y queda más tiempo para las realmente importantes. Pero las indicaciones del uso del no requieren de una advertencia, para evitar caer en el egoísmo crónico: siempre habrá causas, personas o proyectos que, sin aportarnos nada concreto, merezcan nuestro tiempo.

La guía de los expertos para cumplir las resoluciones de Año Nuevo estipula que deben ser específicas, medibles, alcanzables, relevantes y estar sujetas a plazos. ¿Puede haber algo más medible que el tiempo? ¿O más específico que decirse a uno mismo que no, esta tarde no pienso levantarme del sofá? Como dice uno de los personajes de la autora Marthe Troly-Curtin: “El tiempo que disfrutas perdiendo no es tiempo perdido”. Detrás de la cita se esconde la regla más importante detrás del propósito de no malgastar el tiempo: hacerlo a nuestro antojo y con quien queramos, preferentemente lejos de la oficina. Y, a veces, solos.

Por David Jiménez – NYTimes

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Los pacientes con COVID-19 en un hospital en España se encontraron abrumadoramente con deficiencia de vitamina D, según un nuevo estudio.

Los investigadores descubrieron que el 80% de 216 pacientes con COVID-19 en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla tenían una deficiencia de vitamina D. Los hombres tenían niveles más bajos de vitamina D que las mujeres y los pacientes con COVID-19 con niveles más bajos de vitamina D tenían niveles séricos aumentados de marcadores inflamatorios como ferritina, una proteína sanguínea que contiene hierro, y dímero D, un fragmento de proteína que se produce cuando un coágulo de sangre se disuelve. en el cuerpo. Este último suele estar elevado en pacientes con COVID-19, según un estudio de julio publicado en el “Journal of Intensive Care”.

Por qué es posible que desee tomar un suplemento de vitamina D ahora mismo
“Un enfoque es identificar y tratar la deficiencia de vitamina D, especialmente en personas de alto riesgo como los ancianos, los pacientes con comorbilidades y los residentes de hogares de ancianos, que son la principal población objetivo para el COVID-19”, dijo el director del nuevo estudio. -autor Dr. José L. Hernández de la Universidad de Cantabria en Santander, España. “El tratamiento con vitamina D debe recomendarse en pacientes con COVID-19 con niveles bajos de vitamina D circulando en la sangre, ya que este enfoque podría tener efectos beneficiosos tanto en el sistema musculoesquelético como en el inmunológico”.

Los nuevos hallazgos fueron anunciados el martes por la Endocrine Society y publicados en el “Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism” de la organización médica.

Los riñones producen la hormona vitamina D. Controla la concentración de calcio en sangre y afecta el sistema inmunológico.

La deficiencia de vitamina D se ha relacionado con una variedad de problemas de salud, pero la investigación continúa examinando por qué afecta a otros sistemas del cuerpo. Hay muchos estudios que señalan cuán beneficiosa es la vitamina D para el sistema inmunológico y cómo ofrece protección contra las infecciones, en particular.

El Dr. William F. Marshall, especialista en enfermedades infecciosas de Mayo Clinic, escribió que no existen datos suficientes para recomendar el uso de vitamina D para detener la infección por el coronavirus, que causa la enfermedad COVID-19, o para tratar COVID-19, según el Institutos Nacionales de Salud y Organización Mundial de la Salud.

Un estudio de 489 personas descubrió que aquellos que tenían deficiencia de la hormona tenían más probabilidades de dar positivo en la prueba del coronavirus que aquellos que tenían niveles normales de vitamina D.

Un pequeño estudio aleatorizado observó que solo una de las 50 personas hospitalizadas con COVID-19 a las que se les administró una dosis alta de un tipo de vitamina D, calcifediol, requirió tratamiento en la unidad de cuidados intensivos. Eso se compara con el grupo de 26 personas que no recibieron calcifediol en el que 13 de ellos tuvieron que ser tratados en la unidad de cuidados intensivos.

