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Tecnologia

Nueva filtración del iPhone 11 despeja dudas sobre sus tres cámaras

La cámara del iPhone 11 y iPhone 11 Max, así como la del iPhone XR de 2019 ha vuelto a quedar retratada en la más reciente filtración.

El periodista Mark Gurman, que normalmente publica certeros reportes sobre Apple, ahora publicó la imagen de los supuestos moldes de la parte trasera de este trío de celulares. En la imagen se ven dos modelos con tres cámaras —los iPhone 11— y un modelo con dos cámaras —el sucesor del iPhone XR.

La imagen de Gurman no ofrece nada nuevo respecto a otras filtraciones, lo importante de la imagen del periodista es que una fuente tan confiable publica esta evidencia reafirmando la ubicación y el diseño de las cámaras en los próximos celulares.

El iPhone 11 y iPhone 11 Max, sucesores del iPhone XS y XS Max respectivamente, tendrán tres cámaras en forma triangular dentro de un cuadrado, similar al Huawei Mate 20. Este cuadrado con las tres cámaras en su interior estará ubicado en la esquina superior izquierda.

Por otro lado, el iPhone XR de 2019 tendrá dos cámaras, una ligera mejora con respecto al XR original que solo tuvo una. La segunda cámara ayudará a tomar mejores fotos de objetos lejanos, según dijo Gurman en un reporte publicado en Bloomberg la semana pasada. Las dos cámaras tienen una posición vertical como un iPhone XS; sin embargo, la cámara también está dentro de un cuadrado.

Parece ser que Apple quiere colocar las cámaras dentro de este cuadro –por alguna razón y es probable que explique sus razones durante el evento de lanzamiento de estos celulares, pronosticado para septiembre u octubre de este año. Apple no ha dado comentarios respecto a estos celulares ni sus planes de lanzamiento de forma oficial.

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Tecnologia

¿Es mejor tener la laptop enchufada todo el tiempo o usar la batería?

¿Cómo usas tu laptop? - GETTY IMAGES

Una pregunta bastante común sobre el uso de las laptops es cómo prolongar la vida útil de la batería (o al menos, cómo evitar acortarla más de lo normal).

Si bien todas las baterías se deterioran con el paso del tiempo, muchos usuarios se cuestionan si el uso que les damos puede influir —aunque sea ligeramente— en su capacidad de retener energía y de alimentar nuestros aparatos por más tiempo.

Si es así, ¿entonces cómo debemos usar las baterías?

Es decir, ¿debemos mantenerlas cargadas al 100% todo el tiempo o debemos conectarlas y desconectarlas de acuerdo a su nivel de energía?

Varios expertos con los que habló BBC Mundo recomendaron cuál es la mejor manera de gastar las baterías, que en su mayoría están hechas de litio (ya sea de iones de litio o de polímeros de litio).

Vida de las baterías
“La tecnología de baterías mejora cada vez más con cada generación. Hace 10 años, la eficiencia de las baterías de las laptops comenzaba a degradarse después de un par de cientos de ciclos de carga”, dice Ashley Rolfe, jefe de Tecnología de Lenovo en Irlanda y Reino Unido, a BBC Mundo.

Ahora las baterías de laptops suelen tener un tiempo de vida de entre tres a cinco años, en los que pueden completar entre 500 y 1.000 ciclos de carga.

“Uno quiere que la batería le dé la mayor cantidad posible de energía por cada carga y que dure entre tres a cinco años”, dice a BBC Mundo Kent Griffith, investigador de tecnologías de la energía de la Universidad Northwestern, EE.UU.

¿Cómo lograr ese balance?
Dejar una laptop enchufada y al 100% todo el tiempo “es absolutamente seguro y perfectamente normal”, afirma Rolfe, de Lenovo, a BBC Mundo.

Las laptops de Lenovo y otras marcas “usan sensores y lógica de control para garantizar que la batería no se sobrecargue ni se sobrecaliente”, explica.

Sin embargo, “mantener una batería al 100% todo el tiempo reducirá ligeramente su vida útil”.

