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Vida, Salud Y Gastronomía

Coronavirus: ¿qué tan mortal es realmente el covid-19?

Los investigadores señalan que entre cinco y 40 casos de cada 1.000 contagios de coronavirus serán fatales, con una aproximación más precisa de nueve casos de cada 1.000. Es decir, el 1%.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) es más clara: señala que dentro de China, donde se originó el virus covid-19, la tasa de mortalidad está entre el 2% y el 4%, pero fuera del país asiático la tasa se reduce al 0,7%.

Aunque ese porcentaje depende de muchos factores, como la edad, el sexo y la condición física en que se encuentre el paciente.

Por eso les mostramos los principales puntos a considerar a la hora de conocer más sobre la tasa de mortalidad del nuevo virus.

¿Qué tan difícil es calcular la tasa de mortalidad del coronavirus?
Es extremadamente difícil, porque incluso contar caso por caso tiene su truco.

Muchos contagios de la mayoría de los virus pueden no quedar registrados, porque muchas veces la gente no va al médico si sólo tiene síntomas moderados.

Ahora, las diferentes tasas de mortalidad alrededor del mundo que estamos escuchando no tienen que ver con diferentes versiones del coronavirus.

De acuerdo al centro de investigación del Imperial College de Londres, las diferencias se dan porque hay países más o menos eficaces en la detección de casos de contagio moderado y grave.

Así que, con casos sin reportar, es muy posible que se sobrestime la tasa de mortalidad. Pero también es posible equivocarse en la otra dirección.

Toma tiempo antes de que una infección termine en recuperación o, en el peor de los casos, en muerte.

Y si se consideran todos los casos que aún no han tenido un desenlace, es posible que se subestime la tasa de mortalidad del virus porque se deja por fuera casos que tendrán un desenlace fatal en el futuro.

Los científicos combinan pruebas individuales sobre cada una de estas preguntas para construir la tasa de mortalidad.

Por ejemplo, ellos estiman la proporción de casos con los síntomas moderados de grupos pequeños y bien definidos de personas que son monitoreadas de cerca: por ejemplo, los que regresan a sus países en los vuelos de repatriación desde China.

Pero las pequeñas diferencias en los resultados de los datos obtenidos en estos grupos van a añadir grandes cambios en la cifra general.

Por eso, si solo se usan datos de la región de Hubei, zona cero del virus y donde la tasa de mortalidad ha sido mucho más alta que en otros lugares de China, entonces la tasa de mortalidad general se verá mucho peor.

De ese modo, los científicos dan un rango y una mejor estimación actual.

Pero incluso esos datos no cuentan toda la historia, porque simplemente no existe una única tasa de mortalidad para la enfermedad.

¿Cuál es el riesgo para una persona como yo?
Algunas personas tienen más probabilidades de morir si se contagian del nuevo coronavirus: los más ancianos, los que están afectados por alguna enfermedad -especialmente respiratoria- y, tal vez, los hombres en comparación con las mujeres.

En el primer gran análisis que se ha hecho de la enfermedad en China, la tasa de mortalidad fue diez veces mayor en los adultos mayores que entre pacientes de mediana edad.

Y fue mucho más bajas en personas menores de 30 años: unos ocho muertos entre 4.500 casos.

Y las muertes fueron cinco veces más comunes en personas con diabetes, presión alta, problemas cardiacos o respiratorios.

Y hay un número un poco mayor en las muertes entre hombres comparadas con las de las mujeres.

Todos esos factores interactúan entre ellos y todavía no hay una imagen completa del riesgo para cada tipo de persona en cada país.

¿Cuál es el riesgo para las personas según el lugar donde viven?
Un grupo de hombres de 80 años en China tiene un riesgo distinto al mismo grupo de personas de la misma edad en Europa y África.

Además, tu pronóstico también depende del tratamiento que recibas y del estado de la epidemia en cada país.

Si la epidemia comienza, los sistemas de salud podrían verse inundados de casos: solo hay una determinada cantidad de unidades de cuidados intensivos o ventiladores disponibles en un área determinada.

¿Es más peligroso que la gripe?
No podemos comparar las tasas de mortalidad porque muchas personas con síntomas leves de gripe eligen no visitar nunca a un médico.

