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Vida, Salud Y Gastronomía

La misteriosa ‘epidemia’ que afecta a los vapeadores

Un joven de 18 años llegó a una sala de emergencias en Long Island, jadeando, vomitando y mareado. Cuando un médico le preguntó si había estado vapeando, le respondió que no.

El hermano mayor del paciente, un policía, comenzó a sospechar. Buscó en la habitación del joven y encontró contenedores para vapear marihuana.

“No sé dónde los compró. No lo sabe”, dijo Melodi Pirzada, neumóloga pediátrica jefa del Hospital NYU Winthrop en Mineola, Nueva York, que atendió al joven. “Por suerte, sobrevivió”.

Pirzada es una de los muchos médicos en todo el país que tratan pacientes —ahora más de 215— que sufren misteriosas enfermedades relacionadas con vapear (vaping), las cuales han amenazado sus vidas a mediados de este año. El brote “se está convirtiendo en una epidemia”, comentó. “Algo está muy mal”.

Los pacientes, la mayoría adolescentes o personas de veintitantos años, sanos en otros aspectos, llegan jadeando mucho y con dificultades graves para respirar, a menudo después de haber sufrido varios días de vómitos, fiebre y cansancio. Algunos han terminado en la unidad de cuidados intensivos o les han puesto respiradores durante semanas. El tratamiento se ha complicado debido a la falta de conocimiento de los pacientes —y a veces la negación directa— sobre las sustancias que quizá hayan usado o inhalado.

Los investigadores sanitarios ahora están tratando de determinar si una toxina o una sustancia específica se coló en el suministro de productos de vapeo, si algunas personas reusaron cartuchos que contienen contaminantes o si el riesgo se origina en un comportamiento más amplio, como el uso frecuente de cigarros electrónicos, el vapeo de marihuana o una combinación de ambos.

El 30 de agosto, se emitió una advertencia de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) a los adolescentes y otros consumidores. En el comunicado, les dicen a los jóvenes que dejen de comprar cigarros electrónicos y cannabis ilegales o de la calle, y que dejen de modificar los dispositivos para vapear sustancias adulteradas.

Las enfermedades han llamado la atención respecto de una tendencia que ha sido opacada por la intensa preocupación pública acerca del uso en aumento de cigarros electrónicos por parte de los adolescentes, con su potencial para hacer adicta a la nicotina a una nueva generación: el ascenso del dispositivo de vapeo. Ha presentado un cambio generalizado en la manera en que las personas consumen nicotina o marihuana, pues ahora inhalan ingredientes vaporizados.

El vapeo funciona calentando líquido y convirtiéndolo en un vapor que se inhala. Hablando de manera generalizada, los cigarros electrónicos son considerados menos nocivos que los cigarrillos tradicionales, que funcionan a través de la combustión de tabaco, los cuales envían miles de químicos, muchos cancerígenos, a los pulmones.

Sin embargo, el vapeo tiene sus propios problemas: para volverse inhalables, la nicotina y el THC, la sustancia psicoactiva de la marihuana, deben mezclarse con solventes que disuelven y transportan las sustancias. Los solventes, o aceites, se calientan durante la aerosolización para convertirse en vapor. Sin embargo, algunas gotas de aceite podrían inhalarse cuando el líquido se enfría, las cuales podrían causar problemas respiratorios e inflamación pulmonar.

“Inhalar aceite es muy peligroso para los pulmones y podría causar la muerte”, dijo Thomas Eissenberg, que estudia el vapeo en la Universidad Estatal de Virginia. “Ese es probablemente el mensaje que podemos concluir al respecto”.

Muchas sustancias no se mencionan en las listas de ingredientes de los cigarros electrónicos. El aceite de vitamina E parece ser una sustancia común asociada con los problemas respiratorios graves y repentinos en algunos de los casos de Nueva York, de acuerdo con funcionarios estatales de salud. No se sabe cómo se utilizó. La vitamina E a veces se anuncia como suplemento en el aceite de cannabidiol, el cual no está diseñado para el vapeo pero se ha utilizado de esa manera.

