Connect with us

Vida, Salud Y Gastronomía

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Neoyorquinos sin mascarillas el 14 de marzoCredit...Peter van Agtmael/Magnum Photos

La mayor carga de la COVID-19 ha recaído indudablemente en personas mayores de 65 años, lo que representa alrededor del 80 por ciento de las muertes en Estados Unidos. Pero si sacamos momentáneamente eso de nuestra atención, algo más se hace visible: la corona de este virus.

Los adultos jóvenes están muriendo a tasas históricas. En una investigación publicada el miércoles en el Journal of the American Medical Association, encontramos que entre los adultos estadounidenses de 25 a 44 años, desde marzo hasta finales de julio, hubo casi 12.000 muertes más de las que se esperaban según las normas históricas.

De hecho, julio parece haber sido el mes más mortal entre este grupo de edad en la historia moderna de Estados Unidos. En los últimos veinte años, un promedio de 11.000 jóvenes estadounidenses adultos murieron cada julio. Este año ese número se incrementó a más de 16.000.

Las tendencias siguieron este otoño. Basándose en tendencias anteriores, se proyectó que alrededor de 154.000 personas de este grupo demográfico morirían en 2020. Superamos ese total a mediados de noviembre. Incluso si las tasas de mortalidad vuelven repentinamente a la normalidad en diciembre —y sabemos que no lo han hecho— preveríamos mucho más de 170.000 muertes entre los adultos estadounidenses de este grupo demográfico para finales de 2020.

Aunque todavía no se dispone de datos detallados para todas las áreas, sabemos que la COVID-19 es la fuerza motriz de estas muertes excesivas. Veamos al estado de Nueva York. En abril y mayo, la COVID-19 mató a 1081 adultos de entre 20 y 49 años, según las estadísticas que recogimos del Departamento de Salud del estado de Nueva York. Sorprendentemente, esta cifra supera la principal causa de muerte habitual del estado en ese grupo de edad —accidentes involuntarios, incluyendo sobredosis de drogas y accidentes de tráfico— que combinadas causaron 495 muertes en este grupo demográfico durante abril y mayo de 2018, el año más reciente para el que hay datos disponibles al público.

Después de que la horrenda primera oleada esta primavera en el noreste disminuyera, tendencias similares empezaron a aparecer en otras regiones durante el verano. A medida que el número de casos entre la población joven aumentaba en todo el país, la COVID-19 se convirtió en una de las principales causas de muerte entre los adultos más jóvenes de otras regiones. Si bien las muertes por el virus superaron temporalmente las muertes por opiáceos entre los adultos jóvenes en algunas zonas este año, también nos preocupa que las muertes por sobredosis involuntarias hayan aumentado también durante la pandemia.

Tampoco es una ilusión que las personas de color constituyan una fracción desproporcionada de los muertos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre los adultos de 25 a 44 años, las personas negras e hispanas constituyen no solo un número desproporcionado sino la mayoría de las muertes por COVID-19 hasta el 30 de septiembre.

Las políticas de quedarse en casa han salvado vidas, pero sus beneficios no se han distribuido equitativamente. Entre los trabajadores esenciales, muchos de los cuales son personas de color, quedarse en casa nunca fue una opción real.

Ponte en perspectiva y compara lo que experimentamos ahora con la epidemia del VIH/sida. Antes de que existieran tratamientos efectivos, vimos con horror cómo una enfermedad contagiosa pero prevenible destruía a adultos jóvenes en la flor de su vida. Se cobró la vida de miles de adultos en edad de trabajar cada mes. Y aunque demasiados siguen infectados, y demasiados mueren, los mensajes de salud pública ayudaron a aliviar la epidemia.

Ahora debemos ocuparnos de la COVID-19. Durante demasiado tiempo, se ha repetido el mensaje —por nosotros y nuestros colegas, por los funcionarios del gobierno y el público— de que la COVID-19 es peligrosa para los ancianos y que a los jóvenes les va bien. Es cierto que las muertes entre adultos de 25 a 44 años representan menos del tres por ciento de las muertes por COVID-19 en Estados Unidos, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud.

