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Huracanes Eta e Iota: la crisis humanitaria que dejaron en Centroamérica

En Honduras, las inundaciones provocadas por los huracanes Eta y Iota fueron devastadoras. - GETTY IMAGES

Pasar de la pobreza al desamparo total solo tomó dos semanas en Honduras y Guatemala.

Comunidades rurales y barrios urbanos en ambos países sufrieron en noviembre el arrasador paso de los huracanes Eta y Iota, los cuales dejaron unos 200 muertos, decenas de desaparecidos, miles de desplazados, así como la destrucción de viviendas, posesiones, puentes, carreteras, cultivos, fábricas…

Casi todo lo que se podía perder se perdió en localidades ya de por sí castigadas por la pobreza acumulada en décadas que este año se agravó aún más con la pandemia de covid-19.

“Había un gran desamparo”, explica a BBC Mundo la fotoperiodista Encarni Pindado, quien estuvo en las zonas de desastre de Honduras entre noviembre y diciembre.

“La gente estaba realmente súper traumatizada. Se ponían a llorar porque estaban súper afectadas psicológica y económicamente, además de su salud”, recuerda.

La crisis humanitaria ha dejado más de 100 muertos en Honduras, al menos en las cifras oficiales, así como pérdidas por más de US$15.000 millones, según datos de la Cepal y otras agencias gubernamentales.

Mucha gente ha tenido que refugiarse debajo de puentes o en los camellones en Honduras. – GETTY IMAGES

En Guatemala se han contabilizado otros 60 muertos, pero un centenar más están desaparecidos. En Nicaragua la tragedia cobró la vida de más de 20 personas.

Y a eso se suma la crisis económica que ha dejado la pandemia de covid-19, lo que -una vez más- lleva a muchos centroamericanos a enfilar sus caminos hacia el norte como migrantes.

“La gente no huye porque quiere. La gente huye porque tiene que hacerlo”, dice a la BBC Sibylla Brodzinsky, la portavoz de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.

“Las restricciones por la covid-19 y la recesión económica obviamente han impactado a mucha, mucha gente. Y eso se suma a las vulnerabilidades: las personas que huyen de la violencia de las pandillas, de la persecución, del reclutamiento forzoso, de la extorsión. Por lo tanto, todos estos son solo factores que se suman entre sí y que llevan a las personas a concluir que ya no pueden vivir de la forma en que viven”.

Para el comienzo de 2021 se espera que nuevamente se formen las caravanas de migrantes hacia Estados Unidos, con la esperanza que el nuevo gobierno de Joe Biden cambie las políticas de asilo político. El presidente electo ya ha dicho que eso tomará su tiempo.

Por: BBC News Mundo

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Joe Biden frente al capitalismo salvaje en Venezuela

El presidente electo de Estados Unidos, Joe Biden, en enero de 2021Credit...Susan Walsh/Associated Press

Las mejores ideas suelen aparecer cuando me voy quedando dormido y ya no tengo fuerzas para garabatear unas líneas. Entonces tomo el celular, balbuceo en la oscuridad y el aparato se encarga de escribir.

Al día siguiente encuentro desde trabalenguas y pensamientos perdidos para siempre hasta algunos errores con posibilidades interesantes. Mi pronunciación en inglés no es muy buena y esta mañana encontré que Biden se había transformado en “Vaivén”. Sumido en estos tiempos llenos de sorpresas, no pude evitar preguntarme: “¿Será una premonición?”. La pregunta es comprensible. Me encuentro entre los venezolanos que suspiran como si rezaran a la Virgen de Coromoto: “Espero que Biden no venga con lo que Trump se va”.

Vamos emergiendo de una apasionada relación con el inefable Donald Trump, unos por suponerlo la única solución a nuestra tragedia, otros por culparlo de nuestras divisiones, evasiones y disparates. De aquí parte una primera exigencia que debemos hacerle a Biden: no ofrezca lo que no va a cumplir y ni siquiera ha sido definido. Me refiero a las expectativas creadas por Trump: “No estamos considerado nada, pero todas las opciones están sobre la mesa”.

¿Cómo algo puede estar sobre la mesa sin ser considerado?