Scott Gottlieb, excomisionado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), dijo que sospechaba que había un vínculo con productos ilícitos —quizá relacionados con ingredientes que incluyen THC— porque los principales fabricantes de cigarros electrónicos no habían alterado sus ingredientes de manera repentina a gran escala. “Quizá es algo nuevo que introdujo al mercado un fabricante ilegal, ya sea un nuevo sabor o una nueva manera de emulsionar THC, lo que está causando estas lesiones”, comentó.

Los brotes han generado una crisis para dos industrias emergentes —la de los cigarros electrónicos y la cannabis legal— que se han anunciado como benéficas para la salud pública. Quienes simpatizan con los cigarros electrónicos consideran que la tecnología es una alternativa más segura que fumar, mientras que la cannabis se ha vendido políticamente como la “marihuana medicinal” y como sustituto para los agricultores de tabaco.

Ahora, algún subconjunto de estos productos está provocando una grave enfermedad pulmonar que incluso los cigarrillos —aunque son letales a largo plazo— no les causan a los jóvenes. Integrantes de grupos de presión y el funcionariado de las compañías de ambas industrias están esforzándose por culpar a los productos no regulados.

La avalancha de enfermedades ha hecho que Juul Labs, fabricante del dispositivo de cigarro electrónico éxito en ventas al que se culpa por el aumento del vapeo en los adolescentes, llegue de nuevo a los encabezados. En una entrevista en televisión, Kevin Burns, director ejecutivo de la compañía, dijo que no sabía de pruebas que vincularan los casos recientes con los productos Juul.

En las tomografías pulmonares, las enfermedades al principio lucen como una neumonía viral o bacteriana grave, pero los análisis no dan señales de infección. “Hemos llevado a cabo muchas pruebas buscando bacterias y virus, pero dan negativo”, dijo Dixie Harris, neumóloga de cuidados intensivos en Salt Lake City, que ha examinado a cuatro pacientes que sufren ese padecimiento y revisó los archivos de nueve más en el estado.

El 6 de agosto, Harris estaba trabajando en un hospital de la zona de Salt Lake City —rechazó proporcionar más detalles para proteger los derechos de privacidad de los pacientes— cuando la llamaron a la unidad de cuidados intensivos para examinar a un paciente que sufría de dicho padecimiento pulmonar grave.

El paciente tenía veintitantos años, usaba con mucha frecuencia cigarros electrónicos y también vapeaba THC.

Más tarde consultó a dos decenas de hospitales en todo el estado para obtener información sobre pacientes con complicaciones pulmonares o problemas de cuidados intensivos. “Vi un segundo caso”, dijo. “Pensé: ‘Esperen un segundo; esto es extraño: dos hospitales, dos jóvenes, dos historias casi idénticas’”.

La siguiente mañana, llamó a Joseph Miner, jefe de Servicios Médicos del Departamento Estatal de Salud de Utah, quien le dijo que intentaría averiguar qué estaba pasando.

Durante las siguientes semanas, Harris vio a dos pacientes más y revisó nueve casos adicionales de Intermountain Healthcare, el grupo hospitalario donde trabaja, que cuenta con veinticuatro hospitales en Utah y Idaho. Dijo que los primeros diez casos eran de ocho hospitales; en total, el estado de Utah informó sobre veintiún casos.

Harris dijo que los cuatro pacientes que había tratado directamente “han estado usando cigarros electrónicos con nicotina constantemente, todo el día. Quizá hay algún efecto de aceleración que provoca inflamación pulmonar debido al aceite de THC”. Agregó que sus entrevistas con pacientes insinuaban que obtenían el líquido de marihuana a través de amigos que viven en estados donde la droga se vende legalmente, como California y Colorado.

Algunos pacientes sufren otro padecimiento conocido como neumonía lipoidea, dijeron los médicos. Cuando los aceites vapeados llegan a los pulmones, estos los tratan como un objeto extraño y detonan una respuesta inmune, que provoca inflamación y la acumulación de líquidos, lo cual puede resultar en una neumonía lipoidea.

El aumento de estas enfermedades llega al inicio del año escolar, uno para el que los padres, profesores y administradores ya se habían preparado con el fin de enfrentar el desafío de educar en la época del dispositivo de vapeo, que es fácil de ocultar.