Pero lo que creíamos antes sobre la relativa inocuidad de la COVID-19 entre los adultos más jóvenes simplemente no ha sido confirmado por los datos emergentes. En el pasado, nos tomó demasiado tiempo responder a las epidemias de opiáceos y VIH/sida cuando los jóvenes comenzaron a morir en grandes cantidades. Ahora que tenemos información similar sobre la COVID-19, debemos abordarla inmediatamente.

Necesitamos enmendar nuestros mensajes y nuestras políticas ahora. La difusión en las próximas semanas y meses es imperativa. Sabemos que puede ayudar. El uso de medicamentos que salvan vidas como la metadona y la buprenorfina aumentó después de que la conciencia de la devastación de la epidemia de opiáceos se entendió de manera generalizada, lo que salvó muchas vidas. Necesitamos decirle a los jóvenes que están en riesgo y que necesitan usar cubrebocas y tomar decisiones más seguras sobre el distanciamiento social.

Esto es aún más importante ahora que las vacunas seguras y eficaces son una realidad. Las personas jóvenes y saludables ocupan un lugar bajo en la lista de prioridades para la vacunación. Eso significa que modificar el comportamiento ahora puede salvar miles de vidas jóvenes el próximo año.

Y ese es el quid de la cuestión. Nuestro mensaje ya no se trata simplemente de aplanar la curva para evitar que los hospitales se desborden. Ahora con las vacunas, nuestras políticas y nuestras elecciones individuales pueden salvar un número mucho mayor de vidas.

Ese es nuestro desafío. Cuanto antes entendamos esa realidad, mejor.

Por Jeremy Samuel Faust, Harlan M. Krumholz y Rochelle P. Walensky / NYTimes

Continue Reading
Advertisement
Click to comment

Deja un comentario

Vida, Salud Y Gastronomía

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

El covid-19 afecta a las personas de manera muy diferente.

Para muchos los síntomas más frecuentes son fiebre, tos y dificultad para respirar. Pero otros pueden ser hospitalizados durante semanas.

El covid-19 puede afectar los pulmones y el sistema inmunológico e incluso puede provocar accidentes cerebrovasculares y psicosis.

Los problemas respiratorios y la fatiga post-viral duran meses en algunos casos.

Los efectos pueden ser devastadores y se deben seguir todas las pautas recomendadas por los profesionales de salud.

Por: BBC Mundo

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Mary Turner para The New York Times

MADRID — Si tus propósitos para el año que acaba incluyeron viajar más, pasar más tiempo con los amigos o menos frente a una pantalla, bienvenido al club de los que fracasamos.

La pandemia convirtió a 2020 en el año que pudo ser y no fue. Quienes esquivamos el virus, y además tuvimos la fortuna de que no golpeara a seres queridos, navegamos lo mejor posible entre confinamientos, proyectos truncados, ausencias prolongadas y promesas incumplidas, incluidas las que nos hicimos a nosotros mismos. Esta vez, al menos, nadie podrá decir que no tuvimos una buena excusa.

Ahora que toca renovar las resoluciones de Año Nuevo, la tentación es situar en lo alto de la lista la recuperación del tiempo que nos robó el virus. La mala noticia es que no hay nadie al otro lado de ese mostrador de reclamaciones. No podemos exigirle cuentas al pasado, pero sí renovar nuestro pacto con el futuro. Mi resolución para 2021 —y años sucesivos— será no malgastar el tiempo.

La pandemia nos ha devuelto el valor de cosas que dábamos por hecho y que, por algún gen defectuoso de nuestra especie, solo apreciamos cuando perdemos. Un abrazo, una conversación con amigos, un viaje o un rato con padres o abuelos nunca significaron tanto. Es el momento de replantearnos a qué dedicamos nuestro tiempo. Y con quién. Un primer paso debería llevarnos a cuestionar, como sociedad, nuestra relación con el trabajo.