A los venezolanos Trump nos resultó tóxico y divisorio con el triste consuelo de que no somos la excepción. Además resultó espectacularmente tragicómico hasta el final. A estas alturas del juego, las elecciones norteamericanas más concurridas de la historia han soliviantado pasiones descaradamente antidemocráticas. ¿Prevaleció el respeto al voto por lo sólido de las instituciones que lo protegen o por la insólita irracionalidad de negar los resultados?

Hablar de irracionalidad es irrelevante. Las locuras de Trump son irrepetibles y en buena medida eran previsibles. Resulta más provechoso pensar que se ha respetado el resultado de los votos gracias a la fuerza de unas costumbres que ya tienen varios siglos evolucionando y lidiando con absurdos, incluyendo los del propio sistema.

El sistema electoral venezolano es más directo, más sencillo, y, sin embargo, ha resultado sumamente frágil. Si buscamos las causas de esta fragilidad conviene revisar una vez más la prédica de Montesquieu en su libro sobre la grandeza y decadencia de los romanos: “Más Estados han perecido por la violación de las costumbres, que por la de las leyes”. Al examinar la decadencia de la democracia en Venezuela es necesario prestarle mucha atención a nuestras costumbres. Si queremos que nos entiendan fuera de Venezuela debemos comenzar por hacernos dolorosas preguntas: ¿es la democracia una de nuestras arraigadas costumbres o ha sido una pasajera fábula en nuestra historia? La respuesta es vital para examinar el mito del socialismo venezolano del siglo XXI, capaz de mantener con impudicia una ilusión de democracia.

La situación de Venezuela es tan incierta e injusta como aparentemente solidificada, una combinación agotadora. Espero que Biden tenga la humanidad que requiere tener afecto y comprensión por la dignidad de un pueblo sometido a una situación indigna. No es tarea fácil apreciar y comprender lo que nosotros mismos no logramos digerir. La distancia entre lo que fuimos, lo que somos y lo que podríamos ser comienza a ser insalvable. La palabra “Venezuela” va adquiriendo otra música y genera amargas evocaciones. De potente promesa ha pasado a ser un espanto para asustar a electores indecisos.

Alguien dice que si Kafka hubiera nacido en Caracas sería un escritor costumbrista. Otro pregunta para qué tener a Kafka si Hugo Chávez nos convirtió en cucarachas. Esta son algunas de las frases que utilizamos para calificar nuestra historia reciente.

Los diccionarios ingleses definen la historia como un estudio sistemático, cronológico y verdadero. La Real Academia Española incluye la relación de cualquier aventura o suceso, narraciones inventadas, mentiras y pretextos, cuentos y fábulas. De hecho los historiadores venezolanos que más leo y admiro son unos maravillosos y reveladores chismosos. Quizás en los chismes estén los nudos que crean el tejido de lo histórico. Inés Quintero advierte en el título de uno de sus libros: No es cuento, es historia, aclarando que intenta ir en contra de nuestras tendencias naturales.

Siendo un país tan incomprensible como mal explicado, nuestra relación con Biden va a requerir de un enorme esfuerzo para ofrecer un recuento claro, sin la aleatoria narrativa a que estamos acostumbrados. Uno de los temas centrales a explorar es nuestra particular manera de corrompernos los unos a los otros. Una reciprocidad que se ha convertido en el principal pilar de la dictadura, al punto que su fuente de poder radica en la autodestrucción, en un lento suicidio del país. Nos acercamos al extremo de no poder hablar de corrupción, a medida que no va habiendo leyes ni controles que romper.

Montesquieu añade en otro capítulo: “A aquellos que primero habían corrompido sus riquezas, los corrompió después su miseria”. Chávez sirvió de eslabón entre estos dos procesos. Hace más de dos décadas criticaba el “capitalismo salvaje” que con tanta pasión él mismo ayudaría a fomentar y consolidar. ¿Cómo imaginar que al analizarnos nos maldecía?

Nos hemos convertido en una nación desesperada y salvajemente capitalista. Varias veces he escuchado una cínica frase que se nos ha ido haciendo una religión: “En un país capitalista lo más importante es hacerse de un capital”. Hoy, en Venezuela, tener un capital se ha vuelto indispensable tanto para sobrevivir en la patria como para abandonarla.

