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Inmigración

El amor de una hija lo esperaba, pero el padre migrante no pudo llegar a tiempo

BRENTWOOD, Nueva York — A Heydi Gámez García la encontró su tía pasada la medianoche. En las últimas semanas, Heydi, una inmigrante hondureña de 13 años, se había deprimido mucho porque su padre estaba detenido desde principios de junio cuando lo atraparon cruzando ilegalmente la frontera sur.

Era su tercer intento en cuatro años para llegar a Estados Unidos y reunirse con su única hija, que vivía con sus hermanas en Nueva York. Pero los días se convirtieron en semanas y los familiares dicen que cuando pasó más de un mes sin que lo liberaran, la niña empezó a perder sus esperanzas.

Alrededor de las 10:30 de una noche de la semana pasada, Heydi se encerró en una habitación y dijo que quería estar sola. Una hora y media después, su tía Zoila abrió la puerta para ofrecerle un bocadillo. Pensó que tal vez unas galletas y leche la alegrarían.

Pero la cama con sábanas azules y violetas estaba vacía. Zoila se asomó por la ventana y después vio hacia el clóset en el otro extremo de la habitación: ahí estaba Heydi, colgada del cable de un cargador de teléfono.

Estaba inconsciente, al borde de la muerte. No había dejado una nota, nada que explicara por qué había intentado acabar con su vida. “Era tan inteligente que no tiene sentido que tomara una decisión como esta, una decisión tan alejada de su carácter”, dijo Jéssica Gámez, de 32 años, la tía con la que vivía Heydi en la localidad de Brentwood que está en Long Island. “Pensé que estaría más segura aquí conmigo que en Honduras”.

La historia de Heydi es muy parecida a la de miles de familias centroamericanas que en los últimos años han llegado a los Estados Unidos con el fin de solicitar asilo para escapar de la tumultuosa realidad de sus países, y con la esperanza de que los desafíos de construir una nueva vida en un país ajeno no sean mayores que los que han dejado atrás.

Heydi en su graduación de quinto grado, el año pasado

La madre de Heydi abandonó a la familia cuando apenas tenía dos meses de nacida; sus abuelos, que la criaron en Honduras, murieron. Heydi estuvo entre quienes encontraron a su abuelo agonizando en la calle después de un ataque de pandilleros. Luego se mudó a Nueva York y experimentó los retos normales de la adolescencia al ir a una nueva escuela y tener que aprender inglés. Pero más que otra cosa, dicen sus amigos y familiares, extrañaba a su papá.

“Heydi estaba tan emocionada cuando le dijo que iba a venir. Creo que la idea de que su papá estuviera aquí era como un refugio para ella”, dijo Erika Estrada, de 25 años, que conocía a Heydi de la Iglesia del Evangelio del Tabernáculo en Brentwood. “Perdió a sus abuelos, su madre la abandonó y tenía todo este amor de hija que no podía darle a sus tías o tíos, solo a él”, dijo Estrada.

Desde hace mucho tiempo, la historia de la inmigración estadounidense ha estado marcada por las familias divididas: uno de los padres viaja a trabajar a Estados Unidos, los niños y esposas a menudo se quedan en casa. En años anteriores, los trabajadores migrantes volvían a sus países al final de la temporada y luego regresaban. Pero la fortificación de la frontera luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y el aumento de las medidas de seguridad de los años posteriores han hecho que esos regresos sean mucho más complicados. En muchas familias, los hijos quedan separados de sus padres durante años, a menudo de por vida.

Mientras que el año pasado se registraron muchos casos de separaciones de familias y de niños migrantes que fueron detenidos en la frontera por las nuevas políticas migratorias del gobierno de Trump, las dificultades de la familia Gámez se extienden a lo largo de tres gobiernos presidenciales, en los cuales se debatió pero nunca se llegó a establecer una amplia solución legal para el trabajo migrante en Estados Unidos.

“Van a casa para atender a un papá enfermo, acudir a un funeral o por otra emergencia: sucede todo el tiempo”, dijo Marty Rosenbluth, un abogado que representa a migrantes en un centro de detención en Lumpkin, Georgia. “Luego los atrapan cuando intentan volver a Estados Unidos”.

Lo que le sucedió a Heydi se ha reconstruido a través de entrevistas con su papá, sus tíos, primos, una amiga de la familia y el abogado de su padre, así como con información de los casos de asilo de su familia, registros de las cortes federales y de las autoridades migratorias.

Heydi creció en una modesta casa en El Progreso, un pueblo al noroeste de Honduras flanqueado al este por una cadena montañosa y al oeste por el río Ulúa. Durante décadas esa ciudad fue un centro comercial para las plantaciones bananeras.