Los españoles estamos entre los europeos que más horas pasan en la oficina y menos producen, la combinación perfecta para la insatisfacción. Las contradicciones de nuestro modo de vida se muestran en toda su irracionalidad en España, donde llevamos décadas repitiéndonos que como en nuestro país “no se vive en ningún sitio”, a la vez que dejábamos que nuestra calidad de vida se deteriorara sin freno.

La pandemia, con el despegue del teletrabajo, presenta una oportunidad para transformar el modelo y darle la vuelta a la vieja dicotomía: vivir para el trabajo o trabajar para vivir mejor.

Cuando la crisis golpeó, ocho de cada diez españoles estaban descontentos con lo que hacían. Una cultura desfasada seguía premiando el presencialismo —cuántas horas pasa uno calentando la silla— por encima de los resultados, con un efecto demoledor en la conciliación familiar, las relaciones personales y el aprecio por la empresa. Diferentes gobiernos han planteado desde jornadas que terminan a las seis de la tarde a semanas laborales de cuatro días, pero todo se ha estrellado una y otra vez con las inercias inquebrantables.

La pandemia, dentro de la tragedia, podría ser la oportunidad que estábamos buscando. Desde su irrupción, cada vez son más quienes concluyen que pasarse diez horas al día en la oficina para pagar un alquiler desorbitado, en una gran ciudad que no tienes tiempo de disfrutar, es un sinsentido. Los migrantes urbanos que se están marchando al campo aseguran que su nueva vida es menos estresante y más saludable, aunque la adaptación no siempre es fácil. La duda es si la tendencia ha llegado para quedarse.

El empresario de una multinacional española contó en una reunión, a la que asistí en julio, que uno de los cambios generacionales que detectaba entre sus empleados consistía en que los jóvenes estaban dispuestos a renunciar oportunidades profesionales a cambio de más tiempo para ellos. Lo escuché con espíritu crítico—¿qué fue de la ambición como motor de la realización personal?—, pero mientras regresaba a casa me pregunté si la equivocada no era mi generación, a menudo dispuesta a sacrificar su vida personal por un concepto de éxito homogéneo e impuesto con calzador. Estos diez meses de confinamientos han confirmado lo equivocados que estábamos en nuestras prioridades.

Ir contracorriente de lo que se espera de nosotros es tan inusual que Rubin Ritter, consejero delegado de la plataforma alemana de comercio electrónico Zalando, ocupó los titulares cuando días atrás anunció su renuncia para dedicar “más tiempo con la familia”. Por supuesto no todos pueden permitirse el lujo de dejar su trabajo. Pero entre el órdago vital del emprendedor alemán y entregarnos sin límite al trabajo debería haber un término medio.

Adueñarnos de nuestro tiempo obligará también a replantearnos qué hacemos en nuestra vida personal. Un buen amigo que ha superado los 80 años solía quejarse, antes de la llegada de la COVID-19, de que sus hijos solo atendían a sus celulares cuando lo visitaban. ¿Aprenderemos la lección o, cuando pase todo, volveremos a dejar que naderías y distracciones nos alejen de lo realmente importante?

La dificultad principal para recuperar el control de nuestro tiempo estriba en que antes debemos aprender a decir no, algo que va en contra de nuestro deseo de agradar a los demás. No a esa reunión social que aceptas para quedar bien, aunque te apetezca menos que la consulta del dentista; no a rodearte de personas tóxicas que no te aportan nada y consumen tu energía; no a ese jefe que te manda un correo electrónico fuera de horario y que, además, pretende que te tomes algo con él al salir de la oficina.