Su colega Phil Jakes, director de Tecnología Estratégica e ingeniero principal de Lenovo, coincide con él: “Con la química de mayor densidad de energía adoptada en los últimos años, hemos descubierto que las baterías se degradan mucho más rápido si se mantienen completamente cargadas, especialmente a temperaturas más altas”, dice a BBC Mundo.

La razón es que “la carga de 100% es la condición más pesada en la que tu batería puede estar porque es cuando el voltaje es más alto”, explica Kent Griffith, de la Universidad Northwestern.

La fabricante HP opina lo mismo, según dice a BBC Mundo: “HP no recomienda dejar los portátiles conectados a la corriente alterna en todo momento”.

“La mayoría de las baterías actuales tienen la tecnología para evitar una sobrecarga una vez que alcanzan el 100%”, pero esta tecnología no evita que el estado de carga alto “cree una tensión adicional en la batería que puede acelerar su degradación con el tiempo”, explica HP.

Así que “si mantienes la batería lejos del 100%, la batería puede durar más, sin duda”, dice Griffith.

La recomendación de estos expertos es limitar la cantidad de tiempo que la laptop permanece con carga completa o en vez de cargarla hasta 100%, cargarla solo hasta 80% cada vez que la enchufas.

“Técnicamente, las baterías son más ‘felices’ al 50% de carga, mientras que quedan bajo mayor tensión en 0% o al 100%, por lo que los técnicos dicen que es mejor mantenerlas entre 20 y 80%”, comenta Rolfe.

Si bien limitar la carga a 80% “proporciona el máximo beneficio, igual hay un beneficio significativo al reducir el punto máximo de carga al 90 o 95%”, dice Jakes.

Microsoft también alerta en su web que en el caso de sus laptops Surface (no para otras marcas) “las baterías mantenidas con carga alta perderán capacidad más rápidamente”.

“Puedes ayudar a prevenir este deterioro acelerado si no dejas tu laptop (Surface) conectada a la corriente durante períodos prolongados. Si necesitas mantener la laptop enchufada continuamente, recomendamos usar el modo de límite de carga de la batería”, dice Microsoft.

Varias marcas, como Microsoft, Lenovo y HP ofrecen la opción de limitar la cantidad máxima de carga de la laptop en sus configuraciones.

Por ejemplo, HP permite limitarla a 80% en el modo “Maximizar la salud de mi batería”.

En general, “si quieres que la batería dure más, podrías hacer que cada ciclo te dé un poco menos de energía (80% en vez de 100%), pero así la batería podría completar más ciclos de carga”, dice Griffith.

Es decir, se trata de hacer “un equilibrio entre cuánto tiempo de carga te da la batería cada vez que la cargas versus cuántos ciclos puede completar” a lo largo de toda su vida, continúa.

¿Cómo vas a usar la laptop?
Pero estas recomendaciones no necesariamente significan que debas apurarte a desconectar la laptop inmediatamente cada vez que llega a 100%.

“Todas las laptops tienen circuitos de control para proteger las baterías y evitar la sobrecarga. Pero puedes aumentar la vida útil de la batería dejándolas al 80%”, dice Rolfe, de Lenovo.

Pero al mismo tiempo, aclara que “las baterías duran tanto en estos días que probablemente para la mayoría de los usuarios no valga la pena preocuparse”.

Hoy en día “las baterías son tan buenas que generalmente duran más que la vida útil de la laptop”, asegura.

La recomendación final de Rolfe es pensar en cómo usarás la laptop. Es decir, evaluar si vas a tener acceso constante a un enchufe o si no vas a poder conectarte a la corriente por un buen tiempo. En este último caso, sería mejor llevártela con la carga completa.

“Si estás en tu escritorio la mayor parte del tiempo, pon un límite de carga”, dice. “Pero si estás en movimiento la mayor parte del tiempo, déjala al 100% y ¡no te preocupes por eso!”.