Por lo tanto, no sabemos cuántos casos hay de gripe o de cualquier virus nuevo cada año.

Pero la gripe sigue matando gente cada invierno.

A medida que los datos evolucionen, los científicos desarrollarán una imagen más clara de quién está en mayor riesgo ante un brote de coronavirus.

El consejo básico de la OMS es que uno puede protegerse de todos los virus respiratorios lavándose las manos, evitando a las personas que tosen y estornudan e intentando no tocarse los ojos, la nariz y la boca.

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Vida, Salud Y Gastronomía

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

El covid-19 afecta a las personas de manera muy diferente.

Para muchos los síntomas más frecuentes son fiebre, tos y dificultad para respirar. Pero otros pueden ser hospitalizados durante semanas.

El covid-19 puede afectar los pulmones y el sistema inmunológico e incluso puede provocar accidentes cerebrovasculares y psicosis.

Los problemas respiratorios y la fatiga post-viral duran meses en algunos casos.

Los efectos pueden ser devastadores y se deben seguir todas las pautas recomendadas por los profesionales de salud.

Por: BBC Mundo

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Vida, Salud Y Gastronomía

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Mary Turner para The New York Times

MADRID — Si tus propósitos para el año que acaba incluyeron viajar más, pasar más tiempo con los amigos o menos frente a una pantalla, bienvenido al club de los que fracasamos.

La pandemia convirtió a 2020 en el año que pudo ser y no fue. Quienes esquivamos el virus, y además tuvimos la fortuna de que no golpeara a seres queridos, navegamos lo mejor posible entre confinamientos, proyectos truncados, ausencias prolongadas y promesas incumplidas, incluidas las que nos hicimos a nosotros mismos. Esta vez, al menos, nadie podrá decir que no tuvimos una buena excusa.

Ahora que toca renovar las resoluciones de Año Nuevo, la tentación es situar en lo alto de la lista la recuperación del tiempo que nos robó el virus. La mala noticia es que no hay nadie al otro lado de ese mostrador de reclamaciones. No podemos exigirle cuentas al pasado, pero sí renovar nuestro pacto con el futuro. Mi resolución para 2021 —y años sucesivos— será no malgastar el tiempo.

La pandemia nos ha devuelto el valor de cosas que dábamos por hecho y que, por algún gen defectuoso de nuestra especie, solo apreciamos cuando perdemos. Un abrazo, una conversación con amigos, un viaje o un rato con padres o abuelos nunca significaron tanto. Es el momento de replantearnos a qué dedicamos nuestro tiempo. Y con quién. Un primer paso debería llevarnos a cuestionar, como sociedad, nuestra relación con el trabajo.

Los españoles estamos entre los europeos que más horas pasan en la oficina y menos producen, la combinación perfecta para la insatisfacción. Las contradicciones de nuestro modo de vida se muestran en toda su irracionalidad en España, donde llevamos décadas repitiéndonos que como en nuestro país “no se vive en ningún sitio”, a la vez que dejábamos que nuestra calidad de vida se deteriorara sin freno.

La pandemia, con el despegue del teletrabajo, presenta una oportunidad para transformar el modelo y darle la vuelta a la vieja dicotomía: vivir para el trabajo o trabajar para vivir mejor.

Cuando la crisis golpeó, ocho de cada diez españoles estaban descontentos con lo que hacían. Una cultura desfasada seguía premiando el presencialismo —cuántas horas pasa uno calentando la silla— por encima de los resultados, con un efecto demoledor en la conciliación familiar, las relaciones personales y el aprecio por la empresa. Diferentes gobiernos han planteado desde jornadas que terminan a las seis de la tarde a semanas laborales de cuatro días, pero todo se ha estrellado una y otra vez con las inercias inquebrantables.

La pandemia, dentro de la tragedia, podría ser la oportunidad que estábamos buscando. Desde su irrupción, cada vez son más quienes concluyen que pasarse diez horas al día en la oficina para pagar un alquiler desorbitado, en una gran ciudad que no tienes tiempo de disfrutar, es un sinsentido. Los migrantes urbanos que se están marchando al campo aseguran que su nueva vida es menos estresante y más saludable, aunque la adaptación no siempre es fácil. La duda es si la tendencia ha llegado para quedarse.