Mi experiencia es que el no mejora con la práctica. Una vez suficientemente entrenado, termina convirtiéndose en un saludable proceso de selección: relaciones irrelevantes se desvanecen y queda más tiempo para las realmente importantes. Pero las indicaciones del uso del no requieren de una advertencia, para evitar caer en el egoísmo crónico: siempre habrá causas, personas o proyectos que, sin aportarnos nada concreto, merezcan nuestro tiempo.

La guía de los expertos para cumplir las resoluciones de Año Nuevo estipula que deben ser específicas, medibles, alcanzables, relevantes y estar sujetas a plazos. ¿Puede haber algo más medible que el tiempo? ¿O más específico que decirse a uno mismo que no, esta tarde no pienso levantarme del sofá? Como dice uno de los personajes de la autora Marthe Troly-Curtin: “El tiempo que disfrutas perdiendo no es tiempo perdido”. Detrás de la cita se esconde la regla más importante detrás del propósito de no malgastar el tiempo: hacerlo a nuestro antojo y con quien queramos, preferentemente lejos de la oficina. Y, a veces, solos.

Por David Jiménez – NYTimes

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Los pacientes con COVID-19 en un hospital en España se encontraron abrumadoramente con deficiencia de vitamina D, según un nuevo estudio.

Los investigadores descubrieron que el 80% de 216 pacientes con COVID-19 en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla tenían una deficiencia de vitamina D. Los hombres tenían niveles más bajos de vitamina D que las mujeres y los pacientes con COVID-19 con niveles más bajos de vitamina D tenían niveles séricos aumentados de marcadores inflamatorios como ferritina, una proteína sanguínea que contiene hierro, y dímero D, un fragmento de proteína que se produce cuando un coágulo de sangre se disuelve. en el cuerpo. Este último suele estar elevado en pacientes con COVID-19, según un estudio de julio publicado en el “Journal of Intensive Care”.

Por qué es posible que desee tomar un suplemento de vitamina D ahora mismo
“Un enfoque es identificar y tratar la deficiencia de vitamina D, especialmente en personas de alto riesgo como los ancianos, los pacientes con comorbilidades y los residentes de hogares de ancianos, que son la principal población objetivo para el COVID-19”, dijo el director del nuevo estudio. -autor Dr. José L. Hernández de la Universidad de Cantabria en Santander, España. “El tratamiento con vitamina D debe recomendarse en pacientes con COVID-19 con niveles bajos de vitamina D circulando en la sangre, ya que este enfoque podría tener efectos beneficiosos tanto en el sistema musculoesquelético como en el inmunológico”.

Los nuevos hallazgos fueron anunciados el martes por la Endocrine Society y publicados en el “Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism” de la organización médica.

Los riñones producen la hormona vitamina D. Controla la concentración de calcio en sangre y afecta el sistema inmunológico.

La deficiencia de vitamina D se ha relacionado con una variedad de problemas de salud, pero la investigación continúa examinando por qué afecta a otros sistemas del cuerpo. Hay muchos estudios que señalan cuán beneficiosa es la vitamina D para el sistema inmunológico y cómo ofrece protección contra las infecciones, en particular.

El Dr. William F. Marshall, especialista en enfermedades infecciosas de Mayo Clinic, escribió que no existen datos suficientes para recomendar el uso de vitamina D para detener la infección por el coronavirus, que causa la enfermedad COVID-19, o para tratar COVID-19, según el Institutos Nacionales de Salud y Organización Mundial de la Salud.

Un estudio de 489 personas descubrió que aquellos que tenían deficiencia de la hormona tenían más probabilidades de dar positivo en la prueba del coronavirus que aquellos que tenían niveles normales de vitamina D.

Un pequeño estudio aleatorizado observó que solo una de las 50 personas hospitalizadas con COVID-19 a las que se les administró una dosis alta de un tipo de vitamina D, calcifediol, requirió tratamiento en la unidad de cuidados intensivos. Eso se compara con el grupo de 26 personas que no recibieron calcifediol en el que 13 de ellos tuvieron que ser tratados en la unidad de cuidados intensivos.