Por: BBC News Mundo

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Tecnologia

La velocidad de la tecnología atropella nuestros cerebros

Bryan Derballa para The New York Times

En la notable serie Mrs. America, ambientada en los años setenta, llama la atención que la conservadora protagonista use grabaciones en cintas de casete y correo postal para difamar a sus oponentes feministas. En solamente una generación hemos pasado de esas tecnologías de la comunicación, que ahora nos parecen lentísimas, a la instantaneidad de Gmail, Facebook, Twitter o WhatsApp. Un salto de puro vértigo.

La velocidad del transporte, las comunicaciones y el conocimiento no ha parado de incrementarse exponencialmente en este cambio de siglo. En El futuro va más rápido de lo que crees, Peter Diamandis y Steven Kotler ponen un ejemplo rotundo de ello. En 1997, la computadora Deep Blue de IBM derrotó al ajedrez al campeón del mundo, Gary Kaspárov; exactamente veinte años más tarde, la AlphaGo de Google ganó al campeón de go Lee Sedol. La complejidad del ajedrez es de 10 elevado a 40; la del go, de 10 elevado a 360. Una diferencia de 320 en solamente dos décadas.

Esas diferencias aumentarán pronto, abismalmente, con la computación cuántica. Según otro tecnólogo estadounidense, Ray Kurzweil, en unos años cualquier ordenador portátil tendrá la misma potencia de cálculo que el cerebro humano. La tecnología está acelerando el mundo a una velocidad frenética y sin precedentes. El problema es que nuestros cerebros, en cambio, no han ganado en las últimas décadas mayor capacidad de procesamiento. De modo que nuestro ritmo mental, aunque sea extraordinario, es cada vez más lento en comparación con el de las redes y las máquinas.

El desequilibrio cada vez más extremo entre la velocidad del mundo y la de nuestros cerebros, entre la complejidad de la realidad y nuestra capacidad de pensarla y entenderla, está dilatando la brecha digital y está cambiando el sentido de lo que entendemos por desigualdad. Entre 2015 y 2030 vamos a pasar de 15.000 millones de dispositivos conectados a cerca de 500.000 millones en todo el mundo. Y se van a acabar de configurar dos categorías de ciudadanos o —lo que es lo mismo— de usuarios de internet. La distancia cada vez mayor entre los hiperconectados y los simplemente conectados no solo está decidiendo el futuro, también está creando un nuevo mercado.

Porque las mismas megacorporaciones que convirtieron el ordenador personal, el teléfono móvil o la conexión a internet en bienes de primera necesidad, ahora experimentan con los neuroimplantes que —en las próximas décadas— todos necesitaremos para no vernos obligados a bajarnos del tren superrápido de la ultramodernidad. Las grandes compañías tecnológicas van a lucrar con esa nueva ansiedad, comparable a la que durante el siglo pasado provocó la creación de las industrias de la autoayuda o la cirugía estética.

“Una de las formas de interpretar la aceleración tecnológica descrita en este libro es como parte de un viaje continuo hacia la abundancia”, afirman Diamandis y Kotler. La multiplicación de los recursos tecnológicos apunta, según ellos, hacia más democracia y mayor conciencia medioambiental. Ven la implementación de la robótica también con optimismo: va a permitir que el ser humano se dedique al ocio, los cuidados o la creatividad, mientras llega la renta básica universal. Los más talentosos y capaces, de cualquier rincón del planeta, podrán acceder a una educación superior y participar de esa supuesta fiesta de la inteligencia colectiva.

Pero la verdad no apoya esas fantasías. Según el último informe de Freedom House, no se puede afirmar que la democracia esté avanzando mientras sí lo hacen, brutalmente, las redes 5G o la interconexión de las cosas. Y ya ha empezado la carrera entre Estados Unidos y China por el 6G, que hará que internet sea cien veces más rápido de lo que es hoy. De modo que es legítimo pensar que la única motivación del cambio de paradigma y de la velocidad que lo impulsa es la sed de poder de las superpotencias y el lucro de sus mejores ingenieros.

El epílogo de El futuro va más rápido de lo que crees apoya esa idea: es un sorprendente espacio publicitario de los cursos, el coaching, las becas o los fondos de inversión que ofrece o gestiona Diamandis. Se trata de talleres y lecciones para “entrar en este estado de conciencia llamado ‘flujo’ —mayor productividad, aprendizaje, creatividad, cooperación, colaboración (y la lista sigue)—” que supuestamente “nos regala la habilidad necesaria para seguir el ritmo”.