Pero para cuando Heydi nació, en marzo de 2006, El Progreso también se había convertido en el territorio de algunas de las pandillas más violentas del país, entre ellas la MS-13. Con frecuencia, los pandilleros pedían pagos en efectivo (“contribuciones”) a la familia de Heydi y a otros residentes a cambio de garantizar su seguridad.

La inestabilidad, combinada con la falta de oportunidades, llevó a su papá, Manuel Gámez, ahora de 34 años, a marcharse a los Estados Unidos. En 2007, dejando atrás a Heydi con sus padres, se escabulló por la frontera y viajó a Long Island donde su hermana Jéssica se había establecido dos años antes.

Estar lejos de Heydi la mayor parte de su niñez fue difícil, dijo Gámez, pero ganaba lo suficiente haciendo paisajismo como para enviarle dinero y mantenerla. Cuando la niña volvía de su guardería católica jugaba con los perros de la familia o andaba en una bici rosa que su papá le había regalado, recordó Zoila, otra de las hermanas de Gámez. Ocasionalmente ayudaba en la tiendita que sus abuelos tenían en la casa, donde asaltaba los anaqueles y hurtaba caramelos.

Pero un día de junio de 2014, la seguridad que los abuelos habían construido alrededor de Heydi se vino abajo. Después de meses de resistirse a entregar su pequeña camioneta a los pandilleros, su abuelo fue baleado a dos cuadras de su casa. Al escuchar la conmoción, Zoila salió corriendo y encontró a su padre que yacía en el suelo. Cuando le quitó su sombrero de ganadero vio que la sangre salía de su cabeza y formaba un charco en el pavimento. Heydi vio la escena a la distancia.

A días del asesinato, dijo Manuel Gámez, se subió a un avión para volver a Honduras. “No había nadie para cuidar a Heydi o a Zoila; mi mamá estaba muy enferma entonces”, dijo. “Pensé que podía ser riesgoso volver, pero no podía dejarlas solas allá”.

Cerca de un año después, la madre de Gámez murió de complicaciones de diabetes y, según sus hijos, de tristeza por la muerte de su esposo. Con cuatro de sus hermanos en Long Island y el miedo de más represalias por parte de las pandillas, Gámez decidió que Heydi y Zoila debían irse a Estados Unidos para estar seguras.

Primero mandó a Heydi, en el verano de 2015, y decidió quedarse en Honduras en caso de que la devolvieran en la frontera. El 25 de septiembre de 2015, después de casi dos meses en un albergue para menores migrantes, la niña de 9 años llegó al aeropuerto La Guardia; Zoila la siguió meses después.

Rodeada de siete primos de su edad, Heydi se adaptó bien a la vida en Estados Unidos, dicen sus tías y primos. En medio año aprendió inglés, motivada tanto por su ambición por triunfar en la nueva escuela como por su deseo de participar en las conversaciones secretas que sostenían sus primos en inglés cuando estaban cerca de sus tías y tíos hispanohablantes.

A través de videollamadas casi diarias con su papá en Honduras, empezó a enseñarle lo básico (Hello. How are you?) y a corregirlo por no aprender mejor el idioma, dado que él ya había vivido en Estados Unidos. Heydi llegó a enseñarle algunas frases para hablar con mujeres una vez que llegara a Estados Unidos; tal vez, cree él, como un modo de alentarlo a que le encontrara una mamá.

“Me enseñó a decir Are you married? Are you single?“, recordó, refiriéndose a las frases que se usan para preguntar el estado civil de una persona. “Yo lo decía y ella se reía y me decía que mi acento era muy malo”.

Heydi animaba a su papá a practicar. Tenía que prepararse para vivir con ella, dijo Gámez, quien le aseguró a su hija que llegaría pronto.

La habitación en la casa de Zoila Gámez, donde Heydi se quedó la noche que intentó quitarse la vida. Credit Christopher Lee para The New York Times

En junio de 2016, por las amenazas de las pandillas a su familia, Heydi consiguió el asilo, lo que le dio derecho a vivir permanentemente de manera legal en Estados Unidos. Por esa época, su padre hizo el primer intento de regresar a Estados Unidos. Pero era mucho más difícil cruzar la frontera que cuando lo había hecho por primera vez, hacía nueve años.

“La primera vez que vine crucé con un grupo grande: tomó dos días, fue fácil”, dijo. “Pero luego se volvió más difícil, mucho más difícil. Había agentes de la Patrulla Fronteriza por todas partes”.

Cuando Gámez fue aprehendido en McAllen, Texas, le dijo a los agentes que temía por su vida si lo devolvían a Honduras. Pero un funcionario de asilo consideró que su miedo no era creíble y fue deportado ese noviembre. “¿Cómo es que su hija y su hermana son ambas candidatas para asilo y él no?”, dijo el abogado de Gámez, Anibal Romero. “Claramente está huyendo por su seguridad, por las mismas razones.  Esto solo muestra que este es un sistema fallido”.