A medida que la sociedad y lo social, las instituciones y los servicios, los jueces y los congresistas se corrompen, el único asidero cierto y constante es el dólar y todo se subordina a la posibilidad de obtenerlo, desde la voluntad del esclavo hasta la del esbirro. Así se ha generado un organismo que mientras más miserable se va haciendo más sólido aparenta ser. Los militares, quienes podían ser una esperanza, son los más vigilados y sometidos a sobrevivir en la corrupción de la miseria para intentar alcanzar la corrupción de la riqueza. La bota y el botín han establecido una relación que ya parece ser natural y no aprendida.

Quiero creer que Joe Biden decidió luchar por la presidencia preocupado por el posible final de la democracia al que Trump terminó asomándonos sin pudor ni compasión.

La democracia venezolana continúa cayendo en precipicios que alguna vez nos resultaron inconcebibles. Creo que la estrategia para rescatarla tiene dos caras. Necesitamos solucionar la miseria que nos está corrompiendo, desmembrando, deshumanizando; al mismo tiempo hace falta recuperar las riquezas que la dictadura y sus secuaces están extrayendo, robando y destruyendo. Si las medidas generan más miseria y expectativas infundadas, seremos más sumisos a una dictadura más fuerte, y todos nos haremos más salvajes. Ayudar al oprimido y perseguir al opresor requiere inteligencia, firmeza, compasión y el compromiso de quien ha enfrentado la alternativa de perder una democracia que suponía inextinguible.

Por Federico Vegas

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Por qué la Mara Salvatrucha no es la misma en El Salvador y en Los Ángeles

La MS-13 nació en Los Ángeles hace 40 años. Ahora se acusa a un grupo de jóvenes centroamericanos de querer reinstalar la violencia en la ciudad californiana. - KAKO ABRAHAM PARA BBC

El cadáver apareció en un despeñadero del Bosque Nacional de Ángeles, en Los Ángeles, Estados Unidos, después de que un incendio consumiera la vegetación alrededor.

Sin ropa ni cicatrices ni tatuajes, costó identificarlo. Por el nivel de deterioro, el cuerpo llevaba tiempo a la intemperie. Un mes y medio, se pudo precisar después.

Tras la autopsia, aquel cuerpo pasó a llamarse Doe #19, hasta que un odontólogo forense le pudo asignar nombre y apellido: Brayan Alejandro Andino.

Tenía 16 años, era hondureño y estudiaba en Panorama High School, una escuela pública secundaria del valle de San Fernando, en la zona norte de la ciudad de Los Ángeles.

El 30 de octubre de 2017, tres o cuatro hombres jóvenes lo introdujeron en un Toyota Corolla del 2011, lo llevaron al bosque, y allí lo golpearon y acuchillaron hasta matarlo —dice la acusación judicial del caso—. Su cuerpo fue encontrado el 15 de diciembre.

No fue el único.

En el bosque considerado el pulmón del Gran Los Ángeles, punto de encuentro habitual para campistas, senderistas y amantes de la naturaleza, cinco jóvenes fueron asesinados entre 2017 y 2018 con “una violencia no vista en 20 años”, señalaron las autoridades angelinas.

Los cinco homicidios se atribuyeron a la Mara Salvatrucha o MS-13, una de las pandillas que aterrorizan Centroamérica y que también tienen presencia en Estados Unidos, país en el que de hecho surgió esta estructura criminal. Los acusados están a la espera de juicio en la actualidad.

Cuando en julio de 2019 —año y medio después de haber encontrado los restos de Brayan Andino— la Policía anunció el arresto de 22 hombres, señalados como miembros del ala más peligrosa de la MS-13 en Los Ángeles, la administración Trump describió la operación como un “éxito sin precedentes”.

Thom Mrozek, portavoz del fiscal general del Departamento de Justicia para el Distrito Centro de California, le dijo a BBC Mundo que la “brutalidad” era obra de jóvenes indocumentados llegados a Estados Unidos tres o cuatro años antes.

De los 22 acusados, 19 son migrantes de entre 19 y 24 años; la mayoría salvadoreños.

Según la versión oficial, esos jóvenes habían viajado desde Centroamérica a la ciudad californiana con la misión de tomar el control de la MS-13.

“La relación entre la inmigración y sus jóvenes edades refleja un deseo más grande dentro de ciertas facciones de la MS-13 de tomar el control y apropiarse de lo que llaman el programa [una especie de federación de células afines] de Los Ángeles. Quieren tener un programa de la MS-13 en Centroamérica, en la Costa Este (de Estados Unidos) y en Los Ángeles”, dijo Mrozek.