En paralelo, Elon Musk y muchos otros emprendedores disruptivos y multimillonarios están invirtiendo en proyectos de neuroimplantes, que, al mismo tiempo que ayudarán a neutralizar la parálisis cerebral o el Alzheimer, también mejorarán brutalmente la memoria o la capacidad de aprendizaje de quien pueda pagárselos. Y multiplicarán fortunas que ya están fuera de toda escala.

El desfase entre la velocidad de la humanidad y la de cada uno de los seres humanos que la componen se está convirtiendo en un fallo central del sistema. Se trata de una brecha que trasciende la noción de género, de un abismo que se dilata en el corazón del abismo de la desigualdad. Mientras los ricos se vuelven cada vez más ricos y acumulan, en las nubes de sus empresas, más información y más conocimiento, millones de personas son atropelladas por la velocidad excesiva de la realidad.

Si ralentizar el ritmo de las múltiples convergencias científicas y tecnológicas es incompatible con el modo en que hemos cifrado la economía, al menos sí que deberíamos aprender de los errores recientes. Hemos permitido que las grandes plataformas impongan un sistema de vida y de consumo, sin haber previsto una regulación adecuada que controlara esa metamorfosis y la hiciera más transparente y justa. Pero todavía estamos a tiempo de llegar a acuerdos importantes en neuroderecho y en otros nuevos frentes que se abren en el núcleo del presente.

Chile ha tomado la delantera y se han convertido en un modelo, señalando el camino hacia un nuevo derecho humano, el de estar protegidos ante los avances de las tecnologías neurológicas. No se debería haber dejado la investigación de las vacunas contra los virus en manos de laboratorios privados, no se debe permitir que los neuroimplantes tengan también un copyright abusivo, y los gobiernos y organismos internacionales deben comenzar a regular en serio todo aquello que está dejando de ser ciencia ficción.

Es urgente incluir una fuerte dimensión ética en la carrera vertiginosa, afrodisíaca, de los dispositivos, las redes, la innovación, porque no sabemos a dónde nos conduce. Como dice el filósofo chino Yuk Hui en su interesantísimo ensayo Fragmentar el futuro, la tecnología nos ha situado en medio de otro tipo de flujo (muy distinto del que vende Diamandis): uno “de fuerza metafísico que está arrastrando a los humanos a un destino desconocido”. Tal vez, después de dos siglos de aceleración continua, haya llegado el momento de aprender de los accidentes que ya ha causado el exceso de velocidad.

Por Jorge Carrión – NYTimes

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Tecnologia

¿Cómo gana dinero WhatsApp si su servicio es gratuito para la mayoría de los usuarios?

La compañía apuesta por un plan de negocios diferente para generar ganancias directas. -

“Facebook e Instagram son los escaparates y WhatsApp es la caja registradora”.

Así describió Matt Idema, director de operaciones de WhatsApp, el modelo de negocio de la aplicación de mensajería.

Bajo el ala de Facebook, su empresa matriz, la aplicación dejó atrás la época en la que aspiraba a generar ganancias a partir de suscripciones anuales de sus usuarios y ahora se enfoca en servicios para compañías y comisiones por transacciones financieras a través de WhatsApp Business y otras funcionalidades que ya se implementan en países como India.

Así, un pequeño negocio puede compartir su catálogo de productos desde la aplicación e interactuar con sus clientes, al igual que una empresa más grande tiene la posibilidad de usar WhatsApp como centro de atención al público y para compraventas.

Este plan, dicen los expertos consultados por BBC Mundo, tiene un enorme potencial de crecimiento, pero también reaviva el debate sobre cómo Facebook usa la información de los usuarios para generar ganancias.

La base de datos de WhatsApp alberga información de 2.000 millones de personas.

“WhatsApp es gratuito para sus usuarios porque, en cierta forma, el producto son ellos”, le dijo a BBC Mundo la analista de tecnologías Pilar Sáenz.