Si bien la deficiencia de vitamina D es común en los EE. UU., Las personas negras e hispanas son especialmente deficientes en la hormona, según un estudio de 2014. Los dos grupos también se han visto afectados de manera desproporcionada por COVID-19.

Por Kiersten Willis, Atlanta Journal-Constitution (traducción al español)

Continue Reading

Vida, Salud Y Gastronomía

¿Quieres mejorar tu sueño? Cuida lo que comes

Alex Green

Como la pandemia del coronavirus, las alteraciones escolares y laborales y una contenciosa temporada electoral contribuyeron a incontables noches en vela, los expertos en sueño han motivado a la gente para que adopte una variedad de medidas con el fin de superar el insomnio derivado del estrés. Algunas de sus recomendaciones son hacer ejercicio regularmente, establecer una rutina nocturna para dormir y reducir el tiempo que se pasa frente a las pantallas y en redes sociales.

Sin embargo, es posible que muchas personas estén ignorando otro factor importante en la falta de sueño: la alimentación. Un creciente número de investigaciones sugiere que los alimentos que comemos pueden afectar cuán bien dormimos y, a su vez, los patrones de sueño pueden afectar las decisiones que tomas sobre tu dieta.

Los investigadores han descubierto que una alimentación con altos contenidos de azúcar, grasas saturadas y carbohidratos procesados puede perturbar tus horas de sueño, mientras que comer más vegetales, fibra y alimentos ricos en grasas no saturadas —como nueces, aceite de oliva, pescado y aguacates— parece tener el efecto opuesto, pues ayuda a conciliar un sueño profundo.

Mucho de lo que sabemos sobre los patrones de sueño y la alimentación proviene de estudios epidemiológicos extensos que, con el paso de los años, han descubierto que las personas que tienen dificultades constantes para dormir suelen llevar una dieta de menor calidad con menos proteína, menos frutas y vegetales, y un mayor consumo de azúcar añadida de alimentos como bebidas azucaradas, postres y alimentos ultraprocesados. Sin embargo, por naturaleza, los estudios epidemiológicos solo pueden mostrar correlaciones, no la relación causa-efecto. Por ejemplo, no pueden explicar si la mala alimentación precede y conduce a malos hábitos del sueño, o viceversa.

Para comprender mejor la relación entre la alimentación y el sueño, algunos investigadores han recurrido a ensayos controlados aleatorios en los que les dicen a los participantes qué comer y luego observan los cambios en sus patrones de sueño. Varios estudios han notado el impacto de distintos alimentos, desde la leche tibia hasta el jugo de fruta. No obstante, esos estudios a menudo son pequeños y poco rigurosos.

Algunos de estos ensayos también han sido financiados por la industria alimentaria, lo cual puede derivar en conclusiones sesgadas. Por ejemplo, un estudio financiado por Zespri International, una de las comercializadoras más grandes de kiwi en el mundo, reveló que la gente a la que se le indicó comer dos kiwis una hora antes de dormir todas las noches durante cuatro semanas vio mejoras en el inicio, la duración y la eficacia de sus horas de sueño. Los autores del estudio le atribuyeron sus hallazgos en parte a una “abundancia” de antioxidantes en los kiwis. Pero algo importante es que al estudio le hacía falta un grupo de control, así que es posible que cualquier beneficio se haya debido al efecto placebo.

Otros estudios financiados por la industria de las cerezas han concluido que beber jugo de cereza ácida puede facilitar un poco el sueño reparador para la gente que sufre de insomnio, supuestamente porque promueve el triptófano, uno de los componentes de la melatonina, la hormona reguladora del sueño.