En septiembre de 2017, funcionarios de inmigración detuvieron a Gámez cerca de Santa Teresa, Nuevo México, luego de otro  intento para entrar al país. Fue condenado por volver a ingresar de manera ilegal, pasó 45 días en prisión y fue deportado a Honduras por segunda vez en noviembre.

Con cada intento fallido Heydi se desanimaba más. “Le dije: ‘No puedo estar allá ahora porque la ley no me lo permite’”, recordó. “Pero ¿cómo le explicas eso a una niña? ¿Cómo le explicas lo que son las leyes para ella?”.

Gámez permaneció en Honduras, donde vendía zapatos en la calle para ayudarse.

El año pasado, para cuando pasó a sexto grado, Heydi había empezado a experimentar enamoramientos. Durante meses se aferró a una nota de amor de Carlos, un compañero de clase. “Quiero que seas mi novia y que estemos juntos siempre. Dime qué piensas”, decía la esquela, con las esquinas dobladas y gastadas en un rectángulo perfecto y guardada entre las tareas en su carpeta.

Pero la niña también mostraba signos de angustia emocional. En la misma carpeta, Heydi escribió una nota en los márgenes de un poema que estaba estudiando en su clase de inglés. La estrofa que resaltó decía: “Y el pensamiento de mi propia abuela sin hogar/ sin un lugar en medio del frío/ cálido y para orar/ me puso triste y deprimida”. Heydi escribió: “Me recuerda a mi propia depresión”.

Manuel Gámez, a la derecha, a su llegada al Aeropuerto Internacional Newark Liberty, en Nueva Jersey, después de que se le concedió un periodo de dos semanas de libertad condicional para ver a su hija. Credit Christopher Lee para The New York Times

Jéssica atribuye la tristeza de su sobrina tanto al trauma de perder a sus abuelos como a su creciente ansiedad por saber si alguna vez se reuniría con su padre. Heydi a menudo se quejaba con sus tías de que todos los demás tenían una madre y un padre, pero ella se sentía como una huérfana.

La niña comenzó a suplicar que la llevaran a Honduras para estar con su padre. Pero Gámez insistió en que Heydi debía quedarse en los Estados Unidos, donde ya había ganado el asilo y tenía las oportunidades educativas que él nunca tuvo.

Cuando Heydi cumplió 13 años, en marzo, Gámez le prometió que estaría con ella cuando cumpliera 15 y celebrarían su quinceañera. Pero, al sentir su creciente desaliento, le dijo que intentaría cruzar la frontera en junio.

Los dos empezaron a hacer planes para pasar su primer verano juntos en los Estados Unidos: irían al centro comercial, al parque, a la pequeña playa en Bay Shore Marina.

Desde Reynosa, México, a principios de junio, Gámez llamó a Heydi y le dijo que casi estaba en los Estados Unidos. Tal vez no pudieran hablar en los próximos días, le advirtió, pero la vería pronto.

Gámez nunca tuvo la oportunidad de llamarla desde el otro lado de la frontera. Después de ingresar ilegalmente a los Estados Unidos fue capturado por agentes de la Patrulla Fronteriza que lo volvieron a detener. Cuando Heydi supo que su papá estaba bajo custodia, rompió a llorar. Durante días, dijeron sus tías, no quería salir de su habitación y perdió el apetito.

Jéssica pensó que si Heydi pasaba algunas noches con Zoila, su tía más joven, podría animarse. Planearon una salida a Six Flags para el 5 de julio. Pero el viaje nunca sucedió.

A las 0:36 de la madrugada del 3 de julio, la policía respondió a una llamada al 911 desde la casa de Zoila, donde los médicos trataron de resucitar a Heydi. La trasladaron al centro médico infantil de Cohen en New Hyde Park, donde los médicos determinaron que estaba “neurológicamente devastada”. Una semana después, declararon que tenía muerte cerebral.

El 13 de julio, el Servicio de Inmigración y Aduanas aceptó una solicitud de Romero, el abogado de Gámez, para liberarlo de la custodia con el fin de que estuviera con su hija moribunda. Las autoridades lo pusieron en un avión con un boleto de ida y vuelta desde Texas, donde volverá a estar detenido. Tenía 14 días para despedirse de Heydi.

Mientras el vuelo de Gámez desde Houston se acercaba a Newark, Jéssica y sus hermanos esperaban en la terminal de llegadas.

“Él todavía no sabe lo que pasó”, dijo Jéssica, sosteniendo sus codos en sus manos. “Todavía no sé cómo le voy a decir”. Cuando Gámez llegó, Jéssica se lanzó hacia él. “Hermano, por favor, perdóname”, le decía.