Si bien la deficiencia de vitamina D es común en los EE. UU., Las personas negras e hispanas son especialmente deficientes en la hormona, según un estudio de 2014. Los dos grupos también se han visto afectados de manera desproporcionada por COVID-19.

Por Kiersten Willis, Atlanta Journal-Constitution (traducción al español)

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Neoyorquinos sin mascarillas el 14 de marzoCredit...Peter van Agtmael/Magnum Photos

La mayor carga de la COVID-19 ha recaído indudablemente en personas mayores de 65 años, lo que representa alrededor del 80 por ciento de las muertes en Estados Unidos. Pero si sacamos momentáneamente eso de nuestra atención, algo más se hace visible: la corona de este virus.

Los adultos jóvenes están muriendo a tasas históricas. En una investigación publicada el miércoles en el Journal of the American Medical Association, encontramos que entre los adultos estadounidenses de 25 a 44 años, desde marzo hasta finales de julio, hubo casi 12.000 muertes más de las que se esperaban según las normas históricas.

De hecho, julio parece haber sido el mes más mortal entre este grupo de edad en la historia moderna de Estados Unidos. En los últimos veinte años, un promedio de 11.000 jóvenes estadounidenses adultos murieron cada julio. Este año ese número se incrementó a más de 16.000.

Las tendencias siguieron este otoño. Basándose en tendencias anteriores, se proyectó que alrededor de 154.000 personas de este grupo demográfico morirían en 2020. Superamos ese total a mediados de noviembre. Incluso si las tasas de mortalidad vuelven repentinamente a la normalidad en diciembre —y sabemos que no lo han hecho— preveríamos mucho más de 170.000 muertes entre los adultos estadounidenses de este grupo demográfico para finales de 2020.

Aunque todavía no se dispone de datos detallados para todas las áreas, sabemos que la COVID-19 es la fuerza motriz de estas muertes excesivas. Veamos al estado de Nueva York. En abril y mayo, la COVID-19 mató a 1081 adultos de entre 20 y 49 años, según las estadísticas que recogimos del Departamento de Salud del estado de Nueva York. Sorprendentemente, esta cifra supera la principal causa de muerte habitual del estado en ese grupo de edad —accidentes involuntarios, incluyendo sobredosis de drogas y accidentes de tráfico— que combinadas causaron 495 muertes en este grupo demográfico durante abril y mayo de 2018, el año más reciente para el que hay datos disponibles al público.

Después de que la horrenda primera oleada esta primavera en el noreste disminuyera, tendencias similares empezaron a aparecer en otras regiones durante el verano. A medida que el número de casos entre la población joven aumentaba en todo el país, la COVID-19 se convirtió en una de las principales causas de muerte entre los adultos más jóvenes de otras regiones. Si bien las muertes por el virus superaron temporalmente las muertes por opiáceos entre los adultos jóvenes en algunas zonas este año, también nos preocupa que las muertes por sobredosis involuntarias hayan aumentado también durante la pandemia.

Tampoco es una ilusión que las personas de color constituyan una fracción desproporcionada de los muertos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre los adultos de 25 a 44 años, las personas negras e hispanas constituyen no solo un número desproporcionado sino la mayoría de las muertes por COVID-19 hasta el 30 de septiembre.

Las políticas de quedarse en casa han salvado vidas, pero sus beneficios no se han distribuido equitativamente. Entre los trabajadores esenciales, muchos de los cuales son personas de color, quedarse en casa nunca fue una opción real.

Ponte en perspectiva y compara lo que experimentamos ahora con la epidemia del VIH/sida. Antes de que existieran tratamientos efectivos, vimos con horror cómo una enfermedad contagiosa pero prevenible destruía a adultos jóvenes en la flor de su vida. Se cobró la vida de miles de adultos en edad de trabajar cada mes. Y aunque demasiados siguen infectados, y demasiados mueren, los mensajes de salud pública ayudaron a aliviar la epidemia.