El triptófano es un aminoácido que se encuentra en muchos alimentos, como los lácteos y el pavo, esa es una de las razones que suelen darse para explicar por qué tantos de nosotros nos sentimos adormilados después del festín del Día de Acción de Gracias. Sin embargo, el triptófano tiene que cruzar la barrera hematoencefálica para causar un efecto somnífero, y en la presencia de otros aminoácidos encontrados en alimentos termina compitiendo para ser absorbido, casi siempre sin éxito. Hay estudios que muestran que comer alimentos ricos en proteínas como la leche y el pavo por sí solos de hecho reduce la capacidad del triptófano para cruzar la barrera hematoencefálica.

Una manera de reforzar la absorción del triptófano es acompañar los alimentos que lo contienen con carbohidratos. Esa combinación estimula la liberación de insulina, que hace que los aminoácidos rivales sean absorbidos por los músculos, lo cual a su vez facilita que el triptófano cruce hacia el cerebro, dijo Marie-Pierre St-Onge, profesora adjunta de medicina nutricional en el Centro Médico Irving de la Universidad de Columbia y directora del Sleep Center of Excellence en esa misma universidad.

St-Onge ha dedicado años al estudio de la relación entre la alimentación y los patrones del sueño. Su trabajo sugiere que en vez de enfatizar uno o dos alimentos específicos con propiedades que supuestamente inducen el sueño, es mejor enfocarnos en la calidad general de nuestra dieta. En un ensayo clínico aleatorio, ella y sus colegas reclutaron a 26 adultos sanos y controlaron sus comidas durante cuatro días; les dieron platillos normales preparados por nutriólogos mientras monitoreaban cómo dormían por la noche. Al quinto día, se les permitió a los sujetos comer lo que quisieran.

Los investigadores descubrieron que comer más grasas saturadas y menos fibra proveniente de alimentos como vegetales, frutas y granos enteros provocaba reducciones en el sueño de ondas lentas, que es la fase más profunda y restauradora del sueño. En general, los ensayos clínicos también han descubierto que los carbohidratos tienen un impacto significativo en los patrones del sueño: la gente suele quedarse dormida con mucha más rapidez en la noche cuando consume una dieta con altos contenidos de carbohidratos en comparación con una dieta alta en grasas o proteínas. Eso quizá se deba a que los carbohidratos ayudan al triptófano a cruzar al cerebro con mayor facilidad.

No obstante, la calidad de los carbohidratos es importante. De hecho, pueden ser un arma de doble filo en relación con el sueño. St-Onge ha hallado en sus investigaciones que cuando las personas comen más azúcar y carbohidratos simples —como pan blanco, bagels, pastelillos y pasta— se despiertan con más frecuencia a lo largo de la noche. En otras palabras, comer carbohidratos quizá te ayude a conciliar el sueño más rápido, pero es mejor consumir carbohidratos “complejos” que contienen fibra, pues estos podrían ayudarte a dormir de manera más profunda y reparadora.

“Los carbohidratos complejos proporcionan un nivel más estable de azúcar en la sangre”, dijo. “Así que, si los niveles de azúcar en la sangre son más estables en la noche, esa podría ser la razón por la que los carbohidratos complejos se asocian con mejores patrones de sueño”.

Un ejemplo de régimen alimentario que podría ser óptimo para mejorar los patrones de sueño es la dieta mediterránea, la cual le da preferencia a alimentos como vegetales, frutas, nueces, semillas, legumbres, granos enteros, mariscos, carne blanca, yogur, hierbas y especias y aceite de oliva. Extensos estudios observacionales han revelado que las personas que siguen este tipo de régimen alimentario son menos propensas a padecer insomnio o dormir poco tiempo, aunque se necesita investigar más a fondo para confirmar la correlación.

Sin embargo, la relación entre una mala alimentación y la falta de sueño es una responsabilidad compartida: los científicos han descubierto que a medida que las personas duermen menos, experimentan cambios psicológicos que pueden alentarlas a recurrir a la comida chatarra. En los ensayos clínicos, los adultos sanos que solo tenían permitido dormir durante cuatro o cinco horas cada noche terminaban consumiendo más calorías y comiendo bocadillos con más frecuencia a lo largo del día. Sentían más hambre y preferían los alimentos dulces.

