El trauma de los niños separados en la frontera no acaba con la reunificación

Fuente: Univisión Communications Inc

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SAN MARCOS, Guatemala .- Una niña de seis años con un vestido blanco está sentada en el centro de su clase en Santa Ana, en el departamento guatemalteco de San Marcos. En esta escuela rural celebran la vuelta de Adayanci Pérez Chávez, una de las menores que fueron separadas de sus padres tras cruzar ilegalmente la frontera sur de Estados Unidos. Todo está listo para el festejo, pero no hay música ni juegos. Las amigas de la recién llegada rodean a la niña como quien observa a un animal herido: le hablan con dulzura, le tocan la cara, la abrazan y le dan la mano. Pero la pequeña, que mantiene la mirada perdida en el vacío, no responde. Parece muda.

— ¿Te acordás de la Lupita?… Siempre jugabas con ella… Mi amor, ¿ya no te acordás de Lupita?— le pregunta Corina, una de las profesoras.

— Antes cómo se movía la Adayanci— exclama por su parte Lupita, sorprendida de que su amiga ya no quiera bailar como solían hacer antes de su viaje.

—Vas a olvidar todo lo que viviste— le insiste Corina. —Vas a participar en las actividades para que te olvides de todo lo que te hicieron allá.

Adayanci acaba de volver pero, para quienes la conocen, esa niña con un flequillo trasquilado después de que ella misma cogiera una tijera y se cortara el pelo en un ataque de impotencia cuando estaba en una casa de acogida en Michigan, es muy diferente de la pequeña tranquila, alegre, habladora y amante del baile que salió en mayo con su padre de Guatemala.

“Sí, todos la notaron rara porque ella no era así. Todos la vieron diferente porque ella sonreía, ella platicaba y a ella le gustaba participar en todo, pero ahora no. No quiso ni hablar con los compañeros. No quiso platicar, ni reír, ni decir: ‘¡Ya vine, ya estoy de vuelta amigas!’. No habló. Los demás compañeros dijeron que por qué ella estaba así”, recuerda su madre Alma Lucerito Chávez.

La mujer acabó la fiesta con su hija dormida en sus brazos. Al mediodía, la niña colapsó en un sueño profundo como a sabiendas de que por fin estaba en un lugar seguro después de varios meses de estrés alejada de todo lo que conocía. “Me espanté. Ella no era así”, lamenta, en una frase que todos los que conocen a la niña repiten en Santa Ana.

Allí, el comportamiento de Adayanci es un motivo de preocupación. Tras permanecer tres meses y medio con familias de acogida en Kalamazoo (Michigan), separada de los suyos a la fuerza, cuando la niña regresó a su ciudad natal decía no acordarse de sus tías ni de algunas de sus compañeras y pasaba largos ratos mirando al infinito. Además, se muestra mucho más introvertida, llorona y rebelde y en la noche se despierta en medio de pesadillas, según cuenta su madre.

Más de dos meses después de que se cumpliera el plazo dado por la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) para la reunificación de los niños separados de sus padres en la frontera como consecuencia de la aplicación de la política de tolerancia cero ordenada por el presidente Donald Trump, unos 400 menores aún están lejos de sus progenitores. Y muchos de los que ya se han reunido con ellos siguen sufriendo las consecuencias de la separación, como demuestra el caso de Adayanci.

Los documentos de las psicólogas y profesoras que la trataron en Michigan y las entrevistas hechas a su familia y sus conocidos en Guatemala revelan los efectos psicológicos de la separación: trauma y estrés postraumático agudo que, de no ser tratado adecuadamente, podría dejarle a la niña secuelas para toda la vida. Y un tratamiento de este tipo es casi imposible de obtener para la familia de Adayanci.

El diagnóstico: trauma por la separación
Adayanci fue separada de su padre el pasado 12 de mayo cuando ambos fueron detenidos por la Patrulla Fronteriza tras cruzar a Estados Unidos sin documentos. A él lo mandaron a un centro de detención de Arizona, donde pasó dos semanas antes de ser deportado a Guatemala. Según denuncia el padre, Hugo Leonel Pérez Mazariegos, lo regresaron a su país sin su hija “con engaños”.

Ella fue enviada a Kalamazoo, donde los llantos constantes de la niña y el estrés que se reflejaba en los informes psicológicos llevaron a los abogados del Michigan Immigrant Rights Center, la organización que la representó, a conseguir la “salida voluntaria” de la pequeña sin necesidad de hacer una cita en la corte, para así acelerar su regreso.

Uno de esos documentos, firmado el 13 de agosto por la psicóloga Susan M. Carter, indica que Adayanci padece de “amnesia para los nombres” y dificultades de aprendizaje relacionados con el trauma provocado por la separación. El informe la define como una “niña típica de Guatemala en edad preescolar” que ha vivido incidentes y circunstancias traumáticas y que está en un “estado de miedo, agitación y alerta extrema en un ambiente ajeno a ella”. Además, dice que trata de lidiar con la situación “a través de su comportamiento y su psicología de la mejor manera posible”.

“Ahora mismo hay pocas cosas para ella que sean seguras. Está en un país extranjero y, como niña muy pequeña, sin familia, padres o familiares, todo es extraño e impredecible para ella”, se puede leer en el informe obtenido por Univision Noticias. “No puede controlar nada de su existencia. Parece estar en una profunda reacción traumática que tiene como resultado los comportamientos y la incapacidad de aprender que ha mostrado en la escuela”.