Mientras los hermanos avanzaban en el tráfico hacia el hospital, Jéssica trató de explicar lo que había sucedido. Pero su hermano no comprendió completamente que su hija estaba con muerte cerebral hasta que la vio.

Yacía en una cama de hospital, los ojos entornados, enterrados debajo de los tubos de respiración y las gotitas intravenosas, rodeada de monitores. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

El primer encuentro entre Gámez y su hija, después de su llegada a Nueva York Credit Christopher Lee para The New York Times

“Mi querida, mi querida, por favor”, dijo en voz baja, mientras le acariciaba la cabeza. “Por favor, si ves una luz, no vayas hacia ella, por favor”.

“Estoy aquí, te amo”, susurró.

Gámez pasó la noche a su lado, mientras sus esperanzas de que pudiera despertarse se desvanecían con cada pitido del monitor. Por la mañana, la gravedad de la condición de Heydi lo había hundido.

Cuando se sentó en el sofá en el apartamento de Jéssica al día siguiente, una expresión de incredulidad y dolor se apoderó de su rostro.

“Como padre, no tienes esperanzas ni sueños para ti mismo, todos tus sueños son para tus hijos”, dijo. “Todos mis sueños están en su corazón. Todos se han ido con ella”.

Gámez planea autorizar hoy al equipo médico para que le quiten el sistema de soporte vital a su hija. Para ese momento, habrán pasado juntos sus últimos cuatro días de vida.

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Inmigración

Qué se sabe del niño nicaragüense abandonado en la frontera sur de EE.UU.

Wilton, el niño que apareció solo y llorando en la frontera de México y EE.UU., hizo el viaje desde Nicaragua junto a su madre Meylin, quien permanece desaparecida. - CORTESÍA MISAEL OBREGÓN

Por: Marcos González Díaz
Corresponsal de BBC News Mundo en México y Centroamérica

Las imágenes en las que Wilton Gutiérrez aparecía llorando y perdido en algún lugar desértico de Texas convirtieron a este niño nicaragüense en uno de los símbolos más dramáticos de la crisis migratoria que se vive en la frontera entre México y Estados Unidos.

Y aunque el menor de 10 años fue rescatado por la Patrulla Fronteriza estadounidense el pasado 1 de abril y permanece desde entonces bajo resguardo de las autoridades, su “sueño americano” y el de su familia parecen aún lejos de cumplirse.

De hecho, su madre -con la que emprendió el peligroso viaje al norte- es ahora la mayor preocupación de sus familiares dado que permanece en paradero desconocido. Según denuncian, está secuestrada en algún lugar del norte de México.

Wilton y su madre, Meylin Obregón, dejaron atrás su hogar en busca de una nueva vida en EE.UU. como miles de centroamericanos.

Solo en el mes de marzo, más de 170.000 migrantes fueron detenidos en la frontera sur estadounidense. Es la cifra más alta de los últimos 15 años. La mayoría aseguran escapar de la pobreza y la violencia existentes en sus países.

Pero en el caso de esta humilde familia nicaragüense, aseguran sus allegados, la violencia de la que escapaba Meylin junto a su hijo estaba enquistada dentro de su propia casa.

Un viaje casi improvisado
Misael Obregón, hermano de Meylin y tío del pequeño, asegura que el viaje fue planificado con apenas unos días de antelación.

“Todo estaba programado para que mis hijos (dos gemelos de 15 años) hicieran el viaje desde Nicaragua para venir aquí a EE.UU.”, le cuenta el hombre a BBC Mundo desde Miami, donde vive desde hace cinco años trabajando en la construcción.

“Pero pocos días antes, Meylin me pidió ayuda para venirse para acá porque no soportaba más a ese hombre (el papá de sus dos hijos). Así que le mandé dinero para comida y pasajes, y se sumó con Wilton al viaje de mis hijos”.

Misael asegura que la relación del matrimonio era malísima. “La trataba muy mal psicológicamente, le hacía mucho daño y la trataba mal verbalmente”, dice.

Desde una remota comunidad ganadera cercana a El Rama, en la Región Autónoma de la Costa Caribe Sur de Nicaragua, la madre de la joven y abuela de Wilton confirma el relato.

“Ella era muy duro con ella, le decía cosas que no tenia que decir, le dañaba verbalmente con palabras y ofensas, tenia muchos amantes…”, le cuenta a BBC Mundo Socorro Leiva, quien asegura que nunca supo de las intenciones de su hija de marcharse a EE.UU.

Esta situación, cuenta la mujer, fue lo que provocó que su hija se mudara de nuevo a la casa familiar junto a Wilton pocos días antes de empezar su viaje. Y lo que también la empujó a interponer una denuncia ante la Fiscalía contra su pareja.