Aunque las preocupaciones de los padres y los profesores se han enfocado en Juul, la realidad es que el mercado de los dispositivos de vapeo y los líquidos con los que se rellenan es enorme y hay muchos productos falsos o caseros, lo cual dificulta la misión de los reguladores y los científicos de enfocar sus esfuerzos en un producto específico.

La Asociación de la Tecnología del Vapor, un grupo comercial de cigarros electrónicos y de la industria del vapeo, les pidió a “los funcionarios que investiguen exhaustivamente las circunstancias que quizá hayan provocado todas las hospitalizaciones de las que se informó, antes de emitir comunicados al público respecto de si ciertos productos están involucrados en estos incidentes”.

La regulación y el estudio de la industria de la marihuana son particularmente complejos. Aunque el gobierno federal aún considera que la cannabis es una sustancia controlada, 33 estados ahora permiten que se venda para su uso recreacional, medicinal o ambos. Se venden cientos de productos de cannabis, legal e ilegalmente, como el aceite de THC, o el aceite de cannabidiol con THC.

La FDA ha advertido a algunos vendedores de suplementos de cannabis que no afirmen que sus productos son buenos para la salud, pero hay más comerciantes que lo están haciendo de los que puede controlar la agencia. La FDA supervisa productos de CBD vendidos como suplementos alimenticios, pero no regula el THC, que es ilegal según la ley federal. La nicotina líquida y el THC, a veces vendidos en cartuchos para su uso en dispositivos de vapeo, pueden contener aceites que quizá sean seguros de ingerir, pero pueden dañar el pulmón cuando se vaporizan en una mezcla de químicos desconocidos.

Aunque se piensa que los cigarros electrónicos son menos nocivos a largo plazo que los cigarrillos, aún no se sabe cuál es el impacto provocado por años de utilizar estos dispositivos.

Eissenberg, director del Centro para el Estudio de Productos del Tabaco en la Universidad Estatal de Virginia, dijo que se había informado sobre siete casos de lesiones pulmonares similares a causa de cigarros electrónicos en años anteriores.

“Un ingrediente común era la glicerina vegetal, que está hecha de aceite vegetal”, dijo. “Si hay un proceso incompleto, puede quedar aceite en la glicerina vegetal cuando una persona está usando el dispositivo, e inhalar aceite e introducirlo a los pulmones es lo que está causando algunas de las lesiones pulmonares que vemos”.

“Básicamente, lo que debería estar haciendo la FDA es poner a prueba cada uno de estos líquidos para ver si tienen aceite y crear regulaciones que prohíban el aceite en cualquiera de estos productos, ya sean de THC o de nicotina”, dijo Eissenberg, que está llevando a cabo investigaciones sobre el vapeo con una beca de la agencia.

Nora D. Volkow, directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, parte de los Institutos Nacionales de Salud, dijo que le sorprendía la gravedad de la enfermedad pulmonar involucrada en los casos de mediados de este año, pero no por la posibilidad de que los productos de vapeo estén provocando este tipo de enfermedades.

“No hay vigilancia”, dijo Volkow. “Nadie está evaluando los productos para verificar que sean puros o para ver si contienen sustancias tóxicas. Debe haber alguna manera de regularlos”.

El adolescente de Long Island, al que le pusieron un dispositivo de asistencia respiratoria en determinado momento, tiene un largo camino que recorrer para recuperarse y los médicos aún no han identificado la causa de su enfermedad.

“Hicieron análisis para encontrar enfermedades infecciosas. Hicieron análisis para encontrar bacterias. Hicieron análisis para encontrar una serie de enfermedades. Todo salió negativo”, dijo su padre. Solicitó mantener su anonimato para proteger la identidad de su hijo. “Nos sentíamos impotentes. No sabíamos qué hacer. Los médicos no sabían qué hacer. Primero tratarían los síntomas y después averiguarían qué lo estaba matando”.

En Illinois, una mujer de treinta y tantos años que hace poco había vapeado fue hospitalizada y murió, dijeron funcionarios de salud el 23 de agosto.

Otro caso reciente involucra a Kevin Corrales, un residente de Queens, de 31 años, que a finales de julio estaba en el asiento trasero de un auto con dirección a la playa de Long Island cuando comenzó a faltarle el aire.

“Fue aterrador”, dijo Corrales. “De verdad estaba jadeando. Me tuvieron que llevar de inmediato al hospital. Creyeron que estaba exagerando”.