“Están intentando reinstalar las tradiciones de extrema violencia en Los Ángeles y hacer que toda la MS-13 opere bajo las mismas reglas”, añadió.

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Guatemala será sede de importantes actos internacionales en 2021

En 2021, los ojos del mundo se posarán sobre Guatemala, derivado de los actos y convenciones internacionales que se realizarán en el país en distintas fechas. Desde la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos hasta el bicentenario de la independencia se celebrarán el próximo año.

Ministerio de Relaciones ExterioresHon Pedro Brolo

El Ministerio de Relaciones Exteriores (Minex) tiene previstas por lo menos tres de estas actividades y aquí se las presentamos.

Asamblea General de la OEA
Guatemala será la sede la 51 Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA).Según la Cancillería, esto se aprobó por aclamación durante la asamblea, que se celebró de manera virtual este año.

“La fecha de la 51 Asamblea General de la OEA será determinada por el Consejo Permanente”, informó en un mensaje de agradecimiento el canciller Pedro Brolo. Guatemala ya fue sede de la principal reunión anual de la OEA en 1986, 1999 y 2013. El último de estos cónclaves se llevó a cabo en Antigua Guatemala, Sacatepéquez, y los dos anteriores en la ciudad capital.

Presidencia pro tempore del Sica
Guatemala también ejercerá la presidencia pro tempore del Sistema de la Integración Centroamericana (Sica) durante el segundo semestre de 2021.

Ese mismo año, el Sica cumplirá 30 años, pues su creación tuvo lugar el 13 de diciembre de 1991 mediante la suscripción del Protocolo a la Carta de la Organización de Estados Centroamericanos (Odeca).

La designación se hizo durante la LXXXI Reunión Ordinaria del Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores, efectuada el pasado 16 de octubre.

Durante ese encuentro, Guatemala presentó la propuesta de Declaración Especial sobre Seguridad Alimentaria y Nutricional de la Región. La intención es que sea adoptada por los jefes de Estado y de Gobierno del Sica en su próxima junta.

Al ofrecimiento de Guatemala reaccionó la delegación de Brasil, encabezada por el Ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araujo expresando “Creo que hablo en nombre de todos, al afirmar que será un honor para los Estados miembros de la OEA participar en una Asamblea en Guatemala, uno de los Estados miembros fundadores de esta Organización”.

Araujo, destacó el compromiso de Guatemala con las actividades de la OEA, se puso de relieve, durante la preparación de esta Asamblea, en particular, por la presentación y conducción de las negociaciones sobre el proyecto de resolución “Los desafíos para la seguridad alimentaria y nutricional de las Américas en el contexto de la pandemia de COVID-19 en el marco del Plan de Acción de Guatemala 2019”,

“Como país valoramos el papel de la OEA en el hemisferio y creemos firmemente que debemos trabajar en conjunto, en torno a sus cuatro pilares: democracia, derechos humanos, seguridad multidimensional y desarrollo integral” detalló el titular del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Fuente: somosguate.com

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Joe Biden puede inspirar a Latinoamérica

Manifestantes en Caracas, Venezuela, salieron a las calles en enero de 2019.Credit...Reuters

CIUDAD DE MÉXICO — La elección de Joe Biden impactará a Latinoamérica de varias maneras. Una de ellas será un cambio de tono. Otra será la política exterior per se, la cual, dada la asimetría entre Estados Unidos y el resto del hemisferio, siempre es significativa. Y mucho más hoy en día, en vista de la creciente necesidad de una estrategia multilateral para afrontar la pandemia de coronavirus.

Pero quizá lo más importante será la inspiración, o la transmisión de ideas. Esto tiene precedentes históricos.

A principio de los años treinta, después de la elección de Franklin Delano Roosevelt y el Nuevo Acuerdo, América Latina comenzó a tomar en cuenta los acontecimientos en Estados Unidos. Todo el mundo estaba sufriendo los efectos devastadores de la Gran Depresión: el desempleo galopante, el colapso de los precios de las materias primas y la crisis institucional.