Secuestrados por US$10.000
El 8 de febrero, Meylin inició su viaje junto a su hijo Wilton y sus dos sobrinos gemelos. Salieron de una zona que la familia califica de totalmente “abandonada” por los gobiernos, donde no hay energía eléctrica, las carreteras son precarias y las oportunidades de trabajo escasas.

La señal de cobertura de teléfono en la zona es tan débil, de hecho, que la conversación de BBC Mundo con la abuela de Wilton tuvo que realizarse mediante intercambio de audios de Whatsapp.

Meylin, una de los diez hermanos de la familia, cultivaba y criaba gallinas y cerdos para mantenerse.

“Es terrible la pobreza que hay, mucha gente sale de allí para buscarse la vida. Pero mi hermana no quiso venir aquí para trabajar, era realmente para escapar de lo que estaba viviendo”, insiste su hermano desde EE.UU.

Asegura que su hermana era consciente del peligro que enfrentaría en la travesía. “Yo le dije que cuando uno hace ese viaje para acá, es vida o muerte, porque ese México es muy peligroso. Pero aún así, dijo que quería salir de ese sufrimiento que tenía en Nicaragua”, cuenta.

Durante el viaje, la joven y los tres menores recorrieron su país hasta cruzar Honduras, Guatemala y llegar a la frontera norte de México semanas después.

Misael cuenta que sus hijos gemelos viajaban con la idea de que los dejarían entrar a EE.UU. por ser menores no acompañados. Y así fue. Tras entregarse a las autoridades migratorias, pudieron reunirse con su padre en Miami.

Pero Meylin y Wilton corrieron peor suerte y fueron inmediatamente devueltos a territorio mexicano, donde la familia denuncia que fueron raptados por un grupo de delincuentes que les pidieron US$10.000 por su liberación a través de una llamada telefónica.

Desde EE.UU., Misael cuenta que solo pudieron reunir la mitad. “Me dejaron hablar con mi hermana por teléfono y le conté lo que pasaba. Obviamente me dijo que prefería que pagáramos por el niño, que ella podía aguantar más que su hijo en ese lugar”, relata.

Cuando Wilton fue liberado por sus captores en Texas y la grabación de su encuentro con la policía se hizo viral, fue el momento en que la abuela del niño tuvo la primera noticia sobre su paradero.

“Mi marido estaba viendo la televisión y me llamó a voces. Y ahí vimos al niño en el video. Fue un golpe para mi corazón, yo no podía ni llorar en ese momento”, recuerda emocionada desde Nicaragua.

“Fue después que me salieron las lágrimas de alegría. Porque yo oigo en las noticias que a los niños los prefieren para quitarles los órganos. Pero gracias a Dios, ya está a salvo con las autoridades. Ahora es mi hija la que falta”, lamenta.

El futuro de Wilton
Misael dice que de vez en cuando recibe llamadas de su hermana, siempre desde números distintos. La última vez fue hace cuatro días.

“Me dice que está encerrada en una casa con otras personas, cree que debe ser por Reynosa. Dice que está bien, y solo me pregunta por el niño”, dice.

Él supo que su sobrino había sido liberado gracias a la grabación viral, la cual también fue vista por su hermana desde su cautiverio. “Ella ha llorado mucho por el video porque le duele que la gente diga que ella culpable de lo que pasa, cuando no lo es”.

Tanto el tío como la abuela de Wilton aseguran que no ha recibido apoyo ni información directa por parte de las autoridades de ningún país.

BBC Mundo preguntó al Instituto Nacional de Migración de México si tenían alguna novedad sobre este caso, pero una vocera dijo no tener información al respecto.

La familia solo escuchó las declaraciones de la vicepresidenta de Nicaragua, Rosario Murillo, quien este lunes dijo que “para atender la solicitud de la familia” se están realizando los trámites para la repatriación del niño al país centroamericano y que se solicitó cooperación internacional para localizar a la madre.

Pero los familiares con los que habló BBC Mundo confiesan que preferirían que el niño -que permanece en un albergue de Brownsville, Texas- pudiera quedarse en EE.UU. antes que regresar a Nicaragua.

Su tío habló con el menor este lunes. “Dice que está bien. Se cree que en unos 15 días más lo pueden liberar. La idea es que venga aquí a Miami, estamos con el papeleo con la trabajadora social”.

La abuela del niño dice que, de haber sabido las intenciones de su hija, jamás habría autorizado el viaje a EE.UU. por el peligro que supone.

“Pero ya que ellos hicieron ese gran sacrificio arriesgando hasta la muerte… por algo lo hicieron”, responde Socorro cuando se le pregunta si preferiría que se quedaran en Miami.