La multimillonaria compra
La aplicación de mensajes más popular en el mundo está presente en más de 180 países.

Fue fundada en 2009 y comprada por Facebook en 2014 por una cifra cercana a los US$20.000 millones.

En ese entonces se intentó cobrar US$1 por una suscripción anual, pero la idea fue descartada tiempo después por “anticuada”.

En el momento de la compra, Zuckerberg se comprometió a mantener dos de los pilares de la política de la plataforma de mensajería: no incluir publicidad y no usar los datos de los usuarios.

Luego, como explica Sáenz, desde 2016 esa promesa se comenzó a romper dando pie al nuevo modelo de WhatsApp.

“Facebook hizo la compra porque sabía que era una base de datos enorme y que se iba a extender. Por eso desde 2016 WhatsApp comienza a pasar información sobre sus usuarios. Esos datos, por decirlo de alguna forma, alimentan el plan de negocios de Facebook”, indica la Sáenz, quien es coordinadora de proyectos de la Fundación Karisma, una organización que realiza seguimiento del desarrollo de nuevas tecnologías con sede en Colombia.

Aquella multimillonaria compra de la aplicación de mensajería apenas fue el inicio de un proyecto más ambicioso.

Facebook realizó dos inversiones más en 2020 para consolidar WhatsApp como su gran caja registradora.

Gastó US$5.700 millones en la compra de la compañía india de soluciones digitales Jio Plattforms y poco después otros US$1.000 millones en Kustomer, una empresa especializada en comercio electrónico.

El objetivo, según los expertos, es contar con todo el entorno tecnológico necesario para que WhatsApp pase a funcionar como centro de transacciones y, claro, generar más ganancias.

El mayor centro de atención al cliente del mundo
Algo que se mantiene en WhatsApp es dejar fuera de la aplicación a la publicidad, no como otras plataformas de su empresa matriz que sí hacen el papel de “escaparates” de productos y servicios.

“A diferencia de Twitter, Google, Instagram o el propio Facebook, no incluye anuncios y por eso no generaba ingresos directos”, explica a BBC Mundo Cristian León, director programático de Asuntos del Sur, una organización de innovación y política con sede en Argentina.

El experto añade que, además, la plataforma de mensajes es una aplicación “cerrada”, por lo que un desarrollador no puede acceder fácilmente a su código para desarrollar otras tecnologías o servicios complementarios que supongan ingresos a favor de WhatsApp, algo que sí se puede hacer en Telegram, uno de sus competidores.

“¿Entonces, cuál es el valor comercial? Su valor intrínseco son necesariamente sus datos. Esta es una fuente muy rica de información comercializable con números de teléfono, tiempos y horarios de uso, geolocalización, etc. Y finalmente están los negocios que utilizan WhatsApp para vender sus productos que aprovechan esos datos para perfilar posibles clientes”, añade León.

En 2017 se anunció la salida de WhatsApp Business, un servicio para pequeñas y medianas empresas que, según la compañía, permite “comunicarse con clientes, promocionar productos y servicios, y contestar preguntas durante la experiencia de compra”.

La aplicación, que ya cuenta con millones de usuarios, es gratuita, pero varios de sus servicios no lo son. Aunque un experto citado por la revista Forbes señala que puede generar miles de millones de dólares trimestrales gracias a su base de datos e integración con Facebook.

Pilar Sáenz señala que con esta innovación y las recientes inversiones hechas por Facebook, se apunta a convertir a WhatsApp en el centro de atención al cliente más grande del planeta, donde se puedan reservar boletos de avión, pedir una pizza o alquilar un auto.

“Se oferta como un mecanismo para que las empresas pequeñas usen WhatsApp para tener un contacto más directo y personalizado con sus clientes, tener un catálogo de compras ahí o programar interacciones automatizadas. Eso no es gratis”, explica.

Sin embargo, la experta añade que el plan de negocio no se queda ahí, dado que Facebook desarrolló una interfaz de programación (más conocida como API) para que las compañías grandes puedan integrar a la aplicación de mensajería a sus canales de atención al público.