Golpes de Estado habían derribado gobiernos en Brasil y Argentina; después, cayeron regímenes autoritarios en Cuba y Chile. La región encontró inspiración en Washington. Políticos como Lázaro Cárdenas en México, Getúlio Vargas en Brasil, Ramón Grau San Martín en Cuba, El Frente Popular y Pedro Aguirre Cerda en Chile, junto a otros, impulsaron estrategias similares al Nuevo Acuerdo, algunas más radicales que la propuesta de Franklin Delano Roosevelt y otras más moderadas. Ese “poder blando” estadounidense complementó la política del buen vecino.

Pero en los años ochenta, la influencia de Estados Unidos se movió en la dirección contraria. En varios países de Latinoamérica, las crisis por la deuda externa y la elección de Ronald Reagan dieron paso a una “Reaganomía tropical”, o lo que vino a definirse como el Consenso de Washington o neoliberalismo. Carlos Salinas en México, Carlos Menem en Argentina, la dictadura de Pinochet en Chile; todos siguieron el ejemplo de Estados Unidos, la mayoría de las veces de manera más radical.

Con Biden, una nueva respuesta a la pandemia y la subsecuente contracción económica, junto con un mayor impulso para reparar y ampliar la maltrecha red de seguridad social estadounidense, podrían provocar un cambio correspondiente en Latinoamérica.

El acceso universal a la atención médica y el cuidado infantil, impuestos más altos a los ricos, aumentos del salario mínimo, las pensiones y las prestaciones por desempleo, educación superior pública y gratuita y reducir o mitigar el cambio climático son temas que ya se encuentran en la agenda latinoamericana.

Las diferentes naciones seguirán cada una esta ruta a su manera: Chile con una nueva Constitución. Argentina mientras sale de otra crisis de deuda. Brasil con sus aumentos de las ayudas en efectivo, pero haciendo lo contrario en cuanto al cambio climático. México y Venezuela con respuestas todavía impredecibles. Pero si Biden logra implementar una transformación interna de Estados Unidos, esta tendrá un impacto enorme en América Latina.

La falta de un mandato contundente de Biden y los probables resultados en el Senado estadounidense podrían frustrar la materialización de este escenario. Un sustituto mediocre sería el llamado “cambio de tono”. En vez de la “intimidación” de Trump, Biden restauraría una era de “respeto mutuo”, “responsabilidad compartida” y “voluntad de escuchar”.

La región necesita inspiración y una política exterior de Washington, no lugares comunes ni eslóganes vacíos. Trump apaciguó a presidentes como Jair Bolsonaro de Brasil, Andrés Manuel López Obrador de México y Nayib Bukele de El Salvador, quienes lo consideraban un aliado. Biden debería —y seguramente lo hará— cambiar significativamente la política exterior estadounidense de cara a la región a pesar de lo que posiblemente será un Senado con mayoría republicana.

Los temas más importantes para México, Centroamérica y el Caribe serán la inmigración y las políticas de asilo. El presidente de México aceptó cumplir de manera expedita las instrucciones de Trump de detener el flujo de migrantes provenientes de Centroamérica. Albergó a casi 80.000 solicitantes de asilo o inmigrantes de Centroamérica, Cuba, Haití y otras naciones en campamentos en condiciones miserables a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México. Sin embargo, su país sentirá un alivio cuando se elimine el Protocolo de Protección al Migrante o “Quédate en México”, como también se le conoce.

Se espera que se deje de enviar a los menores no acompañados que cruzan la frontera a México o a sus países de origen sin antes tener una audiencia en Estados Unidos. Los solicitantes de asilo legítimos serán escuchados y sus casos serán procesados. Estados Unidos aceptará el creciente consenso internacional sobre la violencia criminal, la violencia interna en el país de origen y el cambio climático como motivos legítimos para solicitar asilo.

Lo más importante es que Biden ha prometido enviar un proyecto de ley al Congreso con una “ruta hacia la ciudadanía” para los 11 millones de extranjeros indocumentados en Estados Unidos, gran parte de los cuales provienen de México, Centroamérica y el Caribe. También ha dicho que insistirá en la aprobación definitiva del proyecto de ley de los dreamers, impulsado por el gobierno de Barack Obama, que beneficiará a más de 700.000 jóvenes principalmente provenientes de México y Centroamérica con una ruta hacia la ciudadanía.

Si Biden cumple otra de sus promesas, una buena cantidad de recursos serán transferidos al Triángulo Norte de Centroamérica, conformado por las naciones de Guatemala, Honduras y El Salvador. Los 4000 millones de dólares que se destinarían a esos países superan los fondos que él mismo distribuyó durante el gobierno de Obama como director del plan Alianza para la Prosperidad. Estos recursos no detendrán la migración, mucho menos la violencia, pero la diferencia en el enfoque será evidente de manera inmediata.