El empresario de una multinacional española contó en una reunión, a la que asistí en julio, que uno de los cambios generacionales que detectaba entre sus empleados consistía en que los jóvenes estaban dispuestos a renunciar oportunidades profesionales a cambio de más tiempo para ellos. Lo escuché con espíritu crítico—¿qué fue de la ambición como motor de la realización personal?—, pero mientras regresaba a casa me pregunté si la equivocada no era mi generación, a menudo dispuesta a sacrificar su vida personal por un concepto de éxito homogéneo e impuesto con calzador. Estos diez meses de confinamientos han confirmado lo equivocados que estábamos en nuestras prioridades.

Ir contracorriente de lo que se espera de nosotros es tan inusual que Rubin Ritter, consejero delegado de la plataforma alemana de comercio electrónico Zalando, ocupó los titulares cuando días atrás anunció su renuncia para dedicar “más tiempo con la familia”. Por supuesto no todos pueden permitirse el lujo de dejar su trabajo. Pero entre el órdago vital del emprendedor alemán y entregarnos sin límite al trabajo debería haber un término medio.

Adueñarnos de nuestro tiempo obligará también a replantearnos qué hacemos en nuestra vida personal. Un buen amigo que ha superado los 80 años solía quejarse, antes de la llegada de la COVID-19, de que sus hijos solo atendían a sus celulares cuando lo visitaban. ¿Aprenderemos la lección o, cuando pase todo, volveremos a dejar que naderías y distracciones nos alejen de lo realmente importante?

La dificultad principal para recuperar el control de nuestro tiempo estriba en que antes debemos aprender a decir no, algo que va en contra de nuestro deseo de agradar a los demás. No a esa reunión social que aceptas para quedar bien, aunque te apetezca menos que la consulta del dentista; no a rodearte de personas tóxicas que no te aportan nada y consumen tu energía; no a ese jefe que te manda un correo electrónico fuera de horario y que, además, pretende que te tomes algo con él al salir de la oficina.

Mi experiencia es que el no mejora con la práctica. Una vez suficientemente entrenado, termina convirtiéndose en un saludable proceso de selección: relaciones irrelevantes se desvanecen y queda más tiempo para las realmente importantes. Pero las indicaciones del uso del no requieren de una advertencia, para evitar caer en el egoísmo crónico: siempre habrá causas, personas o proyectos que, sin aportarnos nada concreto, merezcan nuestro tiempo.

La guía de los expertos para cumplir las resoluciones de Año Nuevo estipula que deben ser específicas, medibles, alcanzables, relevantes y estar sujetas a plazos. ¿Puede haber algo más medible que el tiempo? ¿O más específico que decirse a uno mismo que no, esta tarde no pienso levantarme del sofá? Como dice uno de los personajes de la autora Marthe Troly-Curtin: “El tiempo que disfrutas perdiendo no es tiempo perdido”. Detrás de la cita se esconde la regla más importante detrás del propósito de no malgastar el tiempo: hacerlo a nuestro antojo y con quien queramos, preferentemente lejos de la oficina. Y, a veces, solos.

Por David Jiménez – NYTimes

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Vida, Salud Y Gastronomía

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Los pacientes con COVID-19 en un hospital en España se encontraron abrumadoramente con deficiencia de vitamina D, según un nuevo estudio.

Los investigadores descubrieron que el 80% de 216 pacientes con COVID-19 en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla tenían una deficiencia de vitamina D. Los hombres tenían niveles más bajos de vitamina D que las mujeres y los pacientes con COVID-19 con niveles más bajos de vitamina D tenían niveles séricos aumentados de marcadores inflamatorios como ferritina, una proteína sanguínea que contiene hierro, y dímero D, un fragmento de proteína que se produce cuando un coágulo de sangre se disuelve. en el cuerpo. Este último suele estar elevado en pacientes con COVID-19, según un estudio de julio publicado en el “Journal of Intensive Care”.