Por ello cada vez es más frecuente que una página empresarial alojada en la red social fundada por Zuckerberg incluya un botón que permite al interesado contactar con la compañía de manera directa a través de WhatsApp.

“Esta API ofrece una integración entre el sistema de información de la empresa y la plataforma de mensajería. Es un modelo de centro de servicio al cliente intermediado que quiere proveer Facebook y, por ello, es que quieren cambiar los términos y condiciones de uso de WhatsApp”, señala.

En enero de este año se anunció una modificación en la política de privacidad de la aplicación de mensajería que le otorgaba a Facebook mayor acceso a los datos de los usuarios y sus interacciones con empresas. La medida debía entrar en vigor desde febrero, pero fue postergada hasta abril en medio de críticas.

“Estamos hablando de un centro de atención al cliente con muchos datos de miles de millones de personas donde las empresas pagan por tener el servicio. Se puede ver que pretenden que este modelo de negocio crezca mucho”, concluye Sáenz.

WhatsApp, como otras tecnológicas, no hace públicos los ingresos anuales que percibe por sus servicios.

No acaba ahí
Si WhatsApp va camino a convertirse en la caja registradora del conglomerado Facebook, en India ya casi es una tarjeta de crédito.

La aplicación suma 400.000 cuentas nuevas por mes y tiene 200 millones de usuarios activos en ese país asiático donde, además, de WhatsApp Business, ya están operativas desde hace dos años funciones como pagos en línea, compras directas y transacciones de dinero entre usuarios.

Y la compañía de mensajes adquiere ingresos directos por cada una de esas transacciones financieras.

El mismo Zuckerberg señaló en 2020 que India representa una “enorme oportunidad” y adelantó que otros países están en la mira.

Uno de ellos es Brasil, donde los servicios de transacciones a través de WhatsApp se implementan poco a poco.

Este nuevo modelo de negocio de la aplicación, dicen los expertos, recuerda a la forma en la que su competidor en China WeChat pasó de ser un sistema simple de mensajería a una plataforma donde se puede hacer compras, ofertar productos, pagar tarjetas de crédito e incluso conocer gente con un esquema similar a Tinder.

Irónicamente, en sus orígenes, a WeChat lo llamaban el “WhatsApp chino”.

Por: Boris Miranda (@ivanbor)
BBC News Mundo

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Tecnologia

¿Telegram y Signal podrían ser el nuevo refugio de los extremistas y radicales?

Glenn Harvey

En algún momento, las aplicaciones de mensajería cifrada que protegen la privacidad de las conversaciones en línea fueron herramientas especiales que eran usadas, principalmente, por personas que trabajaban en profesiones en las que se valoraba la confidencialidad como el derecho, el periodismo y la política.

Ahora todo el mundo las usa. En el último mes, decenas de millones de personas han descargado los programas de mensajería privada Telegram y Signal, lo cual convirtió a estos dos servicios en las aplicaciones más populares del mundo. Entre los nuevos usuarios se encuentran grupos de extrema derecha a los que se les prohibió publicar en Facebook y Twitter tras el asalto al Capitolio de Estados Unidos.

El cambio a la mensajería privada ha renovado el debate sobre si el cifrado es un arma de doble filo. Aunque la tecnología impide que se espíe a la gente, también puede facilitar que los delincuentes y quienes difunden información errónea hagan daño sin ser descubiertos.

Así que hemos decidido repasar las diferencias entre las redes sociales públicas y las aplicaciones de mensajería privada para analizar sus pros y sus contras.

BRIAN CHEN: ¡Hola, Kevin! Llevas bastante tiempo en la madriguera de la desinformación. Hay muchos comentarios entre periodistas y académicos sobre la migración masiva de las redes sociales públicas como Facebook y Twitter hacia los servicios de mensajería privada. En general, existe una preocupación respecto a que la desinformación sea aún más difícil de combatir en los canales privados.