“Me gustaría (que se haga realidad) el sueño de ella, porque da lástima tanto que han sufrido y que tal vez ella no pase (…). Pido a Dios que pase ella (a EE.UU.) para que se junte con el niño”, le dijo a La Prensa el padre de Wilton.

Desde Miami, el tío del niño lanza un mensaje con la esperanza de que la reunificación de su familia pueda llegar lo antes posible y con todos sanos y salvos.

“A los que tienen a mi hermana les pido que la suelten, ojalá la liberen. Y al gobierno de EE.UU. que le de después la oportunidad de pedir asilo, de ir a la Corte y nos juntemos todos acá. Es lo que más quiero”.

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Inmigración

La crisis perpetua en la frontera

Agentes de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos procesan a un grupo de personas el mes pasado que habían cruzando la frontera desde México en Peñitas, Texas.Credit...Joe Raedle/Getty Images

Por Jorge Ramos – NYTimes
MIAMI, Estados Unidos — La frontera entre México y Estados Unidos “es una cicatriz que sangra”. Así la describió el escritor mexicano Carlos Fuentes en 1997. Ese año, según el Pew Research Center, entraron 1,2 millones de inmigrantes, tanto autorizados como no autorizados, a Estados Unidos. En ese entonces, como ahora, se hablaba ya de una crisis desbordada.

La verdad es que esa frontera siempre ha estado en crisis. Es una crisis perpetua desde su conformación, con los límites que conocemos hoy. La frontera se redefinió después del fin de la guerra entre México y Estados Unidos, en 1848. En mis clases de primaria en Ciudad de México nos enseñaron que con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, el conflicto y la invasión estadounidense terminaron y México fue obligado a ceder el 55 por ciento de su territorio a Estados Unidos con una compensación de 15 millones de dólares. Así que en ese entonces muchos no cruzaron la frontera, la frontera los cruzó a ellos.

Desde entonces la frontera ha sido, al mismo tiempo, una zona de conflictos y de hermandad extraordinaria. Y desde que tengo memoria ha habido debates y dilemas sobre los que cruzan del sur al norte, y preguntas sobre cuántos deben cruzar cada año.

Me ha tocado cubrir a todos los presidentes de Estados Unidos y sus políticas migratorias desde que, en los años ochenta, Ronald Reagan ocupaba la Casa Blanca. Y creo que para encontrar una solución a largo plazo —que pasa por aceptar a muchos más inmigrantes de manera legal— debemos repasar esas políticas. El problema de fondo es que el sistema migratorio estadounidense está quebrado, caduco y no refleja las nuevas necesidades del país ni de sus vecinos del sur.

En 1986, el presidente Reagan, republicano, otorgó una “amnistía” a casi tres millones de personas que residían en el país sin documentos. Pero no fue una solución integral y no funcionó para frenar el flujo migratorio.

Para cuando entrevisté al expresidente George W. Bush en Guanajuato, México, en febrero de 2001, el número de migrantes indocumentados ya había crecido a 7,8 millones. El mandatario coqueteaba con la idea de un “programa de trabajadores temporales”, pero unos meses después los actos terroristas del 9/11 suspendieron la idea de una reforma migratoria.

El número de personas indocumentadas siguió creciendo —hasta 12,2 millones en 2007— y en 2009 llegó Barack Obama a la presidencia. En los meses de ese año en los que su partido, el Demócrata, controlaba ambas cámaras del Congreso, Obama desaprovechó la oportunidad para presentar una reforma migratoria que regularizara su estatus. Y luego llegó Donald Trump, uno de los presidentes más racistas y antiinmigrantes que ha tenido Estados Unidos.

Las políticas inhumanas y represivas de Trump —y las medidas de emergencia sanitaria por la pandemia— redujeron la migración a sus niveles más bajos desde los años ochenta.

Pero ahora, con un nuevo presidente y con nuevas reglas, podríamos regresar a las épocas en que cruzaban cientos de miles de personas indocumentadas cada año. Solo en febrero se registraron más de 100.400 cruces no autorizados. Esa es, quizás, la nueva normalidad.

“La frontera no está abierta”, me dijo en entrevista el secretario de Seguridad Interna de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas. Pero “lo que hemos descontinuado es la crueldad de la gestión anterior”. Decenas de miles de solicitantes de asilo, muchos de ellos centroamericanos, han esperado durante más de un año en campamentos en México y no van a desaprovechar una oportunidad.

No debería sorprender a nadie que esto suceda en una frontera que divide a uno de los países más ricos y poderosos del mundo de una de las regiones más desiguales del planeta: los más pobres y vulnerables —en medio de la pandemia, de los estragos del cambio climático y la violencia— se dirigen a un lugar más próspero y seguro. Así de lógico y simple. Y así continuará por mucho tiempo.