Pidió un Uber para que lo llevara a casa. Debido a que estaba demasiado cansado como para subir las escaleras de la casa que comparte con sus padres, se quedó en el sótano varios días hasta que se sintió mejor.

Ese día, en el auto, había estado vapeando con un dispositivo Juul; pero a veces también vapea aceite de THC con otro dispositivo. “Puedo comprar esos aceites como si fueran bolsas de papas fritas”, dijo Corrales.

“Es difícil saber si fue el THC o la nicotina”, dijo Corrales, que usó los cigarros electrónicos para dejar de fumar.

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Vida, Salud Y Gastronomía

Coronavirus: ¿qué le hace el covid-19 al cuerpo?

El covid-19 afecta a las personas de manera muy diferente.

Para muchos los síntomas más frecuentes son fiebre, tos y dificultad para respirar. Pero otros pueden ser hospitalizados durante semanas.

El covid-19 puede afectar los pulmones y el sistema inmunológico e incluso puede provocar accidentes cerebrovasculares y psicosis.

Los problemas respiratorios y la fatiga post-viral duran meses en algunos casos.

Los efectos pueden ser devastadores y se deben seguir todas las pautas recomendadas por los profesionales de salud.

Por: BBC Mundo

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Vida, Salud Y Gastronomía

Promesa al Año Nuevo: no volveré a malgastar mi tiempo

Mary Turner para The New York Times

MADRID — Si tus propósitos para el año que acaba incluyeron viajar más, pasar más tiempo con los amigos o menos frente a una pantalla, bienvenido al club de los que fracasamos.

La pandemia convirtió a 2020 en el año que pudo ser y no fue. Quienes esquivamos el virus, y además tuvimos la fortuna de que no golpeara a seres queridos, navegamos lo mejor posible entre confinamientos, proyectos truncados, ausencias prolongadas y promesas incumplidas, incluidas las que nos hicimos a nosotros mismos. Esta vez, al menos, nadie podrá decir que no tuvimos una buena excusa.

Ahora que toca renovar las resoluciones de Año Nuevo, la tentación es situar en lo alto de la lista la recuperación del tiempo que nos robó el virus. La mala noticia es que no hay nadie al otro lado de ese mostrador de reclamaciones. No podemos exigirle cuentas al pasado, pero sí renovar nuestro pacto con el futuro. Mi resolución para 2021 —y años sucesivos— será no malgastar el tiempo.

La pandemia nos ha devuelto el valor de cosas que dábamos por hecho y que, por algún gen defectuoso de nuestra especie, solo apreciamos cuando perdemos. Un abrazo, una conversación con amigos, un viaje o un rato con padres o abuelos nunca significaron tanto. Es el momento de replantearnos a qué dedicamos nuestro tiempo. Y con quién. Un primer paso debería llevarnos a cuestionar, como sociedad, nuestra relación con el trabajo.

Los españoles estamos entre los europeos que más horas pasan en la oficina y menos producen, la combinación perfecta para la insatisfacción. Las contradicciones de nuestro modo de vida se muestran en toda su irracionalidad en España, donde llevamos décadas repitiéndonos que como en nuestro país “no se vive en ningún sitio”, a la vez que dejábamos que nuestra calidad de vida se deteriorara sin freno.

La pandemia, con el despegue del teletrabajo, presenta una oportunidad para transformar el modelo y darle la vuelta a la vieja dicotomía: vivir para el trabajo o trabajar para vivir mejor.

Cuando la crisis golpeó, ocho de cada diez españoles estaban descontentos con lo que hacían. Una cultura desfasada seguía premiando el presencialismo —cuántas horas pasa uno calentando la silla— por encima de los resultados, con un efecto demoledor en la conciliación familiar, las relaciones personales y el aprecio por la empresa. Diferentes gobiernos han planteado desde jornadas que terminan a las seis de la tarde a semanas laborales de cuatro días, pero todo se ha estrellado una y otra vez con las inercias inquebrantables.