¿Puedes explicarnos lo que está pasando?
KEVIN ROOSE:
¡Puedo intentarlo! En el mundo de los extremistas y de los teóricos de la conspiración que sigo, se ha producido una especie de frenética migración masiva desde grandes plataformas como Facebook, Twitter y YouTube, a medida que esos servicios toman medidas contra la desinformación y los discursos de odio. Muchas de las figuras más importantes de ese mundo —incluyendo grupos como los Proud Boys y los teóricos de la conspiración QAnon— se han trasladado a plataformas más privadas, donde hay menos peligro de ser excluidos.

Así que ahora existe el debate sobre si es bueno que todos estos personajes desagradables de la escoria de internet desaparezcan de las grandes plataformas sociales o si es peligroso que se congreguen en espacios donde los investigadores, los periodistas y las fuerzas del orden no pueden vigilarlos tan fácilmente.

¿Me expliqué bien?
CHEN: Perfecto. Así que la migración se dirige hacia Signal y Telegram. Estas aplicaciones ofrecen un “cifrado de extremo a extremo”, que, en la jerga de ese mundo, es una frase que sirve para describir los mensajes que se codifican con el fin de que sean indescifrables para cualquiera que no sea el remitente o el destinatario.
La ventaja evidente es que se garantiza la privacidad de las personas. La posible desventaja es que es más difícil para las empresas y las fuerzas de seguridad responsabilizar a los difusores de desinformación y a los delincuentes porque sus mensajes no serán accesibles.

¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Te preocupa?
ROOSE: Sinceramente, no.

Obviamente, no es bueno para la seguridad pública que los neonazis, las milicias de extrema derecha y otros grupos peligrosos encuentren vías para comunicarse y organizarse y que esas vías impliquen cada vez más la encriptación de extremo a extremo. Llevamos años viendo que esto ocurre, desde el Estado Islámico, y sin duda dificulta las cosas para las fuerzas del orden y los funcionarios de la lucha antiterrorista.

Al mismo tiempo, hay un beneficio real en sacar a esos extremistas de las plataformas principales donde pueden encontrar nuevos simpatizantes y aprovechar la mecánica de difusión de esas redes para extender sus mensajes a millones de extremistas potenciales.

Analizo esa situación como una especie de modelo epidemiológico. Si alguien está enfermo y corre el riesgo de contagiar a otros, lo ideal es sacarlo de la población general y ponerlo en cuarentena, incluso si eso significa ponerlo en un lugar como un hospital, donde hay un montón de otros enfermos.

Es una metáfora bastante mala, pero se entiende lo que quiero decir. Sabemos que cuando están en las grandes plataformas de la corriente principal como Facebook, Twitter y YouTube, los extremistas no solo hablan entre ellos. Reclutan. Se unen a grupos que no tienen nada que ver e intentan sembrar teorías conspirativas en ellos. En cierto modo, prefiero tener a mil neonazis curtidos haciendo cosas malas juntos en una aplicación de chat cifrado que tenerlos infiltrados en mil grupos locales diferentes de apreciación canina o lo que sea.

CHEN: ¡Ya veo adónde quieres llegar!

Cuando abres Facebook o Twitter, lo primero que ves es tu línea de tiempo, un canal general de actualizaciones que incluye las publicaciones de tus amigos. Pero también puedes ver publicaciones de desconocidos si tus amigos las comparten o si ellos les dan me gusta.

Cuando abres Signal o Telegram, ves una lista de las conversaciones que tienes con individuos o grupos de personas. Para recibir un mensaje de alguien que no conoces, esa persona tendría que saber tu número de teléfono para ponerse en contacto contigo.

Así que, para completar nuestra analogía, Facebook y Twitter son esencialmente miles de millones de personas que se agolpan en un enorme auditorio. Las aplicaciones de mensajería cifrada como Signal y Telegram son como grandes edificios con millones de personas, pero cada una de ellas vive en una habitación privada. La gente tiene que llamar a la puerta de los demás para enviar mensajes, por lo que difundir información errónea supondría un mayor esfuerzo. En cambio, en Facebook y Twitter, una información errónea puede hacerse viral en segundos porque todas las personas de ese auditorio pueden oír lo que gritan los demás.