Según Carter, la niña describió su encuentro con la Patrulla Fronteriza y la separación de su padre como “mala y atemorizante”. La psicóloga advertía que cuanto más tiempo permaneciera en un estado de “hiperagitación”, es decir, separada de sus padres, era más probable que los daños en su sistema nervioso fueran permanentes. El diagnóstico hecho un par de semanas antes de su regreso a Guatemala apuntaba a que Adayanci sufría “un desorden de estrés postraumático”, por lo que recomendaba la reunificación con sus padres biológicos para resolver sus dificultades.

Otro documento, firmado por la profesora Sarah Schnautz, coordinadora educacional de refugiados de Transitional Foster Care que atendió a la niña en Michigan, revela las dificultades de la menor para permanecer sentada, controlar su cuerpo, así como sus constantes caídas al caminar o correr, que relaciona con un mecanismo para afrontar “el trauma y adaptarse a los cambios frecuentes en su entorno”.

La profesora definía a Adayanci como una niña inteligente, dulce y enérgica que mostraba “su deseo de aprender y una voluntad de mejorar su desempeño”, pero reconocía que necesitaría “apoyo de personal educativo en la transición” y recomendaba una terapeuta ocupacional para ayudar a la pequeña, así como “paciencia, comprensión y aliento” para tratarla.

“Niños pagando por errores de adultos”
El 30 de agosto, más de dos semanas después de que se escribieran esos informes, Adayanci regresó a Guatemala vestida con un pijama verde con tutú y estampados de unicornios, una mochila rosa y una maleta cargada con ropa, fotos y juguetes que le regalaron las dos familias de acogida con las que vivió en Michigan. En la capital la esperaban sus padres, su hermano pequeño, DiMaria Leonel, de 3 años, y otros familiares que viajaron más de seis horas en una furgoneta pickup desde su ciudad natal.

Pero el reencuentro no fue como ellos habían imaginado. Alma Lucerito y Hugo Leonel no tardaron en darse cuenta de que su hija había cambiado. “No quiso hablar. Nada más nos abrazó y empezó a llorar. No dijo ni una palabra. Sentí miedo porque la vi como espantada, la vi muy extraña. Nada más se nos quedó viendo y se agachó. Nos abrazó y lloró “, recuerda la madre.

“Cuando yo la recibí, ella se me quedaba mirando con unas miradas muy distintas”, relata el padre. Pero lo que más le sorprendió fue cuando sus tías la fueron a abrazar y ella dijo que no las conocía y las rechazó. “Yo le dije: ‘Mija, tú no eres así, ¿qué tienes?’”.

Hugo Leonel, que describe a Adayanci como “la luz de sus ojos”, carga con su propio trauma desde que le quitaron a su hija en la frontera. En los meses de separación e incertidumbre, cuando la pequeña les llamaba y no paraba de llorar, tanto él como su esposa se planteaban ir a Estados Unidos para recuperarla ellos mismos.

El padre no soportaba que su hija le preguntara por qué la había abandonado: “’Mija, pero si yo no te dejé’, le decía. ‘Me sacaron con mentiras, me dijeron que te ibas a venir conmigo’. Ellos son unos mentirosos. ¿Por qué son así crueles con uno si uno no ha hecho nada: uno no ha matado, ni ha robado?”, lamenta.

Ahora, el hombre tiene que encontrar la manera de juntar el dinero que le permita pagar la deuda que contrajo con un coyote para viajar a Estados Unidos y también se pregunta qué puede hacer para que su hija vuelva a ser la de antes.

Aunque la familia de Adayanci no entiende los informes en inglés que les mandaron los psicólogos de Michigan con el diagnóstico de estrés postraumático de la niña y la recomendación de seguir una terapia para superarlo, saben que la pequeña necesita ayuda. Pero ni en su casa ni en su colegio tienen los recursos necesarios para buscar a un especialista.

Y de no recibir el tratamiento adecuado, apuntan los expertos, los efectos de la separación podrían permanecer toda la vida: “Si uno no resuelve, no procesa eventos traumáticos de la infancia, esto es seguro un factor de predisposición para futuros traumas. Uno podría decir que el daño es permanente”, explica la psicóloga María Basualto, que lleva 12 años tratando a inmigrantes en Florida.

Según la psicóloga, los pequeños que fueron separados de sus padres en la frontera no tienen la capacidad para procesar un “evento tan aterrorizador” sin ayuda, lo que les lleva a la pérdida de confianza en sí mismos, en su entorno y en el mundo.

“El mensaje es: ‘Te separo de tu familia porque cometiste un delito en venir ilegalmente’. Pero el niño no puede entender que esto es la ‘política cero tolerancia’ del gobierno de los Estados Unidos. El niño solo entiende que lo abandonaron”, afirma Basualto, quien considera las separaciones en la frontera como un “abuso sistemático de niños” por los que la administración Trump debería ofrecer un resarcimiento.

Por el momento, a la casa de Santa Ana que la familia de la pequeña comparte con seis personas más de su familia, no ha llegado más ayuda que las ganas de sus padres, tíos, primos, profesores y compañeros para que Adayanci vuelva a ser la misma niña alegre y habladora que siempre se ponía en primera fila para bailar con el traje típico guatemalteco en el colegio.