Debido a la pandemia, América Latina ha vivido su “peor crisis social, económica y productiva” en 120 años, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Dos huracanes —Eta e Iota— devastaron Centroamérica a finales del año pasado. Y las pandillas, la corrupción, la violencia y los efectos de la crisis medioambiental y escasez de vacunas contra la COVID-19 han expulsado a muchos de la región.

México, en particular, ha sufrido mucho durante la pandemia: más de 320.000 mexicanos han muerto, según el nuevo reporte oficial del gobierno mexicano que incorpora las llamadas “muertes excesivas”, y su economía cayó 8,5 por ciento en 2020. A esta situación se añade el terrible e intratable problema de la violencia de los cárteles del narcotráfico. El comandante a cargo del Comando Norte de Estados Unidos informó recientemente que “entre 30 y el 35 por ciento de México” está en control de “organizaciones criminales transnacionales”. Esto implica un peligro inminente para quienes cruzan territorio mexicano para llegar a la frontera.

Es necesario aceptar esta realidad y crear un sistema que pueda absorber de manera legal, eficaz, rápida y segura a muchos de los inmigrantes y refugiados que vienen del sur. Van a seguir llegando y no hay otra solución. Todas las otras opciones —muros, centros de detención, separación de familias, repatriación exprés, la espera de los solicitantes de asilo en México, deportaciones masivas— han fracasado. La inversión de 4000 millones de dólares en Centroamérica, como ha prometido Biden, es un buen comienzo para atacar el origen de la migración: la pobreza y falta de oportunidades en sus países. Pero ese proyecto tardará años en dar resultados.

En lo que el plan surte efecto, debemos aceptar anualmente entre millón y medio y dos millones de inmigrantes autorizados cada año.

Hay que hacer legal y productiva la entrada a Estados Unidos, pues ahora es un sistema peligroso que incentiva el tráfico humano controlado por cárteles de drogas y otras organizaciones criminales. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha dicho que, según sus cuentas, “la economía estadounidense va a necesitar entre 600.000 y 800.000 trabajadores por año” y que sería mejor llegar a un acuerdo con Estados Unidos para que esas personas necesarias lleguen de manera autorizada al país en lugar de arriesgar sus vidas para intentar cruzar. Tiene razón.

Estados Unidos es un país de inmigrantes y necesitará muchos más para la recuperación económica después de la pandemia, para reemplazar a la creciente población que se jubila y también para compensar por las bajas tasas de natalidad en Estados Unidos, según argumentó recientemente el periodista Andrés Oppenheimer del The Miami Herald. Nuestro sistema migratorio requiere renovarse para afrontar estos retos.

Por eso la frontera parece que revienta. Es ahí donde chocan las aspiraciones de los nuevos inmigrantes con un país que se resiste a modernizar su manera de recibir y absorber a los recién llegados. Las cicatrices de la frontera son reales, pero sabemos cómo resolver los problemas: más migración autorizada. Como dicen en México; no hay de otra.

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Inmigración

Qué ha cambiado con Biden y qué no en la frontera de EE.UU. con México

El incremento de migrantes en la frontera sur de Estados Unidos y un sistema de tramitación de asilo desbordado ponen a prueba las promesas de cambio del presidente Biden.

El número de personas retenidas ronda las 130.000 a lo largo del mes de marzo, en comparación con las 100.000 de febrero.

La cifra de menores no acompañados que tratan de cruzar a EE.UU. se ha triplicado en las primeras semanas de marzo. El gobierno de Biden revirtió la ley puesta en marcha por Donald Trump que permitía expulsarlos.

Por: BBC Mundo

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Inmigración

Guatemala y México se preparan para frenar una nueva caravana de migrantes

Migrantes hondureños caminan por una carretera de El Florido, Guatemala, en su ruta hacia México y con el objetivo de llegar hasta Estados Unidos. 16 de enero de 2020. © Luis Echeverría/ Reuters

Las redes sociales nuevamente están siendo utilizadas para convocar a cientos, quizás miles de inmigrantes hondureños para que inicien una travesía rumbo a Estados Unidos en busca de asilo.

“Lista y fuerte caravana hondureña preparada este 30 de marzo. Desde la gran terminal de San Pedro Sula rumbo a USA. Todos en la terminal, Dios nos guíe y nos guarde a todos los del grupo. Bendiciones”, se lee en uno de los mensajes publicados la semana pasada en Facebook.

En otro mensaje advierten que hay tres requisitos para sumarse a la marcha: prueba de covid, cédula de identidad y permiso migratorio. Pero en ninguna parte se explica dónde deben conseguirse las pruebas médicas de que la persona no está infectada con el virus, lo que puede dar paso al uso de documentos falsificados.

A finales de enero las autoridades mexicanas anunciaron que habían detectado la venta de pruebas falsas de covid, luego de que Canadá, Francia y Estados Unidos comenzaron a exigir este documento con resultado negativo a personas que transitaran por sus fronteras.