Del mismo modo, en la lucha antidrogas, incluso si Biden continúa la tradicional guerra contra el narcotráfico lejos de las fronteras de Estados Unidos, el anuncio de la legalización de la marihuana enviará un mensaje drásticamente distinto a todos los países productores o de tránsito de las drogas en América Latina. Un cambio tan radical a nivel federal en la política antidrogas estadounidense y en la actitud en torno al asunto generará inevitablemente discusiones y reformas en muchos lugares. La región continúa plagada de altos índices de violencia y corrupción relacionados directamente con la guerra que libra contra el narcotráfico a petición del gobierno estadounidense.

En temas que también interesan a los países sudamericanos, y por supuesto al Caribe, todo parece indicar que Biden, si creemos en sus voceros de política exterior, buscará regresar a la normalización de las relaciones con Cuba del gobierno de Obama. Podría insistir un poco más que Obama en asuntos como los derechos humanos y la democracia, pero su principal objetivo será restaurar el turismo entre ambos países y los lazos políticos y financieros con La Habana. Sin embargo, también podría insistir en que Raúl Castro coopere con Washington y el resto de América Latina, particularmente con Colombia, para encontrar una solución a la dramática crisis en Venezuela.

Esto último tal vez sea el asunto más delicado para Biden en Latinoamérica. Por un lado, todos los intentos de terminar con la dictadura de Nicolás Maduro han fallado. Por otro lado, la situación económica, social, política y humanitaria en Venezuela se deteriora día con día. Claramente, la única salida es la celebración de unas elecciones presidenciales libres, justas y supervisadas por el mundo entero, sin Maduro y con garantías para el chavismo y los cubanos beneficiados desde mucho tiempo atrás por la generosidad petrolera de Venezuela. Cada intento de sugerir esto en la mesa de negociaciones ha fracasado. Biden podría lograrlo. Tratar de incorporar a China, además de a Cuba, en las negociaciones y neutralizar el apoyo en declive por parte de Rusia, así como conseguir el apoyo de México y Argentina para una solución similar a la antes mencionada, podría funcionar. Una apuesta arriesgada, pero la única posible.

Otra apuesta sería involucrar al presidente de Brasil, Bolsonaro, y convencerlo de modificar su postura respecto al cambio climático. Mientras que la Amazonía siga considerándose un asunto interno de Brasil y las compañías madereras y ganaderas sigan teniendo autorización para destruir la vegetación en la medida de sus necesidades, cualquier gestión estadounidense con una “mente conservacionista” estará enfrentada a Brasil. Esto requerirá de un gran esfuerzo diplomático. Biden probablemente termine con el amorío entre Trump y Bolsonaro, que no ha traído beneficio alguno a Brasil, a Estados Unidos ni a un mundo que necesita desesperadamente la protección de la Amazonía, su pulmón vegetal.

Un tema igual de complejo que Biden tendrá que abordar, y con el que podría mejorar la calidad de vida de millones de latinoamericanos, es el de asegurar el cumplimiento de las disposiciones ambientales y laborales en los tratados de libre comercio con los países del hemisferio. El tratado con México es el más reciente y estricto, pero todos incluyen referencias a los derechos laborales y la protección del medioambiente. La cuestión siempre ha sido el cumplimiento. Biden tiene tanto el interés como la capacidad de seguir adelante con eso, en especial si los demócratas progresistas en el Congreso lo empujan en esa dirección.

Biden inspira a América Latina porque defiende los valores que Estados Unidos debería representar: los derechos humanos, la democracia, la lucha contra la corrupción, la voluntad de mitigar el cambio climático. Además, porque es un presidente fundacional que pretende reconstruir un estado de bienestar estadounidense digno de ese nombre, otorgar a los millones de votantes de Biden y Trump socialmente marginados la red de seguridad social que se merecen. Y, finalmente, porque puede inspirar a los latinoamericanos que siempre han estado a favor del multilateralismo volviendo al multilateralismo, ya sea en las instituciones o en los valores. ¿Una transformación muy ambiciosa? Sí, pero América Latina no debería esperar menos.

Por Jorge G. Castañeda – NYTimes

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