ROOSE: Cierto. Facebook y Twitter son los grandes auditorios llenos de gérmenes y Signal y Telegram son los dormitorios universitarios. Definitivamente, puedes enfermar a tu compañero de habitación, pero contagiar a toda tu planta va a requerir cierto esfuerzo.

CHEN: Confieso que me preocupa Telegram. Aparte de la mensajería privada, a la gente le encanta usar Telegram para chats de grupo: hasta 200.000 personas pueden reunirse dentro de una sala de chat de Telegram. Eso me parece problemático.

ROOSE: Creo que las restricciones de las grandes plataformas harán más difícil que estos grupos se reúnan al aire libre. Pero comparto tu preocupación de que las aplicaciones encriptadas se conviertan, básicamente, en enormes redes sociales bajo la sombra. Estas aplicaciones están diseñadas para la mensajería de uno a uno, pero la adición de funciones como el reenvío, combinada con los grandes límites en el tamaño máximo de los chats, las hace vulnerables a los mismos tipos de efectos de contagio colectivo que las grandes plataformas de difusión.

Es interesante observar que WhatsApp ha restringido el reenvío de mensajes precisamente por esta razón. La gente lo utilizaba para difundir información errónea a miles de personas a la vez y estaba creando un montón de caos en lugares como la India. No estoy seguro de por qué Telegram no ha hecho algo similar, pero parece que es algo que tendrán que abordar, además de quizá reconsiderar sus límites actuales de tamaño de las habitaciones.

¿Te preocupa Signal?
CHEN: No me preocupa tanto Signal. Al igual que WhatsApp, Signal establece un límite para que puedas reenviar mensajes a solo cinco personas a la vez. Así que a los propagadores de desinformación les costaría mucho tiempo hacer que un mensaje se convierta en viral. Además, Signal limita los chats de grupo a un máximo de mil personas. Eso es grande, pero no tan grande como un chat de grupo de Telegram.

Por cierto, me comuniqué con Signal y Telegram.

Moxie Marlinspike, fundador de Signal, dijo que el riesgo de que la desinformación se convierta en un gran problema en la aplicación es mínimo, porque dentro de ella la gente no está expuesta a algoritmos como los de Facebook, que sacan a la luz las publicaciones de otras personas y alimentan la propagación de la desinformación.

Telegram no ha respondido a las múltiples peticiones para hacer comentarios. El sitio web de la empresa no contiene ningún texto sobre los límites del reenvío de mensajes. Eso me pone nervioso.

Aunque me preocupa Telegram en general, es importante señalar que los chats de grupo no están cifrados de extremo a extremo. Tampoco los mensajes reenviados. Así que, si Telegram o las autoridades policiales quisieran investigar el contenido de un gran chat de grupo, podrían hacerlo, en teoría. Si Telegram se convierte en el próximo foco de desinformación, no estaremos indefensos. Es posible que esté destruyendo nuestra analogía, ¡pero habrá métodos para el rastreo de contactos!

ROOSE: Cierto. Y el resto de los no extremistas podemos descansar un poco más tranquilos sabiendo que nuestros canales no serán invadidos por grupos como los Proud Boys y los neonazis, ¿porque al menos Facebook, Twitter y YouTube están haciendo un poco más de filtrado de las cosas malas? Tal vez no sea un cubrebocas N95 perfectamente ajustado, pero al menos es un calentador para el cuello.

Muy bien, ahora retiro de modo oficial esa metáfora.

CHEN: Quiero terminar con una nota de optimismo, lo cual es raro en mí. Las aplicaciones de mensajería privada son un punto positivo. Todas las aplicaciones y dispositivos que se conectan a internet tienen el potencial de espiarnos, así que necesitamos de manera desesperada poder tener acceso a herramientas que garanticen la privacidad de nuestras conversaciones en línea. No vamos a dejar que los villanos arruinen esas tecnologías.

Brian X. Chen es columnista de tecnología de consumo. Reseña productos y escribe Tech Fix, una columna sobre cómo resolver problemas relacionados con la tecnología. Antes de unirse al Times en 2011, reporteó sobre Apple y la industria inalámbrica para Wired. @bxchen

Brian X. Chen y 

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