En los hombres, la falta de sueño estimula los niveles elevados de grelina, conocida como la hormona del hambre, mientras que en las mujeres, restringir el sueño conduce a niveles más bajos de GLP-1, una hormona que indica saciedad.

“Entonces, en los hombres, el sueño corto promueve un mayor apetito y ansias de comer, y en las mujeres se presentan menos señales, lo que hace que dejen de comer”, dijo St-Onge.

También ocurren cambios en el cerebro. St-Onge descubrió que cuando los hombres y las mujeres estaban restringidos a cuatro horas de sueño nocturno durante cinco noches seguidas, tenían una mayor activación en los centros de recompensa del cerebro en respuesta a la pizza de pepperoni, las rosquillas y los dulces en comparación con los alimentos saludables como zanahorias, yogur, avena y frutas. Sin embargo, después de cinco noches de sueño normal, este patrón de respuestas cerebrales más fuertes a la comida chatarra desapareció.

Otro estudio, liderado por investigadores del King’s College de Londres, también demostró que dormir bien puede aumentar tu fuerza de voluntad para evitar consumir alimentos no saludables. Halló que las personas que solían dormir poco y que se sometieron a un programa para dormir más tiempo vieron mejoras en su alimentación. El cambio más asombroso fue que cada día eliminaban unos 10 gramos de azúcar añadida de sus dietas, es decir, unas dos cucharaditas y media.

La conclusión es que la alimentación y el sueño están entrelazados. Mejorar uno puede ayudarte a mejorar el otro y viceversa, lo cual puede crear un ciclo positivo en el que se perpetúen mutuamente, dijo Susan Redline, médica del Hospital Brigham para la Mujer y profesora de medicina del sueño en la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard que estudia la alimentación y los trastornos del sueño.

“La mejor manera de abordar la salud es priorizar una dieta saludable y patrones saludables de sueño”, agregó. “Estas son dos conductas de salud muy importantes que pueden reforzarse entre sí”.

Por Anahad O’Connor / NYTimes

Continue Reading

Suscríbete con nosotros

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a nuestra web y recibir todas nuestras noticias.

Únete a otros 4.178 suscriptores

QUÉDATE EN CASA

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Opinión3 semanas ago

En Esta Época Navideña El Presidente Donald J. Trump Se Ha Convertido En Santa

Noticias Nacionales3 semanas ago

¡HISTÓRICO JOSÉ! PRIMER DEFENSOR HONDUREÑO EN RECIBIR PREMIO FRANCO-ALEMÁN

Noticias Internacionales3 semanas ago

Adolescentes en albergues por los huracanes Iota y Eta expuestas a abusos sexuales

Vida, Salud Y Gastronomía4 semanas ago

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Noticias Internacionales3 semanas ago

Joe Biden puede inspirar a Latinoamérica

Vida, Salud Y Gastronomía3 semanas ago

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Economía3 semanas ago

El paquete de estímulo: qué ofrece el nuevo acuerdo

Noticias Nacionales6 días ago

Excapitán Orellana vuelve a sacar las ‘antiaéreas’ y apunta a las ‘estrellas’

Noticias Internacionales2 semanas ago

Huracanes Eta e Iota: la crisis humanitaria que dejaron en Centroamérica

Deportes2 semanas ago

Declaración de Concacaf sobre las competencias de selecciones nacionales masculinas Sub-20 y Sub-17

Tecnologia2 semanas ago

Cuáles serán las principales tendencias tecnológicas en 2021

Opinión1 semana ago

Cafeteando por Jesús Vélez Banegas / 9 DE ENERO 2021

Noticias Nacionales2 semanas ago

Visita de Hondureños Contra el SIDA presidido por la Lcda Mirta Coon

Vida, Salud Y Gastronomía2 semanas ago

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Vida, Salud Y Gastronomía1 semana ago

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

Sígueme en Twitter