La mayoría de las personas que integran las caravanas lo hacen para escapar de la pobreza, un fenómeno agravado a finales del año pasado tras el paso de los huracanes Eta e Iota. Y también de la violencia de las pandillas y el narcotráfico.

Pero ambas causales no están contempladas en la ley de asilo y la frontera estadounidense sigue cerrada por la pandemia del coronavirus, un escenario difícil para los migrantes que, a pesar de las dificultades, toman el riesgo.

“Aquí no tenemos nada. Preferimos intentarlo que esperar la muerte en nuestros pueblos”, dice Manuel, un agricultor que decidió emprender el viaje por primera vez.

Plan de contención
Mientras avanzan los preparativos, los gobiernos de Guatemala y Honduras ponen en operativo conjunto para detener a los migrantes en sus respectivas fronteras y evitar que avancen hacia el norte

La cancillería guatemalteca confirmó el sábado el envío de agentes y tropas a la frontera de Tecún Uman para detener la marcha. Y que México, a su vez, había movilizado personal operativo “para salvaguardar los derechos e integridad de las personas migrantes de diferentes naciones centroamericanas, particularmente de los menores de edad”.

Ambos gobiernos señalaron que el objetivo del plan era combatir el tráfico ilícito de migrantes y la trata de personas. Y aseguraron el “respeto irrestricto de los derechos humanos de las personas migrantes en todas las fases del ciclo migratorio”.

La cancillería mexicana agregó que la movilización protegerá el cerco sanitario para evitar la propagación de la pandemia del covid-19.

Estado de prevención
Este lunes el presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei y el Consejo de Ministros decretaron Estado de Prevención en los departamentos (provincias) de Izabal, Zacapa, Chiquimula, El Progreso y Petén en vísperas de la llegada de una nueva caravana de migrantes que proviene de Honduras y se dirige a México para luego enfilar al sur de Estados Unidos.

“Existe riesgo de desplazamiento de grupos de personas con características de migrantes, que cruzarán las fronteras del país hacia los departamentos de Izabal, Zacapa, Chiquimula, El Progreso y Petén”, se lee en el decreto.

Agrega que los integrantes de la caravana no cumplirían con los requisitos legales y sanitarios que se exigen las autoridades, entre ellas el distanciamiento social ni la presentación de una prueba médica que está libre (negativo) del covid-19.

El decreto indica que la presencia de la caravana genera una crisis de seguridad ciudadana y agrava la emergencia sanitaria epidemiológica y coloca en peligro a la población y autoridades de Guatemala, e inclusive a los propios migrantes, dijo el diario Prensa Libre.

El último intento
La última caravana fue frenada en el sur de Guatemala el 17 de enero por policías y tropas del ejército, quienes utilizaron gases lacrimógenos y palos para dispersarlos y que se regresaran a Honduras.

El gobierno guatemalteco estimó que unos 9,000 migrantes habían cruzado la frontera con Honduras en los tres días anteriores a los enfrentamientos.

La mayoría de los inmigrantes que viajaban a Estados Unidos no llevaban mascarillas, y tampoco pruebas de covid-19 o de vacuna contra la enfermedad, situación que provocó alarma entre las autoridades de ese país centroamericano.

La postura de EEUU

La Casa Blanca ha reiterado que la frontera sur con México permanece cerrada debido a la pandemia del covid-19 y que la mayoría de los migrantes que llegan en busca de asilo están siendo expulsados inmediatamente bajo los Títulos 8 y 42 del Código de Estados Unidos, activados el año pasado.

El jueves de la semana pasada el presidente Joe Biden reiteró que su gobierno no deportará a Menores No Acompañados (UAC) detenidos en la frontera cuando intentan ingresar indocumentados a Estados Unidos en busca de asilo.

El mandatario insistió en que las fronteras no estaban abiertas, como aseguran los republicanos, sino que sólo se están procesando los casos de UAC y unidades familiares que México se niega a recibir una vez son expulsadas del país bajo el Título 42.

Durante el mes de febrero el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) expulsó a 102,020 personas bajo los títulos 8 y 42 de la Ley de Inmigración, entre ellos inmigrantes adultos solteros y unidades familiares.

La Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP), dijo que la prohibición de entrada total o parcial de personas o bienes tanto de México o Canadá, se requiere en interés de la salud pública. Y aseguró que las personas sujetas a la orden (bajo los Títulos 42 y 8) “no serán retenidas en áreas congregadas para su procesamiento y, en su lugar, son expulsadas inmediatamente a su país de último tránsito”. Y que, en caso de que una persona no pueda ser devuelta al país de último tránsito, será enviada al país de origen.

POR: JORGE CANCINO – UNIVISION

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