Por qué es posible que desee tomar un suplemento de vitamina D ahora mismo
“Un enfoque es identificar y tratar la deficiencia de vitamina D, especialmente en personas de alto riesgo como los ancianos, los pacientes con comorbilidades y los residentes de hogares de ancianos, que son la principal población objetivo para el COVID-19”, dijo el director del nuevo estudio. -autor Dr. José L. Hernández de la Universidad de Cantabria en Santander, España. “El tratamiento con vitamina D debe recomendarse en pacientes con COVID-19 con niveles bajos de vitamina D circulando en la sangre, ya que este enfoque podría tener efectos beneficiosos tanto en el sistema musculoesquelético como en el inmunológico”.

Los nuevos hallazgos fueron anunciados el martes por la Endocrine Society y publicados en el “Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism” de la organización médica.

Los riñones producen la hormona vitamina D. Controla la concentración de calcio en sangre y afecta el sistema inmunológico.

La deficiencia de vitamina D se ha relacionado con una variedad de problemas de salud, pero la investigación continúa examinando por qué afecta a otros sistemas del cuerpo. Hay muchos estudios que señalan cuán beneficiosa es la vitamina D para el sistema inmunológico y cómo ofrece protección contra las infecciones, en particular.

El Dr. William F. Marshall, especialista en enfermedades infecciosas de Mayo Clinic, escribió que no existen datos suficientes para recomendar el uso de vitamina D para detener la infección por el coronavirus, que causa la enfermedad COVID-19, o para tratar COVID-19, según el Institutos Nacionales de Salud y Organización Mundial de la Salud.

Un estudio de 489 personas descubrió que aquellos que tenían deficiencia de la hormona tenían más probabilidades de dar positivo en la prueba del coronavirus que aquellos que tenían niveles normales de vitamina D.

Un pequeño estudio aleatorizado observó que solo una de las 50 personas hospitalizadas con COVID-19 a las que se les administró una dosis alta de un tipo de vitamina D, calcifediol, requirió tratamiento en la unidad de cuidados intensivos. Eso se compara con el grupo de 26 personas que no recibieron calcifediol en el que 13 de ellos tuvieron que ser tratados en la unidad de cuidados intensivos.

Si bien la deficiencia de vitamina D es común en los EE. UU., Las personas negras e hispanas son especialmente deficientes en la hormona, según un estudio de 2014. Los dos grupos también se han visto afectados de manera desproporcionada por COVID-19.

Por Kiersten Willis, Atlanta Journal-Constitution (traducción al español)

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Vida, Salud Y Gastronomía

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Neoyorquinos sin mascarillas el 14 de marzoCredit...Peter van Agtmael/Magnum Photos

La mayor carga de la COVID-19 ha recaído indudablemente en personas mayores de 65 años, lo que representa alrededor del 80 por ciento de las muertes en Estados Unidos. Pero si sacamos momentáneamente eso de nuestra atención, algo más se hace visible: la corona de este virus.

Los adultos jóvenes están muriendo a tasas históricas. En una investigación publicada el miércoles en el Journal of the American Medical Association, encontramos que entre los adultos estadounidenses de 25 a 44 años, desde marzo hasta finales de julio, hubo casi 12.000 muertes más de las que se esperaban según las normas históricas.

De hecho, julio parece haber sido el mes más mortal entre este grupo de edad en la historia moderna de Estados Unidos. En los últimos veinte años, un promedio de 11.000 jóvenes estadounidenses adultos murieron cada julio. Este año ese número se incrementó a más de 16.000.

Las tendencias siguieron este otoño. Basándose en tendencias anteriores, se proyectó que alrededor de 154.000 personas de este grupo demográfico morirían en 2020. Superamos ese total a mediados de noviembre. Incluso si las tasas de mortalidad vuelven repentinamente a la normalidad en diciembre —y sabemos que no lo han hecho— preveríamos mucho más de 170.000 muertes entre los adultos estadounidenses de este grupo demográfico para finales de 2020.