La pandemia, dentro de la tragedia, podría ser la oportunidad que estábamos buscando. Desde su irrupción, cada vez son más quienes concluyen que pasarse diez horas al día en la oficina para pagar un alquiler desorbitado, en una gran ciudad que no tienes tiempo de disfrutar, es un sinsentido. Los migrantes urbanos que se están marchando al campo aseguran que su nueva vida es menos estresante y más saludable, aunque la adaptación no siempre es fácil. La duda es si la tendencia ha llegado para quedarse.

El empresario de una multinacional española contó en una reunión, a la que asistí en julio, que uno de los cambios generacionales que detectaba entre sus empleados consistía en que los jóvenes estaban dispuestos a renunciar oportunidades profesionales a cambio de más tiempo para ellos. Lo escuché con espíritu crítico—¿qué fue de la ambición como motor de la realización personal?—, pero mientras regresaba a casa me pregunté si la equivocada no era mi generación, a menudo dispuesta a sacrificar su vida personal por un concepto de éxito homogéneo e impuesto con calzador. Estos diez meses de confinamientos han confirmado lo equivocados que estábamos en nuestras prioridades.

Ir contracorriente de lo que se espera de nosotros es tan inusual que Rubin Ritter, consejero delegado de la plataforma alemana de comercio electrónico Zalando, ocupó los titulares cuando días atrás anunció su renuncia para dedicar “más tiempo con la familia”. Por supuesto no todos pueden permitirse el lujo de dejar su trabajo. Pero entre el órdago vital del emprendedor alemán y entregarnos sin límite al trabajo debería haber un término medio.

Adueñarnos de nuestro tiempo obligará también a replantearnos qué hacemos en nuestra vida personal. Un buen amigo que ha superado los 80 años solía quejarse, antes de la llegada de la COVID-19, de que sus hijos solo atendían a sus celulares cuando lo visitaban. ¿Aprenderemos la lección o, cuando pase todo, volveremos a dejar que naderías y distracciones nos alejen de lo realmente importante?

La dificultad principal para recuperar el control de nuestro tiempo estriba en que antes debemos aprender a decir no, algo que va en contra de nuestro deseo de agradar a los demás. No a esa reunión social que aceptas para quedar bien, aunque te apetezca menos que la consulta del dentista; no a rodearte de personas tóxicas que no te aportan nada y consumen tu energía; no a ese jefe que te manda un correo electrónico fuera de horario y que, además, pretende que te tomes algo con él al salir de la oficina.

Mi experiencia es que el no mejora con la práctica. Una vez suficientemente entrenado, termina convirtiéndose en un saludable proceso de selección: relaciones irrelevantes se desvanecen y queda más tiempo para las realmente importantes. Pero las indicaciones del uso del no requieren de una advertencia, para evitar caer en el egoísmo crónico: siempre habrá causas, personas o proyectos que, sin aportarnos nada concreto, merezcan nuestro tiempo.

La guía de los expertos para cumplir las resoluciones de Año Nuevo estipula que deben ser específicas, medibles, alcanzables, relevantes y estar sujetas a plazos. ¿Puede haber algo más medible que el tiempo? ¿O más específico que decirse a uno mismo que no, esta tarde no pienso levantarme del sofá? Como dice uno de los personajes de la autora Marthe Troly-Curtin: “El tiempo que disfrutas perdiendo no es tiempo perdido”. Detrás de la cita se esconde la regla más importante detrás del propósito de no malgastar el tiempo: hacerlo a nuestro antojo y con quien queramos, preferentemente lejos de la oficina. Y, a veces, solos.

Por David Jiménez – NYTimes

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Vida, Salud Y Gastronomía

Estudio: Deficiencia de vitamina D encontrada en más del 80% de los pacientes con COVID-19

Los pacientes con COVID-19 en un hospital en España se encontraron abrumadoramente con deficiencia de vitamina D, según un nuevo estudio.

Los investigadores descubrieron que el 80% de 216 pacientes con COVID-19 en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla tenían una deficiencia de vitamina D. Los hombres tenían niveles más bajos de vitamina D que las mujeres y los pacientes con COVID-19 con niveles más bajos de vitamina D tenían niveles séricos aumentados de marcadores inflamatorios como ferritina, una proteína sanguínea que contiene hierro, y dímero D, un fragmento de proteína que se produce cuando un coágulo de sangre se disuelve. en el cuerpo. Este último suele estar elevado en pacientes con COVID-19, según un estudio de julio publicado en el “Journal of Intensive Care”.