Ahora debemos ocuparnos de la COVID-19. Durante demasiado tiempo, se ha repetido el mensaje —por nosotros y nuestros colegas, por los funcionarios del gobierno y el público— de que la COVID-19 es peligrosa para los ancianos y que a los jóvenes les va bien. Es cierto que las muertes entre adultos de 25 a 44 años representan menos del tres por ciento de las muertes por COVID-19 en Estados Unidos, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud.

Pero lo que creíamos antes sobre la relativa inocuidad de la COVID-19 entre los adultos más jóvenes simplemente no ha sido confirmado por los datos emergentes. En el pasado, nos tomó demasiado tiempo responder a las epidemias de opiáceos y VIH/sida cuando los jóvenes comenzaron a morir en grandes cantidades. Ahora que tenemos información similar sobre la COVID-19, debemos abordarla inmediatamente.

Necesitamos enmendar nuestros mensajes y nuestras políticas ahora. La difusión en las próximas semanas y meses es imperativa. Sabemos que puede ayudar. El uso de medicamentos que salvan vidas como la metadona y la buprenorfina aumentó después de que la conciencia de la devastación de la epidemia de opiáceos se entendió de manera generalizada, lo que salvó muchas vidas. Necesitamos decirle a los jóvenes que están en riesgo y que necesitan usar cubrebocas y tomar decisiones más seguras sobre el distanciamiento social.

Esto es aún más importante ahora que las vacunas seguras y eficaces son una realidad. Las personas jóvenes y saludables ocupan un lugar bajo en la lista de prioridades para la vacunación. Eso significa que modificar el comportamiento ahora puede salvar miles de vidas jóvenes el próximo año.

Y ese es el quid de la cuestión. Nuestro mensaje ya no se trata simplemente de aplanar la curva para evitar que los hospitales se desborden. Ahora con las vacunas, nuestras políticas y nuestras elecciones individuales pueden salvar un número mucho mayor de vidas.

Ese es nuestro desafío. Cuanto antes entendamos esa realidad, mejor.

Por Jeremy Samuel Faust, Harlan M. Krumholz y Rochelle P. Walensky / NYTimes

Continue Reading

Suscríbete con nosotros

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a nuestra web y recibir todas nuestras noticias.

Únete a otros 4.181 suscriptores

QUÉDATE EN CASA

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Opinión3 semanas ago

En Esta Época Navideña El Presidente Donald J. Trump Se Ha Convertido En Santa

Noticias Nacionales3 semanas ago

¡HISTÓRICO JOSÉ! PRIMER DEFENSOR HONDUREÑO EN RECIBIR PREMIO FRANCO-ALEMÁN

Noticias Internacionales3 semanas ago

Adolescentes en albergues por los huracanes Iota y Eta expuestas a abusos sexuales

Vida, Salud Y Gastronomía4 semanas ago

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Noticias Internacionales3 semanas ago

Joe Biden puede inspirar a Latinoamérica

Vida, Salud Y Gastronomía4 semanas ago

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Economía4 semanas ago

El paquete de estímulo: qué ofrece el nuevo acuerdo

Noticias Nacionales1 semana ago

Excapitán Orellana vuelve a sacar las ‘antiaéreas’ y apunta a las ‘estrellas’

Deportes2 semanas ago

Declaración de Concacaf sobre las competencias de selecciones nacionales masculinas Sub-20 y Sub-17

Noticias Internacionales2 semanas ago

Huracanes Eta e Iota: la crisis humanitaria que dejaron en Centroamérica

Tecnologia2 semanas ago

Cuáles serán las principales tendencias tecnológicas en 2021

Opinión2 semanas ago

Cafeteando por Jesús Vélez Banegas / 9 DE ENERO 2021

Vida, Salud Y Gastronomía2 semanas ago

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

Vida, Salud Y Gastronomía3 semanas ago

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Noticias Nacionales2 semanas ago

Visita de Hondureños Contra el SIDA presidido por la Lcda Mirta Coon

Sígueme en Twitter