Aunque todavía no se dispone de datos detallados para todas las áreas, sabemos que la COVID-19 es la fuerza motriz de estas muertes excesivas. Veamos al estado de Nueva York. En abril y mayo, la COVID-19 mató a 1081 adultos de entre 20 y 49 años, según las estadísticas que recogimos del Departamento de Salud del estado de Nueva York. Sorprendentemente, esta cifra supera la principal causa de muerte habitual del estado en ese grupo de edad —accidentes involuntarios, incluyendo sobredosis de drogas y accidentes de tráfico— que combinadas causaron 495 muertes en este grupo demográfico durante abril y mayo de 2018, el año más reciente para el que hay datos disponibles al público.

Después de que la horrenda primera oleada esta primavera en el noreste disminuyera, tendencias similares empezaron a aparecer en otras regiones durante el verano. A medida que el número de casos entre la población joven aumentaba en todo el país, la COVID-19 se convirtió en una de las principales causas de muerte entre los adultos más jóvenes de otras regiones. Si bien las muertes por el virus superaron temporalmente las muertes por opiáceos entre los adultos jóvenes en algunas zonas este año, también nos preocupa que las muertes por sobredosis involuntarias hayan aumentado también durante la pandemia.

Tampoco es una ilusión que las personas de color constituyan una fracción desproporcionada de los muertos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre los adultos de 25 a 44 años, las personas negras e hispanas constituyen no solo un número desproporcionado sino la mayoría de las muertes por COVID-19 hasta el 30 de septiembre.

Las políticas de quedarse en casa han salvado vidas, pero sus beneficios no se han distribuido equitativamente. Entre los trabajadores esenciales, muchos de los cuales son personas de color, quedarse en casa nunca fue una opción real.

Ponte en perspectiva y compara lo que experimentamos ahora con la epidemia del VIH/sida. Antes de que existieran tratamientos efectivos, vimos con horror cómo una enfermedad contagiosa pero prevenible destruía a adultos jóvenes en la flor de su vida. Se cobró la vida de miles de adultos en edad de trabajar cada mes. Y aunque demasiados siguen infectados, y demasiados mueren, los mensajes de salud pública ayudaron a aliviar la epidemia.

Ahora debemos ocuparnos de la COVID-19. Durante demasiado tiempo, se ha repetido el mensaje —por nosotros y nuestros colegas, por los funcionarios del gobierno y el público— de que la COVID-19 es peligrosa para los ancianos y que a los jóvenes les va bien. Es cierto que las muertes entre adultos de 25 a 44 años representan menos del tres por ciento de las muertes por COVID-19 en Estados Unidos, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud.

Pero lo que creíamos antes sobre la relativa inocuidad de la COVID-19 entre los adultos más jóvenes simplemente no ha sido confirmado por los datos emergentes. En el pasado, nos tomó demasiado tiempo responder a las epidemias de opiáceos y VIH/sida cuando los jóvenes comenzaron a morir en grandes cantidades. Ahora que tenemos información similar sobre la COVID-19, debemos abordarla inmediatamente.

Necesitamos enmendar nuestros mensajes y nuestras políticas ahora. La difusión en las próximas semanas y meses es imperativa. Sabemos que puede ayudar. El uso de medicamentos que salvan vidas como la metadona y la buprenorfina aumentó después de que la conciencia de la devastación de la epidemia de opiáceos se entendió de manera generalizada, lo que salvó muchas vidas. Necesitamos decirle a los jóvenes que están en riesgo y que necesitan usar cubrebocas y tomar decisiones más seguras sobre el distanciamiento social.

Esto es aún más importante ahora que las vacunas seguras y eficaces son una realidad. Las personas jóvenes y saludables ocupan un lugar bajo en la lista de prioridades para la vacunación. Eso significa que modificar el comportamiento ahora puede salvar miles de vidas jóvenes el próximo año.

Y ese es el quid de la cuestión. Nuestro mensaje ya no se trata simplemente de aplanar la curva para evitar que los hospitales se desborden. Ahora con las vacunas, nuestras políticas y nuestras elecciones individuales pueden salvar un número mucho mayor de vidas.

Ese es nuestro desafío. Cuanto antes entendamos esa realidad, mejor.

Por Jeremy Samuel Faust, Harlan M. Krumholz y Rochelle P. Walensky / NYTimes

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