Por qué es posible que desee tomar un suplemento de vitamina D ahora mismo
“Un enfoque es identificar y tratar la deficiencia de vitamina D, especialmente en personas de alto riesgo como los ancianos, los pacientes con comorbilidades y los residentes de hogares de ancianos, que son la principal población objetivo para el COVID-19”, dijo el director del nuevo estudio. -autor Dr. José L. Hernández de la Universidad de Cantabria en Santander, España. “El tratamiento con vitamina D debe recomendarse en pacientes con COVID-19 con niveles bajos de vitamina D circulando en la sangre, ya que este enfoque podría tener efectos beneficiosos tanto en el sistema musculoesquelético como en el inmunológico”.

Los nuevos hallazgos fueron anunciados el martes por la Endocrine Society y publicados en el “Journal of Clinical Endocrinology & Metabolism” de la organización médica.

Los riñones producen la hormona vitamina D. Controla la concentración de calcio en sangre y afecta el sistema inmunológico.

La deficiencia de vitamina D se ha relacionado con una variedad de problemas de salud, pero la investigación continúa examinando por qué afecta a otros sistemas del cuerpo. Hay muchos estudios que señalan cuán beneficiosa es la vitamina D para el sistema inmunológico y cómo ofrece protección contra las infecciones, en particular.

El Dr. William F. Marshall, especialista en enfermedades infecciosas de Mayo Clinic, escribió que no existen datos suficientes para recomendar el uso de vitamina D para detener la infección por el coronavirus, que causa la enfermedad COVID-19, o para tratar COVID-19, según el Institutos Nacionales de Salud y Organización Mundial de la Salud.

Un estudio de 489 personas descubrió que aquellos que tenían deficiencia de la hormona tenían más probabilidades de dar positivo en la prueba del coronavirus que aquellos que tenían niveles normales de vitamina D.

Un pequeño estudio aleatorizado observó que solo una de las 50 personas hospitalizadas con COVID-19 a las que se les administró una dosis alta de un tipo de vitamina D, calcifediol, requirió tratamiento en la unidad de cuidados intensivos. Eso se compara con el grupo de 26 personas que no recibieron calcifediol en el que 13 de ellos tuvieron que ser tratados en la unidad de cuidados intensivos.

Si bien la deficiencia de vitamina D es común en los EE. UU., Las personas negras e hispanas son especialmente deficientes en la hormona, según un estudio de 2014. Los dos grupos también se han visto afectados de manera desproporcionada por COVID-19.

Por Kiersten Willis, Atlanta Journal-Constitution (traducción al español)

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Vida, Salud Y Gastronomía

Estábamos equivocados: la COVID-19 sí afecta a los adultos jóvenes

Neoyorquinos sin mascarillas el 14 de marzoCredit...Peter van Agtmael/Magnum Photos

La mayor carga de la COVID-19 ha recaído indudablemente en personas mayores de 65 años, lo que representa alrededor del 80 por ciento de las muertes en Estados Unidos. Pero si sacamos momentáneamente eso de nuestra atención, algo más se hace visible: la corona de este virus.

Los adultos jóvenes están muriendo a tasas históricas. En una investigación publicada el miércoles en el Journal of the American Medical Association, encontramos que entre los adultos estadounidenses de 25 a 44 años, desde marzo hasta finales de julio, hubo casi 12.000 muertes más de las que se esperaban según las normas históricas.

De hecho, julio parece haber sido el mes más mortal entre este grupo de edad en la historia moderna de Estados Unidos. En los últimos veinte años, un promedio de 11.000 jóvenes estadounidenses adultos murieron cada julio. Este año ese número se incrementó a más de 16.000.

Las tendencias siguieron este otoño. Basándose en tendencias anteriores, se proyectó que alrededor de 154.000 personas de este grupo demográfico morirían en 2020. Superamos ese total a mediados de noviembre. Incluso si las tasas de mortalidad vuelven repentinamente a la normalidad en diciembre —y sabemos que no lo han hecho— preveríamos mucho más de 170.000 muertes entre los adultos estadounidenses de este grupo demográfico para finales de 2020.

