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La incoherencia que no queremos ver

Sáb 1 de Nov de 2025
in Salud Mental
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01 noviembre 2025    Por Gabriela Moreno Valle 

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Durante una sesión con uno de mis maestros, observé algo que llevaba meses gestándose en mi percepción: la brecha entre su discurso y sus acciones cotidianas. Esa fue la razón por la que, sin notarlo del todo, había empezado a ausentarme de sus clases.

La incomodidad fue instantánea. Pero no por lo que había visto en él, sino por lo que ese momento me obligó a reconocer en mí misma.

Llevo años defendiendo el equilibrio como eje de una vida sostenible. Lo escribo, lo enseño, lo comparto.

Mientras tanto, las dos últimas semanas había estado acumulando sesiones de diferentes actividades físicas sin pausas reales, ignorando las señales de fatiga, reemplazando el descanso con más exigencia.

Hasta que mi cuerpo me obligó a pausar.

No hay forma elegante de admitir esto: soy exactamente el tipo de persona cuya incoherencia me incomoda cuando la veo en otros..

El Diagnóstico que Duele

Carl Jung dedicó décadas a estudiar por qué ciertas personas nos impacientan tanto. En su obra sobre la sombra y la proyección psicológica, observó que lo que rechazamos en otros frecuentemente refleja aspectos no integrados de nosotros mismos.

Como escribió en Aion: «Todo lo que nos irrita de otros puede conducirnos a un entendimiento de nosotros mismos.»

No era una frase motivacional. Era el resultado de observar cómo individuos y sociedades proyectan su oscuridad hacia afuera en lugar de enfrentarla.

La Arquitectura de Nuestras Mentiras

Abrí mi cuaderno de hace tres meses. Ahí estaban, escritos con convicción:

  • Cinco sesiones de entrenamiento a la semana con descanso real
  • Práctica de escritura diaria
  • Meditación matutina
  • Higiene del sueño
  • Límites digitales nocturnos

Volteé la página para revisar mi realidad: seis días de ejercicio, a veces en doble jornada. El teléfono encendido hasta la medianoche. Me olvidaba de tomar agua. Comía frente a la pantalla sin presencia.

En Los hermanos Karamázov, Dostoievski escribió: “Quien se engaña a sí mismo y termina creyendo sus propias falsedades, pierde la capacidad de distinguir la verdad —tanto en su interior como en los demás.”

Ahí estaba yo, llamándole disciplina a lo que en verdad era una persecución silenciosa de una versión de mí que nunca existió. Una que quería probar algo. Una que evitaba mirar de frente ciertas decisiones.

Nombraba constancia a lo que era fuga. Porque mientras entrenaba, escribía o meditaba, no tenía que enfrentar lo que llevaba meses postergando.

Dos Anatomías de la Contradicción

Existen dos formas de incoherencia.

La primera es inconsciente. Esa que nace de nuestros puntos ciegos, de patrones tan arraigados que operan sin que los veamos. El padre que valora la paciencia pero grita cuando está agotado. La persona comprometida con el bienestar que olvida aplicarlo consigo misma. Fallamos porque somos humanos en sistemas complejos.

La segunda es calculada. Se alimenta de validación externa y construye fachadas para consumo público. Son quienes diseñan una imagen que no habitan, que predican desde un escenario pero viven otra realidad en privado.

Este texto no es para ellos.

Es para quienes tenemos el coraje de mirar nuestra propia contradicción y admitir: aquí estoy fallando. Y quiero hacer algo al respecto.

El Protocolo que Cambió Todo

Después de que mi cuerpo me obligara a pausar, eliminé las listas de aspiraciones irrealizables.

Comencé algo más simple y considerablemente más incómodo: al cerrar cada día, documentar exactamente lo que hice. No lo planeado. No lo deseable. Lo real.

«Lunes: no entrené. No por elección consciente, sino porque mi cuerpo sigue en proceso de recuperación.»

«Martes: había decidido descansar si amanecía fatigada. Amanecí agotada. Fui igual porque necesitaba probarme algo que ni siquiera puedo nombrar.»

«Miércoles: doble sesión porque supuestamente ‘me sentía bien.’  “Puro autoengaño».

Sin historias que me hicieran sentir mejor. Sin razones válidas. Solo lo que pasó.

Y descubrí algo: cuando sabes que vas a escribir la verdad antes de dormir, empiezas a tomar decisiones diferentes durante el día. No porque te vuelvas perfecto, sino porque mentirte frente a tu propia mirada se vuelve insostenible.

Lo que la Ciencia Dice

El neurocientífico Rick Hanson, experto en neuroplasticidad, ha estudiado cómo el cerebro forma y transforma patrones de comportamiento. Sus investigaciones muestran que crear nuevos hábitos no depende de revelaciones súbitas, sino de repetición consciente y paciencia —especialmente cuando se trata de romper ciclos profundamente arraigados.

Los patrones construidos durante años no desaparecen por arte de magia. Regresan. Sobre todo bajo presión.

El mío volvió hace dos meses.
Lo que cambió esta vez es que lo reconozco más rápido. Porque he cultivado una práctica consciente. Porque elegí observar, en lugar de huir. Y esa decisión —repetida, sostenida— se ha convertido en sabiduría.

La Traición que Normalizamos

La traición más frecuente no es hacia otros. Es la que nos hacemos a nosotros mismos.

Y lo más devastador es que, con el tiempo, deja de doler.
Se vuelve rutina. Se camufla.
Desaparece del radar consciente.

Como dijo Jung:
“No se alcanza la iluminación imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad.”

La Pregunta que Nadie Quiere Responder

Para mí, la palabra que demanda mayor vigilancia es «equilibrio.»

¿Cuál es la tuya?

Ese concepto que usas en conversaciones importantes y luego contradices en la privacidad de tus decisiones.

Amor propio… mientras te exiges sin descanso.
Presencia… mientras tu mente habita cinco lugares simultáneos.
Autenticidad… mientras ajustas tu manera de ser según quién te observe.
Tiempo en familia… mientras contestas correos durante la cena.

La pregunta no es si eres incoherente. Todos lo somos.

La pregunta real es: ¿Tienes el coraje de mirar tu imagen sin filtros… y nombrar lo que ves sin excusas?

Reconstruir Desde lo Tangible

Hoy entreno cuatro o cinco veces semanales. Con descanso real integrado. Mi cuerpo está en proceso de restauración.

No porque haya mejorado mi disciplina, sino porque comprendí que el equilibrio sin conciencia activa se transforma en violencia sutil.

Todavía existen conversaciones difíciles que postpongo. Decisiones importantes que evito. Patrones que resurgen.

La diferencia es que ahora los reconozco. Y al reconocerlos, puedo elegir.

No siempre elijo correctamente. Pero dejé de fingir que la elección no existe.

El Único Espejo que Importa

La coherencia personal no es perfección. Se trata de detectar cuándo te traicionas y tener el coraje de nombrarlo. No para autocastigo, sino para cultivar consciencia y recalibrar.

La persona cuya incoherencia me incomodó no era el antagonista en esta historia. Era simplemente otro humano intentando reducir la distancia entre sus ideales y su conducta observable.

Como todos nosotros.

Lo esencial es observar desde la compasión, no desde la autocrítica destructiva. Todos tenemos territorios internos que aún no estamos preparados para explorar.

Porque solo cuando dejas de traicionarte en silencio puedes comenzar a construir algo verdadero.

Y lo auténtico, por imperfecto que resulte, siempre tendrá más valor que la perfección que solo existe en tus palabras

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