Aunque todavía no se dispone de datos detallados para todas las áreas, sabemos que la COVID-19 es la fuerza motriz de estas muertes excesivas. Veamos al estado de Nueva York. En abril y mayo, la COVID-19 mató a 1081 adultos de entre 20 y 49 años, según las estadísticas que recogimos del Departamento de Salud del estado de Nueva York. Sorprendentemente, esta cifra supera la principal causa de muerte habitual del estado en ese grupo de edad —accidentes involuntarios, incluyendo sobredosis de drogas y accidentes de tráfico— que combinadas causaron 495 muertes en este grupo demográfico durante abril y mayo de 2018, el año más reciente para el que hay datos disponibles al público.

Después de que la horrenda primera oleada esta primavera en el noreste disminuyera, tendencias similares empezaron a aparecer en otras regiones durante el verano. A medida que el número de casos entre la población joven aumentaba en todo el país, la COVID-19 se convirtió en una de las principales causas de muerte entre los adultos más jóvenes de otras regiones. Si bien las muertes por el virus superaron temporalmente las muertes por opiáceos entre los adultos jóvenes en algunas zonas este año, también nos preocupa que las muertes por sobredosis involuntarias hayan aumentado también durante la pandemia.

Tampoco es una ilusión que las personas de color constituyan una fracción desproporcionada de los muertos. Según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, entre los adultos de 25 a 44 años, las personas negras e hispanas constituyen no solo un número desproporcionado sino la mayoría de las muertes por COVID-19 hasta el 30 de septiembre.

Las políticas de quedarse en casa han salvado vidas, pero sus beneficios no se han distribuido equitativamente. Entre los trabajadores esenciales, muchos de los cuales son personas de color, quedarse en casa nunca fue una opción real.

Ponte en perspectiva y compara lo que experimentamos ahora con la epidemia del VIH/sida. Antes de que existieran tratamientos efectivos, vimos con horror cómo una enfermedad contagiosa pero prevenible destruía a adultos jóvenes en la flor de su vida. Se cobró la vida de miles de adultos en edad de trabajar cada mes. Y aunque demasiados siguen infectados, y demasiados mueren, los mensajes de salud pública ayudaron a aliviar la epidemia.

Ahora debemos ocuparnos de la COVID-19. Durante demasiado tiempo, se ha repetido el mensaje —por nosotros y nuestros colegas, por los funcionarios del gobierno y el público— de que la COVID-19 es peligrosa para los ancianos y que a los jóvenes les va bien. Es cierto que las muertes entre adultos de 25 a 44 años representan menos del tres por ciento de las muertes por COVID-19 en Estados Unidos, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud.

Pero lo que creíamos antes sobre la relativa inocuidad de la COVID-19 entre los adultos más jóvenes simplemente no ha sido confirmado por los datos emergentes. En el pasado, nos tomó demasiado tiempo responder a las epidemias de opiáceos y VIH/sida cuando los jóvenes comenzaron a morir en grandes cantidades. Ahora que tenemos información similar sobre la COVID-19, debemos abordarla inmediatamente.

Necesitamos enmendar nuestros mensajes y nuestras políticas ahora. La difusión en las próximas semanas y meses es imperativa. Sabemos que puede ayudar. El uso de medicamentos que salvan vidas como la metadona y la buprenorfina aumentó después de que la conciencia de la devastación de la epidemia de opiáceos se entendió de manera generalizada, lo que salvó muchas vidas. Necesitamos decirle a los jóvenes que están en riesgo y que necesitan usar cubrebocas y tomar decisiones más seguras sobre el distanciamiento social.

Esto es aún más importante ahora que las vacunas seguras y eficaces son una realidad. Las personas jóvenes y saludables ocupan un lugar bajo en la lista de prioridades para la vacunación. Eso significa que modificar el comportamiento ahora puede salvar miles de vidas jóvenes el próximo año.

Y ese es el quid de la cuestión. Nuestro mensaje ya no se trata simplemente de aplanar la curva para evitar que los hospitales se desborden. Ahora con las vacunas, nuestras políticas y nuestras elecciones individuales pueden salvar un número mucho mayor de vidas.

Ese es nuestro desafío. Cuanto antes entendamos esa realidad, mejor.

Por Jeremy Samuel Faust, Harlan M. Krumholz y Rochelle P. Walensky / NYTimes

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